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Opinión 27 01 2021

Cuando la mentira pierde elecciones


Autor: Liliana De Riz









Cuando la mentira se vuelve un método de gobierno, se encienden luces rojas en el horizonte de la democracia. Lentamente, la mentira va corroyendo la confianza de los ciudadanos en las instituciones y en los políticos. Nos mintieron cuando falsificaron las estadísticas del INDEC y nos condenaron a ignorar la realidad por mucho tiempo.

Acaso tuvimos menos pobres que en Alemania durante el gobierno de Cristina Fernández. Hubo quienes lo creyeron y tal vez hoy, lo sigan creyendo.

Nos mienten cuando el Gobierno no le teme a las contradicciones y hoy afirma una cosa que luego niega con la misma sinceridad. Acaso la provincia de Buenos Aires se convirtió en “tierra arrasada” durante el gobierno de Cambiemos, como lo quiere el gobernador Kicillof.

Acaso los jubilados pasaron a ganarle a la inflación con la nueva fórmula promulgada y celebrada por el Gobierno.

Habíamos vencido al virus, pero descubrimos que el virus nos sigue ganando la partida. Acaso los críticos de cómo se gestiona la pandemia son los defensores de la muerte.

Acaso Gildo Insfrán es un gobernador ejemplar que defiende a los formoseños del contagio, impidiéndoles acceder a su provincia y confinando a aquellos infectados o sospechosos de estarlo a centros de aislamiento inhumanos o bien encarcelando a las dirigentes políticas que denunciaron pacíficamente el atropello. El gobernador sin vergüenza no deja dudas de la sultanización de Formosa. Es más difícil percibir las luces rojas bajo la aparente legalidad.

Las mentiras son el señuelo con el que Gobierno se fuga hacia adelante. Vamos viendo mientras los problemas se barren debajo de la alfombra. Ya irán llegando las vacunas, ya se irá recuperando la economía, ya estaremos mejor...ya veremos.

Mientras tanto, a aguantar, convencidos de que llegará la luz al final del túnel o consternados por una gestión que improvisa mientras nos acercamos al abismo. Diferentes hechos sobre una misma realidad.

Vivimos en un mundo de redes en el que existo porque estoy conectado. Y en las redes se sostienen diferentes hechos sobre la misma realidad, de modo que se trata de tomar partido por la afirmación que más se acerca a mis creencias, ideología o sencillamente el humor del momento.

Las mentiras encuentran sus seguidores contra toda evidencia empírica. La polarización crece y con ella, la intolerancia. Si todo se vuelve política y la verdad deja de ser un criterio para evaluar las políticas públicas, la democracia no funciona.

El recurso al denominado “lawfare” es un buen ejemplo de cómo hoy se intenta destruir a la Justicia bajo la apariencia de legalidad. Sabido es que sin una justicia independiente, no hay controles, hay poder absoluto que, como dijo Lord Acton, corrompe absolutamente.

Ya Guillermo O’Donnell advertía sobre la lenta muerte de las democracias, corroídas por el desmantelamiento de los mecanismos de control y equilibrio, y por la frustración de los ciudadanos.

Steven Levitsky y Daniel Ziblatt retoman el tema en Cómo mueren las democracias y Anne Applebaum lo hace en Crepúsculo de la democracia. A diferencia de lo que vino ocurriendo hasta la década del 80, hoy las democracias no mueren de golpe, por un golpe militar o una revolución.

Son diversos los mecanismos que las debilitan y encienden luces rojas. La ciudadanía tarda en percibirlos. Entre ellos, están el recurso a la mentira que forja demagogos, la compra de opositores o su debilitamiento, la deslegitimación del adversario, la limitación de la libertad de expresión y el ataque a los medios de comunicación.

El cambio de las reglas de juego para sacar ventaja sostenida sobre los adversarios es, quizás, el que mejor ilustra cómo el autoritarismo va desarticulando las instituciones de la democracia bajo una aparente legalidad.

Pese a los títulos lúgubres de la literatura reciente, no nos encaminamos necesariamente hacia la muerte de nuestras democracias, como bien lo señalan los autores citados. Los políticos y los partidos tienen una gran responsabilidad para frenar ese destino.

Las coaliciones formadas para detener el avance del autoritarismo son buen ejemplo de cómo ejercer ese freno. Y la reacción de la gente indignada, cansada de mentiras, pone límites, en las urnas o en las calles. El triunfo de Biden puso fin a la zaga destructiva de Trump. El nuevo presidente asumió y no hubo asalto militar para impedirlo como muchos anunciaron. Aquí y en otras democracias de Occidente, siempre es posible vencer al pesimismo y correr la frontera de lo posible con el poder de la libertad y la responsabilidad de una dirigencia política dispuesta al difícil ejercicio democrático.

Esa convicción debería acompañarnos en estos tiempos oscuros en los que no vemos asomar la luz al final del túnel, la pandemia nos asola y avanza el poder destructor del autoritarismo. Advertirnos que las democracias son frágiles, requieren tolerancia mutua y un permanente trabajo de compromiso y negociación para no perecer cautivas de mandamases de turno.

Exigen liderazgos democráticos dispuestos al diálogo y la deliberación; liderazgos capaces de hacer viables coaliciones reformistas innovadoras fundadas en la búsqueda de amplios consensos. Reclaman, también, una “paciencia vigilante” por parte de los ciudadanos.

Publicado en Clarín el 27 de enero de 2021.