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Corrupción en la FIFA

Desde su creación en 1904, la FIFA se concibió como un organismo destinado a fomentar el futbol. Los estatutos primarios y esenciales de la institución fueron escritos por el francés Jules Rimet. Sin embargo, su creación estuvo atravesada por algo menos romántico: la necesidad de competir en relevancia con torneos ya consolidados, particularmente la Copa América. No se concebía entonces que el continente americano pudiera liderar el desarrollo de este deporte.

Un primer punto de inflexión para la FIFA llegó en 1934, cuando Italia, bajo el régimen fascista de Mussolini, fue sede del torneo. ¿Fue coincidencia? Es difícil sostenerlo. El contexto histórico-político anticipaba la instrumentalización del futbol como motor político y herramienta propagandística. El auge del fascismo en Italia, el nazismo en Alemania y el franquismo en España dieron vida a un nuevo esquema en el mapa político. Mientras tanto la FIFA, lejos de ser un ente aislado, coexistía y en ocasiones colaboraba con estos regímenes.

Ante el contexto bélico de los siguientes años —y con la interrupción de la Copa del Mundo entre 1938 y 1950— el organismo utilizó la figura de Jules Rimet como emblema de paz. Lo embaucaron en viajes internacionales para divulgar el deporte como símbolo de unión y cultura; aunque el objetivo real era expandir el dominio del futbol frente a otros deportes emergentes y consolidar la influencia de la FIFA a nivel global. Desde entonces es visible una constante: el uso de símbolos y figuras para limpiar su imagen tras episodios controvertidos, como el señalado Mundial de 1938. El trofeo entregado al campeón pasó a llamarse Copa Jules Rimet, nombre que perduró durante 44 años hasta la edición de México 1970.

En 1974, el brasileño João Havelange llegó a la presidencia de la FIFA, inaugurando la era de comercialización agresiva del futbol. Sentó las bases de un modelo donde los derechos televisivos, los patrocinios y las relaciones políticas comenzaron a entrelazarse con intereses económicos poco claros. Para operar la maquinaria, emergió International Sport and Leisure (ISL), una firma que compraba los derechos comerciales de la FIFA en bloque para luego fragmentarlos y revenderlos a patrocinadores y televisoras con márgenes gigantescos. Hoy puede parecer evidente, pero en los setenta era radical. El futbol ya tenía historia, pero no tenía dueño. Los jugadores no eran multimillonarios y los clubes no eran corporaciones trasnacionales. La venta de derechos televisivos convirtió la Copa del Mundo en un producto global, y Havelange amplió también el alcance deportivo: duplicó el número de selecciones participantes y promovió nuevas competencias como el Mundial Sub-20, Sub-17, Futsal y la primera Copa Mundial Femenina oficial en 1991.

Tras Havelange, el suizo Joseph Blatter asumió la presidencia en 1998. Su llegada anticipó un periodo de aparente crecimiento y expansión. Su primer acto fue la candidatura de Corea-Japón en 2002. Jugar la Copa del Mundo en dos países distintos era un hito y la expansión del futbol a lo largo del planeta, una realidad. Blatter pronto entendió que los votos de las confederaciones más pequeñas lo mantendrían en el poder sin cuestionamientos; de ahí su gran influencia en la organización. Blatter contaba con el apoyo de África, Concacaf (Norteamérica, Centroamérica y el Caribe), Asia y Oceanía. Esto no significa que ninguna otra confederación lo apoyara, pero como dice el refrán: al nopal sólo se le acercan cuando tiene tunas.

El Goal Programme es un claro ejemplo. Impulsado en 1999, se presentó como una iniciativa para democratizar el futbol mediante financiación a federaciones de países con menos recursos. La FIFA destinó millones de dólares para construir infraestructura, centros de alto rendimiento y sedes administrativas en África, Asia y el Caribe. Con los recursos se fortaleció el desarrollo deportivo, pero se consolidaron lealtades dentro de un sistema de votación clave para la permanencia en el poder.

El programa no fue el epicentro del FIFA Corruption Scandal en 2015, pero su estructura muestra las grietas que permitieron el escándalo. Refleja, también, la falta de auditorías rigurosas, la opacidad en la asignación de fondos y la relación entre la cúpula de la FIFA y las federaciones que facilitaron desvíos, sobrecostos y proyectos inexistentes.

En Trinidad y Tobago, Jack Warner —vicepresidente de la FIFA— fue acusado de aceptar más de 10 millones de dólares en sobornos. En Sierra Leona, Isha Johansen fue suspendida tras investigaciones por desvío de recursos vinculados al desarrollo del futbol. En Brasil, Ricardo Teixeira estuvo implicado desde 2012 en el escándalo de la empresa International Sport and Leisure (ISL), donde se documentaron pagos ilegales por más de 20 millones de dólares a dirigentes. Lo evidente: las estructuras de financiamiento, tanto legales como corruptas, coexisten y coexistieron dentro del mismo sistema desde hace décadas.

Los derechos televisivos fueron el corazón del modelo económico de la FIFA y uno de los espacios más vulnerables a la corrupción. En lugar de negociar con cada cadena, el organismo vendió paquetes de derechos a intermediarios que los revendían por regiones a televisoras con márgenes multimillonarios. Esta práctica multiplicó los ingresos de forma exponencial, pero creó una estructura en la que el valor real de los contratos y de las comisiones no era claro. Investigaciones del Departamento de Justicia de Estados Unidos revelaron que empresas como Traffic Sports o Full Play pagaron sobornos a Conmebol y Concacaf a cambio de derechos exclusivos de transmisión de torneos como la Copa América, la Copa Libertadores y eliminatorias mundialistas entre 1991 y 2015.

La caída de Blatter sucedió a partir de las polémicas decisiones de sedes que marcaron su última etapa. En 2010, la FIFA anunció que Rusia albergaría el Mundial de 2018 y Catar el de 2022. La votación involucró a veintidós miembros del Comité Ejecutivo y desde entonces hubo acusaciones de compra de votos. Figuras como Jack Warner y Mohammed bin Hammam fueron señalados por ofrecer pagos y favores políticos para inclinar la balanza. Investigaciones revelaron transferencias de más de 5 millones de dólares vinculados a apoyos para la candidatura catarí; además de reuniones privadas y regalos. A esto se sumaron cuestionamientos culturales. Catar, sin tradición futbolística y con temperaturas extremas, organizó un Mundial de más de 200 000 millones de dólares, el más caro en la historia hasta entonces y con la rareza de jugarse en diciembre.

Cinco años después, en 2015, el escándalo FIFA Gate estalló. Siete altos dirigentes fueron arrestados y el Departamento de Justicia de Estados Unidos destapó una red de sobornos que supera los 150 millones de dólares en dos décadas, vinculados en su mayoría a derechos comerciales y televisivos. Aunque Blatter fue reelegido el 29 de mayo de ese mismo año, la presión mediática lo obligó a renunciar cuatro días después. Fue uno de los ridículos más recordados en la historia de la FIFA.

El Comité de Ética de la FIFA suspendió a Blatter por ocho años por un pago de 2 millones de francos suizos a Michel Platini, entonces presidente de la UEFA. Platini era el favorito para suceder a Blatter, pero su suspensión por el pago lo dejó fuera de la contienda. Eso le abrió la puerta a su mano derecha, Gianni Infantino.

En febrero de 2016, en el Congreso extraordinario de la FIFA en Zúrich, Infantino ganó la presidencia con 115 votos frente a los 88 del jeque bahreiní Salman bin Ibrahim Al Khalifa. Su victoria se construyó sobre promesas de redistribución económica y de ampliar el alcance del Mundial a 48 selecciones, aumentar ingresos y repartir hasta 5000 millones de dólares para las federaciones. África, Asia y Concacaf estuvieron de acuerdo y su llegada fue presentada como el inicio de una nueva FIFA.

La decisión de que el Mundial 2026 se jugara en Estados Unidos, México y Canadá se tomó en 2018 durante el Congreso de la FIFA en Moscú. Fue un proceso histórico. Por primera vez la sede se eligió con votación abierta de las federaciones, esto como una de las medidas impulsadas tras el escándalo de corrupción de 2015.

Con la llegada de Infantino, la relación de la FIFA con Estados Unidos entró en una fase interesante. Uno de los puntos sensibles fue el control del escándalo de corrupción en 2015. La investigación fue impulsada por el Departamento de Justicia estadunidense, aunque con el paso del tiempo surgieron actividades sospechosas. Por ejemplo, en 2020 la Fiscalía Federal del Distrito Este de Nueva York retiró acusaciones clave de la asignación del Mundial 2022, debilitando el caso contra dirigentes vinculados a Catar.

La expansión de la FIFA a territorio estadunidense persistió. En 2020 trasladó parte de las operaciones comerciales a Miami, consolidando una especie de hub financiero. El año pasado instaló una oficina en la Trump Tower de Nueva York con la misión de conectar con la comunidad de la metrópoli. Infantino no temió la americanización del negocio, incluso pienso que siempre comulgó con la idea de alinearse; priorizar el mercado, los derechos televisivos y patrocinadores por encima de las estructuras europeas.

Infantino impulsó la creación de un fondo de inversión estimado en alrededor de 25 000 millones de dólares en alianza con el grupo japonés SoftBank y su Vision Fund. El fondo financiaría nuevas competencias bajo control de la FIFA; un Mundial de Clubes ampliado y un proyecto de liga de selecciones. Pero el origen del capital habla sobre la ideología de Infantino: el Vision Fund de SoftBank fue financiado en mayor medida por el Public Investment Fund, es decir, el fondo soberano de Arabia Saudita.

Sin intervención directa, Estados Unidos operó en el bloqueo del proyecto. Por un lado, el clima político tras el asesinato de Jamal Khashoggi volvió difícil la relación con capital saudita en el entorno corporativo global. Por otro lado, el peso del sistema financiero estadunidense y su capacidad de supervisión hizo inviable una operación de ese tamaño sin riesgos legales. El resultado fue la restructuración del proyecto, dejando en evidencia que en el futbol el poder está lejos de la cancha.

En medio de una de las crisis migratorias más importantes en la historia del continente, Infantino y la FIFA reconocieron a Donald Trump con el primer “Premio FIFA de la Paz” en el sorteo del Mundial 2026. El premio fue entregado por sus supuestos esfuerzos en promover la paz y la unidad mundial, destacando acuerdos en Oriente Medio y otros conflictos.

Es así, en esta incoherencia sistemática, que se jugarán trece partidos de la Copa del Mundo en nuestro país.

Publicado en Nexos el 14 de junio de 2026.

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