La democracia argentina no es perfecta –ninguna lo es–, pero es el único sistema donde los conflictos pueden resolverse sin violencia y donde la libertad puede encontrar garantías duraderas.
El 24 de marzo de 1976 es una fecha que siempre he recordado con dolor. Desde lo institucional, debe ser una fecha emblemática. Pero es difícil desprenderla de todo el clima precedente y del horror que siguió.
Yo llevaba pocos años en Córdoba. Estudiaba Derecho, militaba en Franja Morada y la Juventud Radical. Había llegado de mi Entre Ríos natal a una Córdoba politizada, en efervescencia, donde aún resonaban ecos del Cordobazo.
Como muchos jóvenes de mi generación, viví esa época envuelto en un vértigo de sensaciones. Por supuesto, la expectativa por cambios profundos, la identificación con la lucha política, la bohemia universitaria. Pero también la incertidumbre y el miedo.
Más de una vez lo he contado. En diciembre de 1975 fui detenido en mi casa y llevado al centro clandestino “D2”, en lo que hoy es el Cabildo. Lo buscaban, también, a mi hermano Javier, estudiante de Filosofía. Pasé momentos dramáticos allí, con los ojos vendados, a merced de un poder monstruoso. Me pareció reconocer voces de compañeros que después nunca volví a ver.
Para sostener mis estudios, trabajaba en la Dirección de Tránsito de la Municipalidad. Era “zorro gris”. La calle era el paisaje habitual para mí en aquellos años. Presencié escenas que lastimosamente se hicieron cotidianas: operativos, atentados, tiroteos, represión.
Vi de cerca situaciones de violencia. En las calles se respiraba un clima de confrontación permanente.
También incursioné en la representación sindical. Unos años antes del golpe, había participado en una elección de delegados del Suoem, en una lista junto a Ángel Baudracco. Ángel también era inspector de tránsito, algo mayor que yo. Tenía militancia en el peronismo de base. Fue secuestrado y trasladado al campo de concentración de La Ribera. Todavía está desaparecido.
Recuerdo la intensidad de aquellos años, aquel clima social.
En marzo de 1974 se había decretado la intervención federal a Córdoba. Y todo lo que siguió fue una concatenación crítica y caótica, aunque hoy lo podamos discernir de manera retrospectiva. La caída del gobierno de Ricardo Obregón Cano; el “Navarrazo”; el macabro brigadier Raúl Lacabanne; aquella tremenda manifestación de fuerza en la Plaza Vélez Sársfield que fue la unificación de Montoneros y las FAR… La lucha armada para llegar al poder desplegaba su ostentación, sin pudor alguno.
El golpe del ‘76 puso un corolario funesto a una situación progresiva de deterioro y violencia. La muerte del general Perón, en julio de 1974, preanunciaba una enorme aceleración de ese clima. Córdoba anticipaba el rostro de lo que vendría.
Nada se salvó, a pesar de los esfuerzos opositores por mantener la institucionalidad. Y sobrevino la tragedia más sangrienta de la historia argentina del siglo 20. El terrorismo de Estado se instalaba definitivamente en el poder y establecía su campo de batalla contra la guerrilla al margen de la ley y de la Constitución.
A 50 años del golpe, y en un contexto nacional y global marcado por tensiones, invito a ejercer la memoria con responsabilidad y, sobre todo, a cuidar la democracia. La historia nos enseña que la democracia puede debilitarse cuando la violencia se naturaliza, cuando la política pierde su vocación de diálogo.
La democracia argentina no es perfecta —ninguna lo es—, pero es el único sistema donde los conflictos pueden resolverse sin violencia y donde la libertad puede encontrar garantías duraderas.
En este nuevo aniversario del 24 de marzo, no puedo sino evocar, una vez más, a quien tanto hizo por guiar a la sociedad argentina en un camino de reconstrucción y de transición no pactada. El liderazgo de Raúl Alfonsín, su valentía y su compromiso con el Estado de derecho permitieron recuperar la democracia que todavía hoy, pese a las dificultades, nos define y a la que nos debemos aferrar.
Publicado en La Voz del Interior el 22 de marzo de 2026.








