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Opinión 10 11 2021

Contra las furias y por la cordura


Autor: Maximiliano Gregorio-Cernadas









No es casual que cuando el electorado se inclina masivamente por la sensatez, vuelva a desatarse con mayor virulencia la temible ira de las Furias mitológicas, esas fuerzas vengadoras que proclaman la necesidad de quedarse con todo.

Las expresiones desencajadas tanto de una maestra que abusa de su poder ante un menor, en nombre del Estado, como las de un candidato increpando de modo soez a sus oponentes en aras del libre mercado, constituyen postales simbólicas de la familiaridad entre esas fuerzas extremas, sean populistas o anarco-liberales, pero que afloran recurrentemente en nuestra sociedad, reeditando similares pulsiones integristas.

Las intolerancias sectarias que han asolado históricamente a la Argentina desde hace noventa años, son menos de derecha o de izquierda que dos endriagos funcionales entre sí, quienes se necesitan uno al otro para tironear y desgarrar desde lados opuestos un tejido social e institucional republicano con el que, en el fondo, no comulgan. Por el contrario, nuestra Constitución fue ideada por Alberdi precisamente para buscar equilibrios entre extremos y consagrar la reconciliación y la libertad, luego de las sangrientas disensiones civiles y del autoritarismo, a lo que reformas posteriores le incorporaron una indispensable dimensión social.

Ni un sincero amor a la libertad ni una genuina justicia social exigen pagar el precio del fanatismo, como tampoco es cierto que el liberalismo deba ser socialmente insensible. Muy por el contrario, nada más opuesto al liberalismo y a la solidaridad social que una intolerancia doctrinaria y arrogante, pues los abusos son abusos, provengan del Estado o del mercado.

No existen soluciones mágicas para los males argentinos, como las que pretenden revelar demiurgos del interés popular o lobos esteparios soberbios e iluminados. El término “loose cannon” o “bala perdida”, con que los ingleses definen a quien se comporta de forma imprevisible o descontrolada, constituye un perfil que no aportaría al Congreso más que una banca aislada, encendida en flamígeras y vociferantes diatribas.

Además del expertise, la labor parlamentaria requiere de un bloque de voces de centro, sólido, unido y orgánico, con capacidad de abroquelarse y enfrentar intransigencias exaltadas de uno y otro lado, pues lo que la sociedad y especialmente el próximo Congreso tienen por tarea, es un paciente y arduo trabajo de reconstrucción de aquel tejido social e institucional argentino desgarrado por las deletéreas políticas económicas y sanitarias aplicadas frente a la pandemia.

No nos dejemos dominar por la ira que justificadamente nos embarga en medio de tantas pérdidas de vidas, padecimientos económicos, corrupción y abusos de poder. Los alaridos, los improperios y el gesto exaltado en el delicado manejo de la cosa pública, revelan un orden mental alterado, reñido con la cordura que exige la gravedad del momento, pues las formas son un implacable delator del fondo que las anima.

La lógica intransigente de redoblar la misma apuesta ante la derrota, augura una cotización creciente de la sensatez, la templanza y la prudencia. Jugar con el odio es el único juego que resta a quienes temen perder todo o quienes aspiran a quedarse con todo. Desconfiemos de las voces altisonantes e irreductibles de los falsos profetas de izquierda y de derecha, y apostemos en estos comicios a que impere en el Congreso Nacional el espíritu de equilibrio, concordia y tolerancia con que se fundó nuestro orden legal y político, y que alguna vez hizo grande a la Argentina.

Publicado en La Nación el 10 de noviembre de 2021.