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Conmigo o en mí contra: La ley de la discordia

Sumisión o aniquilación: sociedad, gobierno, política y Estado.

 

En nuestro mundo, si hay un fenómeno es que somos gregarios. Es decir, que vivimos agrupados en sociedades integradas por numerosas personas que tienen relaciones directas o indirectas por el hecho de compartir un tiempo, un territorio y una cultura contemporánea. Este fenómeno se reproduce en cada país, en cada gran ciudad y aún en las ciudades pequeñas.

Tal condición hace indispensable una cierta organización de los múltiples factores que intervienen en esa relación societaria.

De allí, la necesidad de organizar formas gubernativas, capaces de articular las diferencias naturales o culturales. Esto es, en general, producto de distintas ideas y acciones que se establecen transaccionalmente administrando las diferencias.

Su todo es el llamado Estado, cuyos elementos básicos son población, territorio y poder.

Es imposible que todos los miembros resuelvan los problemas comunes en conjunto, y simultáneamente, en forma de democracia directa, cosa que podía hacerse originariamente en las comunidades pequeñas.

A su vez, dadas las características colectivas inmensas que están en juego, es preciso establecer sistemas de representación, como los partidos políticos hoy, más allá de sus defectos y problemas.

Es evidente que, debido a sus dificultades, se está produciendo una transformación de los partidos políticos tradicionales, o un reemplazo parcial o total de los mismos por otras formas de representación. Para Pierre Rosanvallon, los partidos políticos siguen existiendo, pero ya no son el único canal de representación, la democracia moderna se volvió más plural y desconfiada. En síntesis, no habría desaparición de los partidos, sino pérdida de su monopolio representativo.

Para él, la democracia contemporánea atraviesa una transformación profunda de la representación:

  1. Los partidos siguen existiendo. Rosanvallon reconoce que los partidos siguen siendo instituciones centrales de la democracia representativa, porque organizan elecciones, estructuran el sistema político, permiten formar gobiernos. Por lo tanto, no han sido reemplazados completamente.
  2. Pero perdieron el monopolio de la representación. Según Rosanvallon, desde finales del siglo XX se produce una crisis de representación. Esto significa que los ciudadanos ya no se sienten plenamente representados por los partidos. Como resultado, aparecen otras formas de representación: movimientos sociales, organizaciones civiles, activismo ciudadano, medios de comunicación, tribunales y organismos de control. Estos actores no sustituyen a los partidos, pero comparten con ellos la función de expresar y controlar la voluntad social.
  3. La “contrademocracia”. Él explica que los ciudadanos hoy participan mucho vigilando, criticando y controlando el poder, más que sólo votando. A esto lo llama contrademocracia, que incluye vigilancia pública del poder, denuncias y escándalos políticos, movilización social y control ciudadano permanente. Estas prácticas coexisten con los partidos, pero limitan su centralidad.
  4. Democracia más compleja. Para Rosanvallon, la democracia actual funciona con múltiples formas de legitimidad: electoral (partidos y elecciones), imparcialidad (instituciones independientes) y proximidad (representación de experiencias sociales).

Esa innumerable cantidad de expresiones participativas es lo que, en términos generales, se engloban en el concepto de político.

Más allá de los juicios de valor que podamos tener sobre cada punto, o sus detalles, lo cierto es que pensar en ignorar esa trama institucional como si fuera inexistente constituye un acto que se aparta de la realidad, bien sea por no percibirlos en su verdadera importancia funcional y su articulación, o por una concepción ideológica totalitaria que pretendería borrarlos del escenario y concentrar todas sus funciones de una manera autoritaria en una o pocas personas, que serían los únicos intérpretes y tutores de la voluntad popular.

A poco que prestemos atención, advertiremos que nuestro presidente, sus colaboradores y fieles seguidores, comparten la idea de negar al estado mismo al que califican de organización criminal en perjuicio de la población.

Tampoco se sienten cómodos con los gobiernos distribuidos en distintas facultades y controles recíprocos de poderes, ni con los modos institucionales del tratamiento de los problemas.

Tienen especial apego por despreciar y faltar el respeto a los representantes electivos, al Congreso y al poder judicial cuando no les resulta de su agrado las medidas que adoptan.

La suma de sus insultos y desprecios toca directamente a la noción de política pacífica que, como se sabe, es la manera de dinamizar y vincular las distintas funciones, las ideas, los programas y los tiempos de gobierno. En una palabra, niegan la validez de cualquiera de esos conceptos, o todos juntos, por considerarlos inútiles, perniciosos y corruptos. Al igual que al periodismo.

Al mismo tiempo, es obvia la contradicción en que incurren porque manejan el Estado, son parte del mismo, hacen política y buscan representar.

El más elemental de los espectadores y escuchas de sus discursos, debe advertir esa contradicción, la alabanza de los propios actos y la censura de todo lo que hacen los demás.

Ponen las cosas en tal extremo, que a esta altura parece que la única salida que dejan a quienes no forman parte de su comparsa, es tratar de evitar que consigan coaligarse en alianzas o figuras afines para las próximas elecciones. De modo tal, que ya no sería todos contra Cristina, sino todos contra Milei, en el sentido de conformar coincidencias de un programa político, económico, social y moral diferente al de Milei, que permita ganarle las próximas elecciones. Es por eso que Milei hará todo lo posible para eliminar o evitar las “PASO”, que permiten organizar alianzas políticas entre fuerzas y partidos no exactamente iguales, pero que comparten varios puntos esenciales, y sobre todo tienen un objetivo común para la circunstancia temporal en que se desenvuelven los hechos.

Ver el momento político como lo ve y estimula Milei, implica reivindicar la famosa ley de la discordia de la que nos habló Joaquín V. González hace bastante tiempo.

Si ese es el espíritu de los gobernantes actuales, es de esperar un futuro turbulento que, en vez de pacificar y administrar las diferencias, las promuevan hasta el extremo de lastimar la unidad nacional.

En realidad, la base debiera ser la sensatez de lograr ponerse de acuerdo entre quienes desean reemplazar en las elecciones al accionar corporativo, elitista y destructivo, que hoy nos gobierna.

En términos de Houellebecq, uno de los extremos de la discordia es la sumisión, y el otro extremo es la aniquilación de los no sumisos.

Tengamos una visión esperanzadora fundados en el afecto, la ternura y la reconciliación familiar como refugio ante la hostilidad de nuestros gobernantes actuales y del mundo. Mientras tanto, la gran tarea nacional es conformar entendimientos que permitan ganarle las próximas elecciones a Milei sobre la base, ya lo hemos dicho, de otro programa con contenidos diferentes a los del suyo, que sean favorables al interés nacional y de hondo contenido social.

 

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