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Opinión 06 10 2020

Complejidad e incertidumbre en la elección de los EE.UU.


Autor: Ruben M. Perina









La pandemia de Covid-19 y el reciente contagio del presidente Trump le han inyectado aún más incertidumbre al proceso electoral de cara a las elecciones del 3 de noviembre -proceso que, de por sí, posee una marcada complejidad y singularidad.

Ciertamente, Trump dejará de hacer campaña en persona y de menospreciar el uso de la máscara y el distanciamiento social; su negación y mal manejo de la pandemia han sido irresponsables y deplorables. Los dos restantes debates presidenciales quedan en duda y el debate vice-presidencial entre Mike Pence y Kamala Harris asume nueva relevancia. El nuevo escenario no modificará la intención de voto, pero sí ha generado preocupación sobre la capacidad del presidente de gobernar y de garantizar la seguridad nacional.

Pero la complejidad estructural y el funcionamiento del sistema electoral norteamericano también provocan ansiedad e incertidumbre. El sistema posee peculiaridades que lo distinguen de otros más centralizados y homogéneos que he observado como jefe de Misiones de Observación electoral de la OEA en varios países: cada estado (51) y hasta cada condado (3.111) tienen sus propias leyes, autoridades, padrón y tecnología; se vota un martes, día laborable; votar no es obligatorio y se lo puede hacer por anticipado o por correo postal. La votación por estas modalidades comenzó a mediados de septiembre en la mayoría de los estados.

La clave de la complejidad y peculiaridad del proceso electoral está en el Colegio Electoral, su piedra angular. Fue diseñado para preservar la preeminencia de los estados sobre el gobierno federal, para prevenir la elección popular directa de un demagogo, así como para evitar la sobre-representación y concentración de poder en los estados más poblados y más ricos y más progresistas (hoy en su mayoría en las costas del este y oeste).

En ese contexto, la elección presidencial es descentralizada e indirecta, con 51 elecciones organizadas por cada estado. Los votantes eligen un candidato y su lista de electores (seleccionados por las autoridades partidarias estatales); su número equivale al número de Representantes que le toca a cada estado por población más dos Senadores.

El triunfador (aunque sea por un voto) se lleva todos los electores del estado. Se consagra presidente el que logre 270 de 538 posibles votos electorales. Lo peculiar es que un candidato puede ganar el voto popular nacional por millones en una minoría de estados populosos, mientras que otro puede ganar por un voto en una mayoría de estados poco habitados y llegar a los 270 necesarios, como pasó con Hillary Clinton que logró 3 millones de votos más que Trump, pero éste ganó el Colegio Electoral 306 a 227.

Cada estado tiene hasta el 8 de diciembre para resolver cualquier controversia sobre los comicios o la lista de electores. El 14 de diciembre, fecha perentoria, los electores deben reunirse en cada estado y votar por su candidato. El gobernador certifica la lista de electores con sus votos y la debe enviar perentoriamente el 23 de diciembre al presidente del Senado Nacional. En sesión conjunta de las dos Cámaras del Congreso, el 6 de enero de 2021, se cuenta el voto de los electores y se certifica el resultado y el ganador.

Sin embargo, en cualquier estado pueden surgir impugnaciones que judicialicen el proceso por irregularidades, fraude, emergencia nacional o interferencia extranjera. Si las cortes no las resuelven, ello podría impedir que los electores se reúnan y que el gobernador certifique y envíe la lista de electores y sus votos al Senado.

Podría ocurrir entonces que ningún candidato logre los 270 votos, en cuyo caso la elección pasaría a la Cámara de Representantes (a instalarse el 3 de enero) donde cada estado tiene un sólo voto, y el partido con mayoría en la delegación de Representantes decide el voto del estado. Esta complejidad del Colegio Electoral genera incertidumbre y podría causar una crisis institucional post-comicios sin precedentes recientes.

En ese contexto, es de destacar la insólita conducta de Trump: ha denunciado repetidamente (sin evidencia) que los Demócratas usarán el voto por correo para hacer fraude y ha insinuado que esa sería la única manera de perder y que no reconocerá su derrota. Preocupado estará por las encuestas que lo muestran detrás de Biden por 8-10 puntos porcentuales y con sólo un 40 % de aprobación.

Sus absurdas y poco serias denuncias e insinuaciones (rechazadas incluso por Republicanos) han provocado especulaciones sobre posibles aventuras extranjeras para generar apoyo a su re-elección y sobre posibles e inquietantes escenarios post-comicios: Trump podría no reconocer su derrota y judicializar los intrincados mecanismos del Colegio Electoral para forzar la conclusión del proceso en la Cámara de Representantes donde su partido podría controlar una mayoría de delegaciones.

Tales posibilidades han alarmado a la opinión pública por el potencial que tienen de socavar la legitimidad del proceso y los riesgos de una crisis constitucional. Ello, la incertidumbre y la polarización, debilitarían aún más la democracia norteamericana y su liderazgo del mundo liberal. La alarma es tal que hasta el Washington Post ha propuesto la creación de una Comisión bipartidista presidida por los ex presidentes Bush y Obama para supervisar las elecciones y confirmar su validez.

Publicado en Clarín el 5 de octubre de 2020.

Link https://www.clarin.com/opinion/complejidad-incertidumbre-eleccion-ee-uu-_0_kCab6P4md.html