miércoles 10 de diciembre de 2025
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Cómo puede la izquierda liberal reconectar con la clase trabajadora

El reciente artículo de Daron Acemoglu en Financial Times, “Liberalism can win back the working class. Here’s how” (“El liberalismo puede recuperar a la clase trabajadora. Así es cómo”), es una de las reflexiones más lúcidas de los últimos años sobre el declive de la izquierda liberal —no solo en Estados Unidos, sino en todas las democracias avanzadas— y sobre qué podría hacerse para revertirlo. Aunque el texto se dirige específicamente al Partido Demócrata norteamericano, su diagnóstico y sus propuestas son igualmente válidos para la socialdemocracia europea, para el liberalismo progresista y para todos los movimientos políticos que han perdido el contacto con las aspiraciones materiales de las clases trabajadoras.

Acemoglu parte de una constatación evidente desde hace más de una década: la izquierda liberal atraviesa una crisis de legitimidad. El distanciamiento electoral respecto a los trabajadores no tiene una explicación sencilla ni coyuntural, sino que refleja transformaciones económicas, tecnológicas e ideológicas profundas. La aparición de figuras rupturistas, tanto populistas como extremistas, forma parte de la misma dinámica.

La promesa liberal incumplida: la prosperidad compartida

Una de las contribuciones más valiosas del artículo es que Acemoglu recuerda cuál fue la verdadera razón por la que las democracias liberales ganaron apoyo masivo en los siglos XIX y XX: la promesa de prosperidad compartida. No era solo una cuestión de instituciones políticas; era un pacto material. Como señala el texto, la democracia liberal se construyó sobre shared prosperity and self-government (prosperidad compartida y autogobierno): el progreso económico beneficiaba a todos y, a la vez, los ciudadanos tenían voz en la gestión de sus vidas y comunidades.

El derrumbe de ese pacto —producto de la transformación tecnológica, la globalización mal gestionada y la desindustrialización— explica en gran medida el resentimiento que hoy se dirige contra las élites progresistas. Desde 1980, los salarios reales de los trabajadores con menor formación se han estancado o reducido mientras que los titulados universitarios han prosperado. 

La izquierda liberal, que durante décadas había sido el vehículo político de los trabajadores, no percibió a tiempo la profundidad de ese cambio.

La equivocada apuesta por la ingeniería cultural

El segundo punto clave del artículo de Acemoglu es la crítica a cómo las élites educadas dentro de la izquierda se replegaron hacia agendas “culturales”, muchas de ellas legítimas pero desconectadas de las prioridades materiales de las clases trabajadoras. Acemoglu no niega la importancia de los derechos civiles o libertades personales. Lo que señala es que, cuando estos temas pasaron a ocupar el centro del discurso, mientras la economía real de los trabajadores se deterioraba, el resultado fue un distanciamiento político cada vez mayor.

En palabras del artículo, la izquierda liberal se desvió hacia social engineering efforts, trying to accelerate cultural change (esfuerzos de ingeniería social, tratando de acelerar un cambio cultural). Al mismo tiempo, dejó de representar a las comunidades que sufrían más intensamente la pérdida de empleos, el cierre de fábricas o la degradación de servicios públicos.

Esto no es solo un fenómeno estadounidense. Tiene su equivalente en Europa: la socialdemocracia alemana, el laborismo británico, el Partido Socialista francés o incluso los partidos progresistas del sur de Europa han experimentado rupturas similares con su base histórica.

Reconectar exige volver a lo básico: productividad, empleos y salarios

Aquí es donde Acemoglu introduce su propuesta más importante: la izquierda liberal debería recentrar su proyecto en la mejora de la productividad, la calidad del empleo y los salarios de los trabajadores.

Acemoglu subraya que la única manera sostenible de reconstruir una coalición progresista es fijarse menos en aumentar impuestos a los ricos para financiar transferencias a los pobres y más en crear crecimiento robusto y buenos empleos. Recuerda que la estrategia de redistribución como parche conduce a papering over the problem of rising inequality (ocultar el problema del aumento de la desigualdad) pero no soluciona las causas estructurales.
 
Este es el corazón de su argumento: la izquierda debe volver a ser el partido del trabajo y del crecimiento, no solo de la redistribución. La tradición socialdemócrata lo sabía. Roosevelt lo sabía. Incluso el laborismo británico de posguerra lo sabía: la prioridad era crear prosperidad para todos, no gestionar la escasez mediante subsidios.

Una agenda de tecnología para los trabajadores: la “pro-worker AI”

La parte final del texto propone una idea que podría convertirse en una nueva bandera programática del progresismo: diseñar una tecnología —especialmente la inteligencia artificial (IA)— orientada a mejorar las capacidades de los trabajadores, no a sustituirlos.

El autor, que también es ganador del premio Nobel de Economía, defiende lo que llama pro-worker AI (inteligencia artificial protrabajador): herramientas tecnológicas que amplíen el rendimiento de electricistas, mecánicos, sanitarios o técnicos de fábrica en lugar de sistemas diseñados solo para automatizar tareas y reducir empleo. Esto no es ingenuo: exige políticas públicas y regulación que desincentiven los usos manipulativos o meramente extractivos de la IA, y que fomenten modelos empresariales centrados en aumentar la productividad humana.

Dicho de otro modo, la izquierda debería articular una visión ambiciosa del futuro del trabajo, ni nostalgia ni proteccionismo.

Una conclusión que vale para EE. UU., Europa y más allá

El artículo termina recordando que el Partido Demócrata sigue siendo una big tent (gran paraguas) y que todavía puede reconectar con la clase trabajadora. Pero el mensaje es universal: las democracias liberales solo recuperarán legitimidad si demuestran que pueden generar prosperidad compartida en la era digital.

La socialdemocracia europea, el liberalismo progresista y, en general, cualquier proyecto político que aspire a gobernar sociedades heterogéneas y tensas, debería tomar nota de las lecciones que Acemoglu ofrece:
 

Reconocer el daño causado por décadas de estancamiento salarial.

Abandonar la obsesiva dependencia de la redistribución como solución única.

Priorizar la productividad, la innovación inclusiva y la creación de empleos de calidad.

Desplegar una agenda tecnológica que mejore la vida de los trabajadores.


El progresismo recuperará a la clase trabajadora cuando vuelva a hablar en su lenguaje: el de oportunidades reales, salarios dignos, movilidad ascendente y un futuro en el que la tecnología no los deje atrás.

Acemoglu nos recuerda que esto no solo es deseable. Es posible.

Publicado en Agenda Pública el 1 de diciembre de 2025.

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