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Cambia, todo cambia

La canción Todo Cambia, del cantautor chileno Julio Numhauser y popularizada por Mercedes Sosa, refleja la idea de que el cambio es una parte inevitable de la vida, abarcando desde lo superficial hasta lo profundo. Este concepto también es válido para muchas otras variables, incluidas las económicas. Los eventos de los últimos días confirman este concepto.

La mayoría de las veces, estos cambios son muy lentos, como la transición del hombre cazador-recolector a la domesticación de plantas y animales, o el cambio climático. En otras ocasiones son medianamente lentos, pero se aceleran con el tiempo, como sucede con las transformaciones tecnológicas.

Algunos, en cambio, son muy rápidos, como los terremotos, las erupciones volcánicas o los tsunamis. Lo realmente asombroso es la capacidad del ser humano para adaptarse a estos cambios, lo que nos lleva a enfatizar la importancia de la flexibilidad en nuestras acciones.

La mayor parte de los adelantos tecnológicos estuvo destinada a sustituir la fuerza humana y a evitar —o acelerar— las acciones repetitivas, mejorando la calidad de vida y liberando tiempo para actividades creativas.

Los avances recientes en inteligencia artificial parecerían indicar que también podrían reemplazar la capacidad humana de pensar y crear, aunque algunos expertos sostienen que ese objetivo todavía no se ha materializado.

Estos avances no solo modifican las estructuras económicas internas de cada país, sino también la distribución de poder entre naciones. La evolución histórica de las actividades económicas muestra que, en un principio, casi todas estaban dedicadas a la supervivencia (alimentación y defensa).

Con el progreso tecnológico, el empleo en los sectores primarios fue decreciendo —se produjo más alimento con menos mano de obra— y fue reemplazado por la industria y, en menor medida, los servicios. Hoy, el sector servicios es, por lejos, la principal actividad de los seres humanos.

A modo de ejemplo: en Estados Unidos, hacia la década de 1950 había unos 50 millones de empleos, de los cuales el 31% estaba en manufacturas, el 2% en recursos naturales y minería, el 48% en servicios, y el resto en otras actividades. En 2015, el empleo total había subido a 136 millones, con solo el 0,6% en recursos naturales, 8,8% en industria y el 70% en servicios. Lo mismo sucedió en casi todos los países.

Los avances tecnológicos destruyeron empleos en las actividades básicas, pero fueron más que compensados por la creación de empleos en el sector servicios. Esta transición, sin embargo, casi nunca es indolora, como lo mostró la primera Revolución Industrial.

En este permanente proceso de cambio, lo más importante es contar con una estructura económica flexible, capaz de adaptarse. Lo peor que se puede hacer es intentar fijar una estructura productiva rígida. Son numerosos los ejemplos de actividades que desaparecieron y fueron reemplazadas por otras nuevas.

Esta realidad también se reflejó en cambios en la teoría económica. Un ejercicio clásico era observar, ante un shock, cómo la economía transitaba de un punto de equilibrio a otro. En el mundo real, sin embargo, la economía enfrenta shocks permanentes que alteran todas las variables, y uno de los atributos más valorados en los líderes —políticos o empresarios— es su capacidad para distinguir los grandes patrones de cambio que se potencian entre sí.

Estos cambios no solo afectan a cada país, sino también a la relación entre ellos y a la geopolítica. Las series históricas de Maddison muestran que en 1600 China, India y Japón representaban el 56,4% de la población mundial y el 54,3% del PBI, mientras que Europa y lo que luego sería Estados Unidos sumaban apenas el 13,5% de la población y el 20% del PBI.

En los siguientes 350 años, esas participaciones se modificaron drásticamente. En 1950, la población de los tres países asiáticos equivalía al 39,2% del total y su PBI apenas al 11,8%, mientras que Europa y Estados Unidos alcanzaban el 18,1% de la población y el 53,5% del PBI. Las causas fueron múltiples y alteraron profundamente la geopolítica mundial.

Hoy el péndulo vuelve a moverse en dirección opuesta: los países asiáticos representan el 36% de la población y el 31% del PBI, mientras que Europa y Estados Unidos bajaron al 9,6% de la población y al 29,2% del PBI. También es notable el crecimiento del resto de los países, tanto en población como en producto.

Nuestro país no está ajeno a estas tendencias. Es fundamental entender cómo nos afectan, no solo en términos de estructura productiva interna, sino también en nuestro intercambio comercial y en el impacto geopolítico. Las tasas de crecimiento de la población y del PBI mundial se están desacelerando; en algunos países la población incluso cae.

Actualmente, Estados Unidos difícilmente crezca de manera sostenida por encima del 2,2%, Europa al 1%, Japón al 0,5% y China al 5%. La nueva locomotora es la India, y las mayores tasas de crecimiento se observarán en los países emergentes. Nuestra política exterior debe tomar en cuenta estos factores.

Publicado en Clarìn el 20 de septiembre de 2025.

 

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