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Bruselas celebra la derrota de Orbán, pero espera con paciencia la nueva era en Hungría

Por Nacho Alarcòn

La victoria de Tisza en unas históricas elecciones legislativas de Hungría con participación masiva, aunque adelantada por prácticamente todas las encuestas independientes, ha generado un enorme alivio en las instituciones europeas y también en la inmensa mayoría de capitales. La situación con Viktor Orbán, en el Gobierno desde el año 2010, empezaba a ser insostenible. Una victoria de Fidesz se habría traducido en un choque frontal entre Bruselas y Budapest, especialmente después de que se haya conocido que el Gobierno húngaro filtraba información a Rusia.

Más allá del pulso de largo recorrido entre la Comisión Europea y el gabinete de Orbán por la deriva autoritaria de Hungría, en los últimos tiempos Budapest había comenzado a superar líneas rojas que afectaban al propio funcionamiento de la Unión Europea. El caso más visible ha sido el bloqueo de la emisión de 90.000 millones de euros en eurobonos para financiar a Ucrania, un acuerdo que se cerró a nivel de líderes europeos. La decisión de Orbán de cambiar de opinión y retener ese plan ha sido vista por las instituciones europeas como una violación del principio de cooperación sincera dentro de la UE.

No hay, por lo tanto, ninguna duda de que la victoria de Péter Magyar era el escenario favorito para todos. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, rompió el silencio que había mantenido durante toda la campaña sin dejar lugar a dudas respecto a su escenario favorito: “Esta noche, el corazón de Europa late con más fuerza en Hungría”, escribió en redes. Sin embargo, eso no significa que en las instituciones sean ingenuos. Son conscientes de que habrá curvas en el futuro, tanto dentro del país como en la relación entre Bruselas y Budapest.

Respecto a la dimensión doméstica, las dificultades se han podido ver perfectamente en el caso polaco. La salida de Ley y Justicia (PiS) del Gobierno no se ha traducido de manera inmediata en una reversión del daño provocado por el partido ultraconservador al Estado de derecho. Incluso si esa era la misión principal de Donald Tusk y de su Coalición Cívica, la realidad es que los cambios han sido limitados.

Es cierto, en todo caso, que Tisza podría alcanzar —según apuntan las proyecciones a la hora del cierre de este artículo— una supermayoría en el Parlamento húngaro que le permita desmontar gran parte del régimen de Orbán. Eso aumentará la presión sobre Magyar para demostrar cambios tangibles. Por el momento, Hungría tiene congelados unos 18.000 millones de euros de fondos europeos y, como mostró el caso de Polonia, la Comisión Europea tiene un trabajo difícil a la hora de identificar si se están haciendo los progresos suficientes para ir volviendo a abrir ese grifo.

Respecto a la relación con Bruselas, nadie en la capital comunitaria se olvida de que Magyar ha formado parte de toda la maquinaria de Fidesz, y el patrón de voto de su nuevo partido en la Eurocámara muestra que, aunque muy lejos de las tácticas y de las formas del partido de Orbán, la delegación de Magyar ha sido de las más cercanas a Fidesz dentro de la familia del Partido Popular Europeo (PPE) en el Parlamento Europeo. En cuestiones como inmigración, agricultura o Ucrania, nadie espera que Tisza vaya a representar un giro de 180 grados respecto a la etapa de Orbán. En todo caso, en Bruselas confían en la ola de entusiasmo anti-Orbán que ha llevado a Magyar a la victoria.

“Los líderes de la UE no deberían dar por sentado que un Gobierno de Magyar supondría una ruptura total con las políticas de la era Orbán. En lo que respecta a Ucrania, el programa electoral de Tisza es notablemente escaso, más allá de oponerse a la adhesión acelerada de Ucrania. Magyar ha declarado en repetidas ocasiones que no daría marcha atrás en la actual política de no apoyo de Hungría”, recuerda Eric Maurice, analista del European Policy Centre.

Tres lecciones de la campaña en Hungría

Independientemente de lo que se pueda esperar en el futuro de un Gobierno bajo Magyar, la campaña ha dejado varias lecciones útiles para la Unión Europea. La primera es la comprobación de la nueva doctrina americana de interferencia electoral en Europa. J. D. Vance, vicepresidente de los EE. UU., ha viajado a Budapest, ha hecho campaña con Fidesz y ha convertido a la Unión Europea en el objetivo de todos sus ataques. Bruselas ha tenido así su primera toma de contacto con una doctrina recogida en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 que hasta ahora no se había visto puesta en la práctica.

La segunda lección tiene que ver precisamente con esa interferencia: nada apunta a que la presencia de Vance en Budapest haya ayudado de alguna manera a Orbán o a la campaña de Fidesz. Una cosa que ha dejado clara la visita del vicepresidente estadounidense es que hay muchos partidos de derecha radical en la Unión Europea que no están para nada interesados en verse directamente vinculados con esta Administración.

La tercera lección es que, en un mundo que parece condenado a que venzan los “hombres fuertes” en cada campaña, la nueva realidad geopolítica lleva a que fuerzas mainstream vuelvan a tener opciones. Es algo que ya se vio en Países Bajos, donde el electorado pasó de respaldar a un partido de extrema derecha como es el de Geert Wilders a apostar por una formación proeuropea moderada. “A menudo parece que el mainstream europeo juega en un terreno definido por sus oponentes, donde la asimetría, la amplificación y el incumplimiento de las normas favorecen inevitablemente a estos últimos. Pero en un entorno (geo)político tan cambiante e impredecible, esto no tiene por qué ser así”, explicaba la semana pasada el húngaro Tibor Dessewffy en el European Centre for Foreign Relations (ECFR).

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