Brigitte Bardot murió a los 91 años, un tiempo de vida necesario como para darse todos los gustos, incluso algunos intentos de suicidio, ademàs de ese empecinamiento por envejecer con todas las arrugas encima. Dios y el Díablo, que a veces tienen la costumbre de discutir entre ellos, se la disputaron sin pausa. Ninguno quería perderse el privilegio de tenerla en sus posesiones. No sabemos cómo se resolvió el prolongado litigio. Sí sabemos que en sus años de oro la Iglesia Católica la condenó a las llamas eternas. Después, el Papa Juan Pablo II, que tenía calle y no era indiferente a la belleza, le levantó la sanción, la recibió en Roma en uno de los salones màs luminosos del Vaticano, donde se fotografiaron sonrientes mientras los guardias suizos trataban de poner en línea a seminaristas alborotados que hacían cola para pedirle un autógrafo. La película que la instaló en el cielo donde sólo hay lugar para las estrellas fue “ Y Dios creó a la mujer”. Saltaron todos los tapones, se rompieron todos los relojes y hasta se registró un pequeño balanceo en el planeta. Durante veinte años fue la diosa, la reina, el ángel y la serpiente. Todo al mismo tiempo. Filmó películas mediocres, que adquirieron notoriedad porque estaba ella. Pero también se dio el lujo de filmar con Godard y Malle, pero las multitudes que asistieron a las salas de cine iban mayoritariamente a verla ella; les importaban más más sus piernas o sus mohines que los travelling o los planos secuencia de los maestros de la Nouvelle Vague. Hombres y mujeres la amaron incondicionalmente. Simone de Beauvoir admitió que esa singular belleza la conmovía. John Lennon dijo que cuando se la presentaron se quedó mudo como un adolescente en plena edad del pavo. No es necesario detallar las fantasías sexuales que despertó entre los hombres. Por lo pronto, a las mujeres les enseñó en ese mundo que se abría a los años sesenta cómo cómo caminar, cómo había que reírse, como había que mirar a un hombre y cómo había que acostarse con un hombre. Como Greta Garbo, en la plenitud de su carrera se retiró a cuarteles de invierno, mejor dicho, a su mansión de Saint Tropez. Más de la mitad de su vida estuvo lejos de las pantallas, pero ella sabía muy bien que jamás la olvidarían. Durante décadas se dedicó a proteger animales, enojarse con los musulmanes y anunciar sus simpatías por el partido de extrema derecha de Le Pen. Francia le perdonó todos sus caprichos y mudanzas, entre otras cosas porque no olvidaban que su nombre y su rostro atraían más divisas que la Planta Renault. Nosotros, los que crecimos a su alrededor como feligreses siempre le perdonamos sus bravatas y excesos porque a las diosas se le perdona todo, y porque cada uno de nosotros sabía en su intimidad que a ella nuestros posibles enojos le importaba tres pitos.
Publicado en El Litoral el 28 de diciembre de 2025.







