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Opinión 24 11 2021

Bombas a la democracia


Autor: Norma Morandini









"La primera noche, ellos se acercan y toman una flor de nuestro jardín. No decimos nada. La segunda noche ya no se esconden, pisan las flores, matan a nuestro perro y no decimos nada. Hasta que un día el más frágil de ellos, entra solo a nuestra casa, nos roba la luna, y conociendo nuestro miedo, nos arranca la voz de la garganta. Y porque no dijimos nada, ya nada podemos decir”.

"Nada", el bello poema del poeta ruso Maiakovski, al que acudí cuando los camiones del sindicalista Moyano bloquearon la salida de los diarios Clarín y La Nación para impedir que lleguen a su destino.

Entonces, me sorprendió la indiferencia de la dirigencia política, buena parte de nuestra sociedad y muchos de nuestros colegas que confundieron la pelea del Gobierno con el diario Clarín como una “guerra de intereses” y “nada” hicieron para impedir el crecimiento del autoritarismo que subyace en el desprecio a la prensa, un valor constitutivo de aquellos que rechazan la democracia.

Corría 2009, el bloqueo de los camioneros sucedió en medio de “la madre de todas las batallas” que hizo del diario Clarín, el enemigo del gobierno kirchnerista.

Han pasado más de diez años y lejos de la democratización de la cultura política, los ataques a la prensa en la boca de los gobernantes han ido creciendo, se naturalizaron en el discurso público las palabras de odio aplicadas a los periodistas, como que deban ir a los tribunales para revelar lo que está protegido, el secreto profesional.

Son esos discursos y los dichos de los gobernantes los que habilitan la violencia, dan permiso a los autoritarios. Llevamos muchos años de ataques verbales a la prensa, recrudecidos en estas últimas elecciones, con universidades que confunden prensa con propaganda y forman periodistas militantes del gobierno en lugar de profesionales independientes para servir a la ciudadanía.

A la par, en todo ese tiempo, ganamos conciencia en relación al papel de la prensa en una sociedad democrática, un derecho custodiado tanto por las organizaciones que agrupan a las empresas periodísticas como a los periodistas que encontraron en FOPEA, una asociación creada para defender la libertad del decir como para profesionalizar el privilegio que significa hablar por los otros.

Porque mucho se ha hecho en términos de denuncia, es que he vuelto a recordar el poema Nada en relación a muchos colegas que no terminan de entender que quien viola los derechos humanos, es aquel que debe protegerlos, el Estado.

En una reunión reciente en la que un grupo de periodistas escuchamos dos informes, el de la SIP y el de ADEPA, sobre las amenazas a la libertad de expresión en nuestro país y en el continente, un respetado colega nos pidió que tuviéramos perspectiva: “No somos Venezuela”, dijo. Y para fortalecer su afirmación enumeró la cantidad de medios que existen en Argentina contrapuestos a todos los que cerró el régimen de Maduro.

Una media verdad, que como escribió Machado: “Dirán que mientes, si dices la otra mitad”. No pongo en duda la honestidad de la opinión del colega, pero se equivoca.

El estado de la libertad de prensa y expresión en una sociedad debe medirse no por la cantidad de medios sino por cuánto los gobernantes respetan y garantizan lo que está escrito en nuestra Constitución que no solo protege el derecho a decir sin persecución por las opiniones, sino que al darle jerarquía constitucional a una decena de Tratados Internacionales de Derechos Humanos, obliga al Estado argentino a respetar la madre de todas las libertades, el derecho a la expresión.

Es cierto que no somos Venezuela, pero las comparaciones debemos hacerlas con nosotros mismos, con lo que viene sucediendo en nuestro país desde que gobierna una concepción política que descree de la democracia y desprecia la capacidad de discernimiento de la ciudadanía a la que infantiliza y pretende proteger de las que interpreta las perniciosas noticias negativas de los medios.

Ni el bloqueo de los camiones, ni los intentos de criminalizar a la prensa consiguieron arrancar la voz de la garganta de muchos argentinos. Ahora, las bombas y los encapuchados, en el viejo estilo de la violencia clandestina de los ‘70, constituyen el más grave atentado a la libertad de expresión y al sistema democrático que le da fundamento.

En este caso, soy yo la que “Nada” puedo agregar a lo que vengo defendiendo desde hace años. Ya no se trata de que aquellos que ya dimos prueba de haber peleado por la libertad del decir y condenamos ayer el bloqueo a Clarín y a La Nación como las bombas de hoy, sino que los argentinos aprendamos de una vez y para siempre que cuando no se defiende la libertad del decir terminaremos mudos porque dejamos que nos arranquen la garganta.

Publicado en Clarín el 24 de noviembre de 2021.

Link https://www.clarin.com/opinion/bombas-democracia_0_KDWIeDjMn.html