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Opinión 22 10 2020

Bolivia, una opción para Venezuela


Autor: Felipe Frydman









Las elecciones en Bolivia muestran el camino para la solución en Venezuela. Convocadas por el gobierno de Jeanine Añez poco después de los acontecimientos que provocaron la salida de Evo Morales, el 10 de noviembre del año pasado, consagraron ganador al candidato del MAS, Luis Arce, en primera vuelta con el 52%. El triunfo del MAS fue rápidamente reconocido por las autoridades y por el candidato Carlos Mesa que obtuvo 34%.

El proceso de convocatoria a elecciones en octubre del año pasado estuvo plagado de cuestionamientos. Desde la revisión de la prohibición de reelección aprobada en el referéndum del 21 de febrero de 2016, revisada por una decisión del Tribunal Supremo de Justicia hasta las acusaciones de fraude confirmadas por los observadores de la OEA. El entonces presidente Morales ofreció, ante la gravedad de las protestas, reemplazar a los miembros del Tribunal Supremo Electoral y convocar a nuevas elecciones. El 11 de noviembre presentó su renuncia, emprendiendo su camino al exilio primero en México y después Argentina.

El posicionamiento de los países latinoamericanos sobre el gobierno de Añez respondió a la misma línea divisoria que hoy separa a

América Latina sobre la situación en Venezuela. El nuevo gobierno boliviano recibió el reconocimiento de los países del Grupo de Lima, Estados Unidos y la Unión Europea entre otros, mientras fue acusado de usurpar el poder por México, Cuba y la Argentina.

El 23 de noviembre, el Congreso de Bolivia aprobó con el apoyo de todos los partidos la convocatoria a nuevas elecciones restableciendo la prohibición para la reelección inmediata continua prevista en el artículo 168 la Constitución plurinacional para los cargos de Presidente y Vicepresidente. Este gesto reafirmó su carácter transitorio y disposición a aceptar los resultados electorales a pesar de expresar el rechazo a las políticas del gobierno anterior.

La crisis constitucional en Bolivia tuvo como eje central la figura controvertida de Evo Morales que ha dominado la escena política desde su frustrada candidatura en 2002. La persistencia generó adhesión pero también rechazo que fragmentó a la sociedad boliviana, como suele suceder cuando la existencia de una figura dominante termina por considerarse imprescindible. La suma del poder genera omnipotencia que se multiplica ante las reverencias y que termina por corromper la armonía democrática.

El gobierno de Añez merece reconocimiento porque condujo al país a una salida democrática que se espera superará la división, pero no las diferencias, creadas desde el mismo momento en que se decidió desconocer el resultado del referéndum en 2016. La renovación del liderazgo del MAS permitió confirmar sus posibilidades de expandir su base electoral más allá del núcleo duro que apoya a Evo Morales.

La salida a la crisis institucional de Bolivia requirió la salida de Evo Morales, el nombramiento de un nuevo Tribunal Electoral y la renuncia a la violencia. Este compromiso generado el 23 de noviembre allanó el camino para la reconciliación y generó un compromiso con la neutralidad institucional.

Esta hoja de ruta debería servir como modelo para encontrar una solución democrática en Venezuela si el Gobierno mostrara una predisposición similar a la de Jeanine Añez sobre la necesidad de restablecer la convivencia social por fuera del corsé ideológico.

La lección de Bolivia constituye un aliciente para la democracia en América Latina porque rescata la importancia del proceso electoral libre, supervisado por observadores internacionales, y porque también implicó un freno a los intentos de manipulación de la legislación para perpetuarse en el poder.

Publicado en Clarín el 21 de octubre de 2020.