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Beto, nunca te olvidaremos

Hay encuentros que parecen improbables hasta que suceden, y cuando ocurren dejan una huella que no se borra. Así fue el vínculo entre este joven politólogo —27 años, la cabeza llena de teorías y los bolsillos cargados de poemas que casi no mostraba— y Luis Brandoni, en el clima espeso y contradictorio de las elecciones de 2021.

El país venía de atravesar una pandemia, de discutirlo todo —la economía, la salud, el futuro— y de sentir, otra vez, que las certezas eran más frágiles que nunca. Este joven lo vivía desde dos mundos: la universidad, donde analizaba instituciones y políticas públicas, y la escritura, donde dejaba escapar lo que no entraba en ningún marco teórico. La política como sistema rígido; la literatura como desborde de ideas y emociones.

Brandoni era el candidato estrella de nuestra lista y era valorado, entre tantas otras cosas, porque llegaba desde otro recorrido. Décadas de teatro, cine y televisión lo habían convertido en una figura ineludible de la cultura argentina. Su voz había dado cuerpo a personajes que reflejaban tensiones profundas del país. Pero también había cruzado ese umbral que muchos temen: el de pasar de representar a involucrarse, de interpretar conflictos a asumirlos en primera persona. Su vínculo con la política no era ni había sido un signo de oportunismo, sino una extensión de esa misma inquietud por lo público, por lo colectivo, por la responsabilidad de decir algo en voz alta.

Tal es así que, en 2021, como candidato del espacio “Adelante Ciudad”, no aparecía como un improvisado, sino como alguien que entendía que la cultura y la política son dos formas de intervención sobre la realidad. Dos maneras de no quedarse al margen, dos maneras de hacer algo por la sociedad.

El encuentro fue en el mítico Comité radical de Otamendi 393 del barrio porteño de Caballito. Dicho actividad había sido gestionada por el por entonces Legislador Porteño Guillermo “Cuca” Suárez, con quien tuve el honor de trabajar.  En aquella oportunidad, decenas de vecinos habían acudido a escuchar a Brandoni presentar su libro “Antes que me olvide”.  Para la presentación habíamos armado un espacio con mesas separadas y cierta distancia todavía heredada de los protocolos de aquel entonces. Este joven, que había estado buena parte de la semana invitando vecinos al encuentro con Brandoni llevaba preguntas, pero también una ansiedad difícil de disimular.

—¿Y vos qué pensás hacer con todo eso que escribís? —me preguntó Brandoni una vez que terminó el encuentro, señalando el libro de poesía que tenía en la mano.

Este joven dudó. No estaba acostumbrado a que alguien fuera directo a ese punto. La literatura en general, y la poesía en particular, siempre habían pasado desapercibidas en el ámbito del Comité.

—No sé… supongo que entender lo que pasa. Lo que me pasa a mí de forma instrospectiva, y lo que pasa en mi entorno o en este contexto —respondí, con más dudas que certezas.

Brandoni me miró con una mezcla de paciencia y firmeza. Sonrió levemente y dijo:

—Entender es un buen comienzo —hizo una pausa y emitió un chasquido—. Pero no alcanza. Hay un momento en el que tenés que decidir si te quedás analizando o si te metés. En la política, en la cultura, en lo que sea. Porque si no, otros van a decidir por vos… y no siempre lo hacen mejor. Hay que involucrarse para que las cosas cambien.

El murmullo del Comité seguía, ajeno a esa conversación mínima que, sin embargo, empezaba a pesar.

—Tenés entre 25 y 30 años —continuó—. Eso no es poca cosa. Es el momento donde podés equivocarte, donde podés probar, donde todavía no estás obligado a ser cínico. No te apures a desconfiar de todo. Guardate algo de fe para actuar.

Este joven anotó la frase en algún lugar de su cerebro, y prontamente sintió que ya le pertenecía.

Afuera, el barrio de Caballito seguía en su ritmo irregular, entre la incertidumbre y la costumbre. Pero en esa vereda de la calle Otamendi al 300 algo en mí se había acomodado. Comprendí que la escritura no estaba tan lejos de la política. Que ambas eran, en el fondo, formas de intervenir, de tomar posición, de no dejar que el mundo pase sin decir nada.

Con los años, más de una vez volvería a ese momento con Brandoni como quien vuelve a una escena fundacional. Y entendería que hay encuentros que no cambian el curso de la historia, pero sí el de una vida.

Antes de subirse al Volskwagen Golf blanco que lo esperaba con balizas sobre la calle Avellaneda con el ejemplar de mi primer poemario que le regalé aquel día, Luis Adalberto Brandoni me dejó una última frase, casi como si fuera un consejo que también podría ser tomado como una advertencia:

—No te quedes en la platea. El país ya tiene demasiados espectadores. Si tenés algo para decir, decilo. Si tenés algo que escribir, escribilo. Ante la duda, dale siempre para adelante.

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