sábado 13 de diciembre de 2025
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Beatriz Méndez de Vigo: “La cooperación europea ha pasado a ser una obligación, no una opción”

Por Marc López Plana.

“No suelo conceder entrevistas”, comenta nada más encontrarnos en la cúpula del Hotel Palace de Madrid. España, sostiene, “discute poco de defensa, poco de seguridad y, en consecuencia, poco de inteligencia”. Así arranca mi conversación con Beatriz Méndez de Vigo, quien fue secretaria general del Centre Nacional de Inteligencia (CNI) durante cinco años. Empieza con un diagnóstico de fondo: la falta de de una cultura ciudadana sólida sobre lo que significa la defensa en un país que, a su juicio, no percibe amenazas claras pese a que estas “son reales”.

Méndez de Vigo reivindica el papel del CNI como un servicio “absolutamente acreditado y prestigioso”, formado por “gente normal y corriente, pero que hace cosas extraordinarias”. Recuerda que ningún servicio puede abarcarlo todo y que, en un contexto de amenazas transnacionales, la cooperación internacional ya no es una opción, sino una necesidad.

Esa cooperación, especialmente en Europa, ha evolucionado desde la compartimentación hacia lo que describe como “la obligación de compartir”. Al mismo tiempo, advierte sobre los límites legales y políticos: “Un servicio de inteligencia que decide no es propio de un Estado democrático”. Y cualquier salto hacia un hipotético servicio europeo requeriría primero voluntad política y un marco jurídico claro.

El mayor desafío, sin embargo, está en la tecnología. La ex secretaria general del CNI sostiene que su impacto será “incluso mayor que el de la Revolución Industrial”. Explica que las nuevas herramientas permitirán prever amenazas, pero también multiplican los riesgos: desinformación, ciberataques o usos estratégicos de la inmigración. “Entramos en un mundo donde ya no es necesario un atentado para desestabilizar sociedades”, alerta. Aquí, la conversación íntegra que mantuve con ella.

¿Por qué cree que en otros países se debate más abiertamente sobre cuestiones de inteligencia?

Tenemos que elevar un poco el enfoque. En España se discute poco de defensa, poco de seguridad y, en consecuencia, poco de inteligencia. Aquí no tenemos un concepto de defensa bien asentado. Tampoco existe una cultura ciudadana sólida sobre qué es la defensa, pese a que nos atañe a todos. No somos suficientemente conscientes de su importancia, de cómo nos afecta y de cuánto nos puede perjudicar su ausencia.

Por todo ello, no percibimos una amenaza que nos haga pensar más en cuestiones de seguridad y defensa. Creemos que vivimos en un entorno bastante seguro y no sentimos una amenaza clara y evidente como ocurre en otros países europeos.

¿Y por qué no lo sentimos?

Una cosa es la percepción y otra, la realidad.

En los últimos años, se ha hecho un esfuerzo por concienciar y hacer partícipes a los españoles de lo que significan la defensa y la seguridad, pero necesitamos avanzar mucho más en esa dirección. Las circunstancias históricas y geográficas influyen: no hemos participado en ninguna de las dos últimas grandes contiendas en suelo europeo, lo que contribuye a esa falta de percepción de amenaza, aunque esta sea real.

¿Qué significa ser secretaria general del CNI?

Estuve cinco años en el cargo. El secretario o la secretaria general es la segunda persona de a bordo a todos los efectos y la mano derecha del director del CNI: le sustituyes cuando es necesario y asumes cualquier función que delegue, relacionada con la dirección y la gestión del centro. Además, por estatuto, la/el secretario general es la jefe de todo el personal, una responsabilidad que habitualmente recae en alguien procedente de la propia casa.

Tuve tres antecesoras, una de ellas la actual secretaria de Estado, Esperanza Casteleiro, que fue secretaria general de 2004 a 2008. Primero fue secretaria general y posteriormente el Gobierno la nombró secretaria de Estado y directora del CNI. Ha desarrollado gran parte de su carrera en el centro y, tras un tiempo en otros cargos del Gobierno, ha regresado como secretaria de Estado y directora del centro.

La primera mujer nombrada como secretaria de estado/directora del CNI y que era miembro del centro fue Paz Esteban, antecesora de Casteleiro. 

¿Y qué supuso el nombramiento de una mujer como directora y secretaria de Estado?

No supuso nada especialmente relevante. Tenía que producirse en algún momento. Es importante, sí, porque en otros servicios europeos también había ocurrido, y en el estadounidense igualmente: cuando estuve en China, si no recuerdo mal, acababan de nombrar a la primera directora de la CIA.

Más relevante aún fue que viniera de dentro, que fuera un miembro estatutario del CNI, porque nunca había ocurrido. En todo caso, lo verdaderamente significativo es que sea la persona adecuada y capaz de asumir lo que implica ser secretaria de Estado y directora del CNI: un puesto de grandísima responsabilidad que aborda cuestiones de enorme complejidad y, en muchos casos, de extrema sensibilidad.

¿Qué se encuentra al asumir la secretaría general en relación con otros servicios de inteligencia europeos e internacionales?

Yo llevaba ya más de treinta años trabajando en el centro y había ocupado la dirección de relaciones con otros servicios, así que tenía un conocimiento bastante profundo de lo que hacían y, sobre todo, de sus capacidades. Además, dirigir ese departamento ubicado en el gabinete del director te permite comprender muchas cosas y conocer muy bien qué es el centro y cuáles son sus capacidades.

¿Tenemos un servicio de inteligencia homologable a nivel europeo e internacional?

Mi opinión puede no ser objetiva, pero no por ello deja de ser válida. Para mí fue un orgullo ser secretaria general del CNI. Es un puesto que nunca había soñado alcanzar. El CNI es una carrera de larguísimo recorrido y allí trabaja gente extraordinaria. Había una frase que me gustaba mucho y que nos define muy bien: “somos gente normal, gente corriente, pero hacemos cosas extraordinarias”.

El CNI no solo es homologable: es un servicio absolutamente acreditado, prestigioso y prestigiado por la forma en que desarrolla sus cometidos y, en algunos ámbitos, catalogado de puntero. Pero también quiero subrayar que hoy ningún servicio o agencia de inteligencia puede ser excelente en todo: es materialmente imposible. Hay servicios con capacidades superiores porque tienen más tradición, más experiencia o más recursos, pero ninguno puede abarcarlo todo. Por eso la cooperación es esencial en la inteligencia moderna: las amenazas son transnacionales, no tienen fronteras. Una amenaza puede diseñarse en un sitio, tener la logística en otro y ejecutarse en un tercero.

¿Es fácil la coordinación de información y análisis a nivel europeo?

Sí. Hablamos de intereses comunes y de amenazas compartidas. Nadie puede hacerlo todo en solitario, así que habilitar una cooperación útil y eficaz no resulta demasiado complicado.

Es muy importante, ahora mismo, el camino que se ha transitado. Pasamos de la necesidad de compartimentar —acceder solo a la información imprescindible— a la necesidad de compartir. Y ahora estamos llegando a una tercera fase, sobre todo con otros servicios europeos: la obligación de compartir. 

¿Debería existir una directiva de Inteligencia a nivel europeo?

Desde hace años existe un debate sobre la creación de un servicio de inteligencia europeo. En la UE hay dos informes de referencia en seguridad y defensa que tocan tangencialmente

No hablo tanto de crear un servicio, sino de establecer objetivos de inteligencia a nivel europeo. En España existe una Directiva Nacional de Inteligencia.

En España disponemos de una Directiva Nacional de Inteligencia, sí.

¿Sería bueno habilitar una directiva similar a nivel europeo, aunque no exista un servicio europeo?

¿Pero quién cumpliría los objetivos establecidos? Me parece construir la casa por el tejado. La polémica sobre crear un servicio de inteligencia exclusivo para Bruselas se reaviva cada vez que hay una gran crisis o un gran atentado. En las reuniones al más alto nivel siempre surgen voces pidiendo un servicio europeo.

En primer lugar, existe un problema jurídico no resuelto: el artículo 4.2 del Tratado de Lisboa, que deja la seguridad nacional en manos exclusivas de los Estados. Hay quien cree que eso está superado por la realidad, pero legalmente no lo está. El tratado sigue vigente y nadie ha planteado aún modificarlo. Existen varios problemas que podrían ser solucionables o solventables si existiera una gran determinación política.

En segundo lugar, ya existen instituciones que trabajan en inteligencia en Bruselas. Hay una cooperación fluida y eficaz. El 11S hizo que esa cooperación se agilizara. Existen estructuras formales e informales que trabajan sobre inteligencia.

Hay dos informes de referencia que apenas mencionan la inteligencia, pero sí se centran en seguridad y defensa. El primero es la Brújula Estratégica para la Seguridad y la Defensa (2022), respuesta de la UE a la invasión rusa de Ucrania. Ofrece una visión y orientaciones globales hasta 2030, estructuradas en cuatro pilares: actuar; invertir y optimizar; prevenir amenazas y proteger a la ciudadanía; y trabajar de forma asociativa.

En el terreno práctico, la Brújula establece la Capacidad Única de Análisis de Inteligencia (SIAC), el Centro de Inteligencia y Situación de la UE (INTCEN) y la División de Inteligencia del Estados Mayor de la UE (EUMS INT), las únicas con capacidad de recibir, procesar, evaluar y difundir inteligencia.

El segundo informe es el Informe Niinistö (2024), encargado por la presidenta de la Comisión al expresidente de Finlandia. Se centra en seguridad y defensa, y advierte de nuevos riesgos y amenazas que pueden incluso poner en cuestión el estado de bienestar de los Estados miembros. Pide preparar a la UE para lo que viene: estructuras, protocolos y procedimientos para reaccionar con agilidad ante crisis, no a posteriori. Cuando aborda la inteligencia, reconoce que los Estados no están preparados para un servicio europeo, pero insta a una mayor cooperación en contrainteligencia y contraespionaje y advierte de que las instituciones europeas están siendo también objeto de ataques.

Los Estados, por ahora, han decidido reforzar la cooperación existente, avanzar paso a paso y evitar duplicidades o vulneraciones del marco legal.

¿Y cuál sería su posición sobre cómo debería evolucionar esto?

Voy a decir algo aplicable tanto al ámbito nacional como al de Bruselas: los servicios no deciden. Los servicios de inteligencia asesoran. Un servicio que decide no es propio de un Estado democrático. Si los responsables políticos consideran que la realidad exige un servicio europeo y sienten esa necesidad, lo crearán. Si creen que lo actual funciona, no lo harán. Habrá que ver qué feedback dan los políticos, los receptores de la inteligencia.

La función de asesoramiento del CNI es muy completa porque en España solo hay un servicio nacional, mientras que otros países tienen varios. En España, el CNI cubre inteligencia interior y exterior; incluye el Centro Criptológico Nacional (ciberseguridad) y la Oficina Nacional de Seguridad que es competente para la protección de información clasificada OTAN y UE. La inteligencia estratégica —lo que se trabaja ahora en Bruselas a través del SIA— es útil porque potencia la acción exterior y la política de seguridad y defensa, y reduce las posibilidades de error ante riesgos.

Un aspecto clave de la cooperación es la regla que impide compartir información con un tercero sin el consentimiento del servicio que la aporta.

Dos elementos que creo que hacen evolucionar el mundo de la inteligencia, por un lado está la tecnología. Y dentro del mundo de la tecnología, las fuentes abiertas. 

Es un auténtico desafío para todos, pero también para el CNI. Hay expertos que dicen que esta implementación, esta utilización de las nuevas tecnologías, va a suponer un cambio incluso mayor que el que supuso la Revolución Industrial en su momento y el servicio se va a tener que enfrentar a este desafío. Va a haber un cambio generacional importante y ese cambio generacional probablemente va a impulsar una mayor utilización y mejor y más eficaz conocimiento de la tecnología. 

Las nuevas tecnologías van a poder dar hasta predicciones de perfiles de cómo combatir amenazas. Y luego hay una cosa que va a ocurrir con toda la sociedad, y es que el servicio lo que va a tener es que acometer cómo hacer frente a este desafío, acoplando esas nuevas tecnologías para lo que es el cumplimiento y desarrollo de nuestras actividades, el cumplimiento, por lo tanto, de nuestros objetivos. 

El desafío del CNI va en dos sentido: debe integrar la tecnología en sus capacidades y, a la vez, contrarrestar que otros actores la utilicen para sus amenazas.

Entramos en un mundo donde ya no es necesario un atentado o una acción militar para desestabilizar sociedades.

Hablamos de nuevas amenazas que se suman a las antiguas, que no han desaparecido. La invasión de Ucrania en 2022 lo demuestra: los drones conviven con carros de combate. A las amenazas clásicas se añaden la desinformación, la inmigración y los ataques cibernéticos, entre otras muchas. Los ciberataques no comportan riesgo para quien los ejecuta, no requieren de gran inversión si se compara con otras herramientas y resulta muy difícil la atribución de su autoría. Además, suelen dejar puertas traseras.

Estas nuevas amenazas requieren nuevas capacidades. 

Y ahí volvemos a lo esencial: el centro no actúa por libre. Es el poder político quien determina las prioridades de inteligencia y dota con recursos para que se puedan adquirir nuevas capacidades. Para ello existe la Comisión Delegada del Gobierno para Asuntos de Inteligencia, ahora presidida por la vicepresidenta primera.

El trabajo crecerá. No se puede quedar anclado en amenazas antiguas. Habrá que abordar la desinformación, la inmigración irregular —analizada no desde una dimensión humanitaria (acogida e integración), sino desde la perspectiva de un servicio de inteligencia, es decir, su posible utilización—, y el papel de las mafias que controlan los flujos.

En su época como secretaria general se impulsó la inteligencia económica.

Un servicio de inteligencia obtiene información por medios propios no accesibles a otros organismos. Ese es el núcleo del centro. Y difunde esa inteligencia para prevenir, detectar o neutralizar riesgos o amenazas contra la seguridad nacional. Pero también para defender los intereses nacionales en el interior y en el exterior. Dentro de esa defensa entra la inteligencia económica: situar los intereses económicos nacionales en la mejor posición posible para que el Gobierno decida con ventaja y minimice riesgos. Y en ese terreno hay competencia intensa de otros países.

Publicado en Agenda Pública el 20 de noviembre de 2025.

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