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Opinión 19 09 2020

Autoamnistía de un gobierno de científicos: Crónica de un eterno presente


Autor: Julio César Spota









La solemnidad marca el tono de las comunicaciones públicas al momento de abordar temáticas investidas de alta sensibilidad. En ocasiones el registro protocolar incluso contempla el despliegue escenificado de una plétora de símbolos patrios para engalanar las transmisiones con fervor nacional. El fasto alegórico se practica con ánimo de revestir la emisión de novedades con una pátina de trascendencia laica. Por encima de las controversias historiográficas desatadas en torno a la construcción de las identidades nacionales, al día de hoy, la enseña celeste y blanca, la escultórica de próceres y hasta la conformación de un lenguaje épico, impregna las alocuciones centradas en temas críticos con el matiz y la textura del bronce y el mármol. Cuando no con el áureo fulgor heroico de la epopeya. La cuasi monumentalización del evento informativo unidireccional entablado entre liderazgo político y pueblo soberano, proclama la instalación de un grado de decoro supremo acorde al dramatismo del episodio. Cuando el mensaje guarda relación con la vida y la muerte de los argentinos, la gravedad situacional mociona circunspección y recogimiento. En tales circunstancias la política solapa sus contornos con la sacralidad.

La payasa filomena acompañando a los funcionarios del Ministerio de Salud en la rueda de prensa diaria sobre las cifras de la tragedia, sustancia de manera acabada la mixtura kirchnerista entre gestión y consagración. Magistral muestra de sensibilidad humana, eficacia política y creatividad artística. La decisión de incluir en el reporte matutino de muertes y contagios a una joven disfrazada de bufón, que además coreografió en vivo y en directo a los dignatarios nacionales, sienta las bases de un enfoque epidemiológico que no corta amarras con la saludable virtud terapéutica de la risa. La exteriorización fisiológica de un estado incontenible de humor, la risa, postulará mejoras en el estado de ánimo general. O quizás amenace con precipitar una ola de contagios. ¿De qué depende la inclinación benéfica o perjudicial del divertimento? Del ámbito donde se sustancie el exabrupto de hilaridad. Inquietud que emplaza el dilema del disfrute en un plano de ribetes edilicios: risa en espacios confinados versus risa en entornos abiertos. “Necesitamos realmente jerarquizar las actividades de más riesgo, las actividades en lugares cerrados, por tiempo prolongado, con personas próximas, sin tapabocas, realizando acciones intensas como hablar fuerte, como gritar, como cantar, como reírse...”. Una vez más el Gobierno nacional deslumbra por su consistencia al momento de administrar con destreza cuestiones magnas. En episodios tales, ningún recaudo amenaza con exagerar o desbordar la aceptabilidad de los pruritos y precauciones. La existencia física de los hombres y mujeres que habitan nuestro suelo acaso encarne el tópico de mayor cuidado en la agenda pública. La biología humana políticamente reconvertida en valor ciudadano e interés máximo de la República.

La posible puesta en entredicho de lo existencial amerita el despliegue de la más profunda sobriedad política. Máxime al momento de transmitir novedades sobre los guarismos cotidianos de la tragedia pandémica. Acompañar la matinal actualización del dolor general con payasos y consignas de salubridad prácticas como “no reírse”, invita a reflexionar sobre la lucidez de los encargados de tomar las decisiones político-sanitarias en el contexto de eterno Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO). La prohibición oficialista de manifestar jolgorio, elevar el tono de las declamaciones y demás indicios de jarana recibió incomprensión popular inicial. Desde la Kasa Rosada se suministró una adenda aclaratoria―aunque reiterativa― de los constructivos dichos de Carla Vizzotti: el impedimento sólo rige en ámbitos cerrados. La repetición como recurso instructivo de prosapia conductista, pretendía tornar palmario el vértice del argumento por fuerza de su replicación. Por desgracia, la iterativa luz pavloviana que arroja la nota explicativa no consiguió disipar del todo algunas persistentes opacidades en el razonamiento. ¿Las aglomeraciones en contextos confinados no se encontraban vedadas con anterioridad al momento de penalizar la risa? ¿O la risa en el entorno doméstico favorece la propagación del Covid? En cuyo caso ¿para qué televisan a un payaso? ¿Están induciendo a la audiencia al error de reír en sus hogares o la gente ve televisión junto a sus familias en los espacios públicos? Enigmas…

Si la idea es dar cuenta de las verdaderas exigencias estratégicas de la decisión de condenar la risa al ostracismo, la política necesitaría erradicar cualquier resquicio de chanza de la TV, la radio e internet. Quizás el afamado DNU sobre telecomunicaciones se sancionó con un doble objetivo: asegurar de forma chavista el suministro de esos servicios (y de paso destruir la red de conectividad en menos de dos años por la esperable falta de reinversión), y a la vez reprimir los perniciosos extravíos de la diversión. Pero a menos que el ciberpatrullaje con el que Sabina Fréderic supervisa el humor social incluya la tarea de exorcizar la red de cualquier indicio de humor, para quedar ocupada sólo con la saludable tarea de vigilar a la sociedad, la medida incurriría en un universo de sinsentidos. A menos que, en secreto, la disposición atendiera con obediente sumisión el mandato de una de las grandes máximas peronistas: “El hombre es bueno, pero si se lo vigila es mejor”. Si ese fuera el caso, de rabiosos académicos foucaultianos ―histéricos ante cualquier intromisión del poder en la vida de los individuos―, los kirchneristas pasaron a convertirse en políticos embebidos hasta el absurdo de la claustrofóbica lógica de seguimiento benthamiana.

El monitoreo ministerial de inspiración panóptica practicado por Fréderic en la era de la información, actualiza en versión persecutorio-digital el imperativo tutelar peronista de velar de manera compulsiva por nuestro bienestar. Lo cual, por razones de fuerza mayor, evidenciaría que el respeto estatal por la intimidad de los argentinos entra en contradicción con el manejo solvente de la cosa pública por parte del “Capitán Beto”. Más allá de las conjeturas, la fibra íntima del problema parece estribar en la terca ingratitud ciudadana frente a la generosidad inusitada de una conducción política abnegada en la búsqueda de salvación nacional. ¿Podría ser que el beatífico soporte argumental explícito e implícito de las iniciativas oficiales ―Reforma Judicial incluida― pase inadvertido para una población obstinadamente ciega ante cualquier propuesta de futuro? Acaso el escollo de fondo radique en la presencia de una postura social refractaria a detectar las virtudes de los planteos gubernamentales. Puede que, haciendo caso omiso del llamado del destino, la ciudadanía díscola no esté a la altura de sus gobernantes científicos.

En irónica inversión del adagio popular, el Gobierno no tiene la sociedad que merece. Esa parecería ser la orquestación sintética del perfil de la estrategia de huida interpuesta por el cuarto gobierno K ante el rotundo fracaso de su política sanitaria. El gabinete de sabios liderado por un profesor, y enriquecido en ocasiones con rutilantes apariciones estelares de elementos circenses, buscará eludir toda responsabilidad por el inminente cataclismo humano y socioeconómico merced a una argucia. La jugada describe la ejecución de un tiro a dos bandas, donde conjugar el legado de la “tierra arrasada”, con los estropicios provocados por una pandemia de proporciones bíblicas. En el alegato oficialista la debacle se deberá a la detonación de una sustancia explosiva que contiene partes iguales de herencia forzosa y desgracia fortuita. En pocas palabras: el cuarto kirchnerismo, que volvió mejor que las otras tres veces, aunque logre disimularlo de manera magistral, hizo lo humanamente posible con una situación triplemente desesperada. Porque sumada la aleación de lastre económico de Cambiemos y castigo divino del Covid, el presidente testimonial incluso hubo de luchar con la necia ingratitud de una sociedad pacata en su opulencia capitalina. La injusticia estructural de la conformación histórica del ordenamiento económico, financiero y productivo nacional, se habría trasladado al presente en la irresponsabilidad sanitaria de los pudientes.

El porteñismo cerril en compañía de sus émulos cripto-porteños del interior eligió suicidarse y suicidarnos, cuando desdeñó la prevención erigida por la criteriosa disyuntiva “cuarentena o muerte”. Es lógico que frente a la impiedad unitaria de CABA y de sus genuflexas repetidoras provinciales, la epidemiología oficialista recree con impronta pandémica el lema de Facundo Quiroga, “religión o muerte”. El moderno giro sanitarista de la antítesis del tigre de los llanos declama un inesperado posicionamiento confederal. La oposición binaria de la actualidad, tan irreductible en su formulación como su pretérita versión caudillista, ostenta pleno sentido viral. Sin por ello abandonar un ápice del fervor místico original. Al fin y al cabo, para sus apologistas a ultranza la cuarentena devino en credo. Escudado en la elevación a dogma de fe de la validez absoluta de la ASPO infinita, el oficialismo lucha por desvincularse de una doble calamidad: el confinamiento falló en su propósito de prevenir el contagio y las muertes, y a la vez originó un derrumbe socioeconómico sin precedentes en la historia argentina. El resultado fáctico del falaz dilema “salud o economía” terminó de la peor manera: “ni salud ni economía”. De cara al precipicio, el innato reflejo de supervivencia justicialista autoriza funambulismos exculpatorios. En su frenética búsqueda de expiación, el peronismo recurre de nuevo a una clásica técnica de autoamnistía de entrañable cuño Luderiano.

En primer lugar, la maniobra pretende efectuar una distribución centrífuga de la paternidad de la derrota entre las bases electorales del arco opositor. La diseminación de la responsabilidad del colapso en un colectivo anónimo y políticamente ajeno, acude a resguardar lo que resta de imagen positiva alcanzada por el Capitán Beto en sus momentos de mayor fulgor en las encuestas. Kirchnerizando a Fuenteovejuna valdría decir: “Los culpables fueron todos, Señor”. Todos menos el Gobierno Nacional. En simultáneo a la expansión radial de la culpa emanada desde un centro de inocencia, el argumento saneador pone en acción una operatoria de sentido y dirección inversos a la anterior. Para nuclear en la Kasa Rosada lo rescatable de la tesitura, la maquinaria de propaganda estatal intenta aspirar el caudal de prestigio remanente conforme una racionalidad de fuerza centrípeta. Si el triunfo cae por fuera de lo asequible, al menos capitalicemos la idea del mérito en la adversidad. “El Gobierno hizo lo que pudo, pero la necedad de la oposición terminó por ser insalvable”. Para prosperar, la trama de desvinculaciones necesita la participación de un villano alrededor del cual tejer las oscuras maquinaciones. Allí es donde ingresa la población porteña como antipatriótica encarnación grupal de la falta de solidaridad.

En la preclara visión presidencial existen dos tipos de compatriotas. La distinción sociológica del albertismo segrega entre “los argentinos que queremos al de al lado, [...] los argentinos que no queremos muertes”, y los que al osar disentir -aunque sea con un tímido asomo de vocación constructiva- evidentemente auspician el advenimiento de una hecatombe. Por lo visto la predestinación astrológica del presidente testimonial, vaticinada por Vilma Ibarra, incluye la facultad de discernimiento sobre el alma del pueblo. Frente a la Argentina de los elegidos en su menesterosa existencia de bendita postergación, se levanta una anti-Argentina de réprobos ufanados en su opulencia sacrílega. En lugar de imitar la cristiana piedad matancera, que en su franciscana renuncia a lo mundano prescinde de los oropeles del materialismo ―cloacas, asfalto y servicios básicos incluidos―, CABA vacila con fatuidad sobre el filo de la navaja pandémica. Sólo existe muerte a ambos lados de una senda cuarenténica trazada con la unánime convicción del fanatismo. La salvación aparece al final del estrecho camino de acerado e indiscutible confinamiento. Como tal, la resolución se vislumbra (o adivina, si acaso consultamos a la Secretaría Legal y Técnica de la Nación) envuelta en las nieblas de una lejanía tan incierta como la aparición de la vacuna. Pero ¡arriba los ánimos! Entre los anuncios sobre el destino nacional, el primer mandatario subrogante en Balcarce al 50 colmó de bríos el desánimo argentino: “Con la vacuna hoy tenemos una ventana de esperanza”. Donde está, qué forma tiene y cuando se abrirá el vano en la pared de la historia, es otro cantar.

Predicar ilusión previene el peligro entrañado en bajar emocionalmente los brazos. En la sintonía pandémica, decaimiento espiritual equivale a entreguismo apátrida. Sólo hay que confiar en la potencia preternatural de un plan pensado para permanecer siempre en estado provisional. En dicho cuadro de situación, los porteños, epítome del sinsentido sanitario, inclinaron el fiel de la balanza hacia el costado de la auto-aniquilación generalizada. En consecuencia, el resultado ominoso acarreado por la genialidad de encarcelar al país durante medio año―y contando―, impone su peso como fatalidad perpetrada desde el ignominioso puerto. El irremediable desastre dejado por Cambiemos como bomba con espoleta retardada, el caprichoso giro de la fortuna que trajo la pandemia y, sobre todo, la completa falta de solidaridad popular del 41% de runners destituyentes, destinó a la ruina una planificación “condenada al éxito” (Duhalde dixit). El sentido último de la explicación oficial consiste en deslindar a la dirigencia nacional de toda responsabilidad y sindicar a la ciudadanía opositora como artífice de su propia desgracia. Desastre sectorial amplificado a magnitud de tragedia de todos (la maliciosa cacofonía de la frase con la denominación de la coalición gobernante nace de la más pura casualidad). Sorpresivamente, poner a Argentina de pie terminó por constituir una ordalía política para uno de los dos presidentes Fernández (el menos decisivo). De acuerdo con la más flamante autoapología peronista, algunos connacionales embriagados de vergonzante centralismo e inequitativa desconsideración por el prójimo, prefirieron permanecer de rodillas para así cavar con más ahínco su propia tumba.

La opción por el inicio temprano de la cuarentena suponía una jugada de anticipación luego transmutada en infalible panacea. Con objeto de evitar el advenimiento del escurridizo “pico de contagios”, esa escalofriante cumbre epidemiológica que siempre está por arribar, pero nunca se da cita, el Gobierno puso en marcha un plan maestro construido sobre pilares de la más pura certidumbre: “vamos viendo”. La constante amenaza milenarista “arrepentíos, el pico está por llegar”, agotó las capacidades nacionales de resiliencia con anterioridad al efectivo incremento crítico de los contagios. Más de medio año de cuarentena estricta, una sociedad tan saturada por el encierro como económicamente quebrada (o más empobrecida que hastiada, ¿quién lo sabe?) y un interminable desfile de contradicciones oficialistas describen una receta insólita. Por fortuna, quien es a la vez titular y suplente del Poder Ejecutivo Nacional anotició a la ciudadanía que la cuarentena no existía desde hacía tiempo. “Seguimos hablando de cuarentena sin que en la Argentina exista cuarentena”.

Además de despejar los mesmerismos que engañan la percepción ciudadana, tuvo palabras para subrayar que la rampante recuperación de la vida material trepa con celeridad. “Los negocios están abiertos, la gente circula, la actividad industrial está por encima del 90%”. Magro e imaginario consuelo para los miles de familias que no pudieron velar a sus muertos, las decenas de miles de pymes cerradas, los cientos de miles de puestos de trabajo destruidos, los millones de estudiantes de todos los niveles detenidos en un limbo educativo y los miles de millones de dólares perdidos por el país. La politización de la Salud pública deformó hasta tal punto la política sanitaria que terminó convirtiéndola en militancia cuarenténica. Por concomitancia, la ideologización gubernamental de la estrategia de combate a la pandemia trastocó las antípodas de la estatalidad. Frente a la partidización político-oficialista del aislamiento, los grupos antisistema celebraron quemas de barbijos. Es lógico. Los opuestos suelen comportarse entre sí de forma reactiva. El desquicio ocurrido en la esfera de la alta política nacional terminó por alterar a los grupúsculos anarquistas desquiciados. La cuarentena dogmática encuadra el sentido simbólico de la destrucción ritual de su representación material cotidiana. De manera indefectible, cualquier ortodoxia termina por crear su propia forma de protesta herética. En el choque de extremismos afloran las hogueras…

Los indicios del clima de época distan de ser auspiciosos y la preocupación cala hondo en los tomadores de decisión. Fiel a su tradición, en lugar de resolver problemas, el peronismo inventa culpables. Como válvula de escape ante lo calamitoso de la tesitura, Baradel señaló a Macri como la mente maestra detrás del levantamiento policial. Sin percatarse, el gremialista de la educación pública bonaerense (la expresión representa casi un oxímoron gracias al desempeño del líder sindical conspiranoico) rindió un curioso homenaje al expresidente. Su denuncia le atribuyó la tácita aptitud de orquestar desde el extranjero un movimiento desestabilizador de alcance nacional, provincial y municipal. En el realismo mágico del representante de los maestros de la provincia de Buenos Aires, los uniformados no se habrían movilizado por la genuina disconformidad salarial. Actuaron “agitados por la derecha de Macri y Vidal, responsables del ajuste, los bajos salarios y las pésimas condiciones de trabajo en el Estado [produciendo] un levantamiento ciudadano que no es tal, apoyado por aquelles [sic] que ostentan el poder económico, amplificado por las corporaciones mediáticas”. Sin tomar conciencia de incurrir en una crítica por elevación, las ensoñaciones persecutorias de Baradel devalúan una parte sustantiva de la narrativa peronista.

Demonizar al expresidente como autor de una trapisonda de ribetes golpistas, equivale a sacrificar en el altar de las denuncias lisérgicas un tramo central de los relatos míticos del período de “la resistencia”. En el delirio de Baradel, la versión “complot florentino” de Macri no habría partido del país para reposar a sus anchas en el solaz suizo. En realidad, y con suprema inquina, el Maquiavelo de Barrio Parque ejecutó un veloz repliegue estratégico para, desde la distancia y tras bambalinas, tirar de los hilos del poder fáctico y hacer bailar a las Fuerzas de Seguridad al son de una melodía de interrupción constitucional. Frente al arrollador César Borgia de Los Abrojos, palidece la estampa de Perón refugiado bajo el ala del totalitarismo franquista. Al abrigo de la más ultraderechosa y recalcitrante dictadura de posguerra en Europa occidental, “el viejo” a duras penas lograba digitar desde Puerta de Hierro la díscola conducta de sus elogiadas “formaciones especiales”. Casi seis décadas más tarde, Baradel afirma que en su corta estadía entre chocolates y relojes cucú, Mauricio Bonaparte pergeñó, diseñó e implementó un plan diabólico, con el cual manipular a la policía bonaerense (que es una comunidad de carmelitas descalzas) en un magistral movimiento envolvente. Un deslumbrante embate materializado en el momento más adecuado para asfixiar al gobierno de científicos. En el lúcido razonamiento del dirigente gremial, el gato gil y de vacaciones en Europa devino chacal superdotado, que en su odio cipayo contra Argentina se ceba con la sangre de un país herido.

A propósito de nostalgias insurgentes, la celebración del día del montonero despertó añoranzas por los logros inconclusos de la “juventud maravillosa”. Y a la sazón desató silenciosos vendavales dentro del oficialismo. A medio siglo de la fundación del grupo terrorista, sus otrora miembros publicaron un comunicado donde apuntaron a Raúl Alfonsín como autor de una caza de brujas emprendida en su contra. “Alfonsín prefirió perseguirnos con la teoría de los dos demonios, a la que adhirieron casi todos los partidos, encubriendo sus complicidades con las dictaduras y con la Triple A”. La vocación social-demócrata de signo alfonsinista declamada hasta el paroxismo por nuestro Presidente sin funciones ejecutivas, transita horas aciagas gracias a inminentes controversias entre sus máximos representantes diplomáticos. Sucede que uno de los firmantes de la declaración es Rafael Bielsa, actual embajador en Chile. ¿Cómo habrá caído en la Embajada argentina de Madrid la nota de gentileza montonera dedicada a la memoria del Padre de la Democracia? Impiadosas, las fuerzas de la historia someten al presidente testimonial a un inicuo desgarramiento en lo más íntimo de sus filas. La tensión engendrada entre miembros del Servicio Exterior de la Nación irrumpe justo entre el embajador más alfonsinista de los políticos albertistas, y el más kirchnerista de los funcionarios exmontoneros nombrados en la cúpula de Cancillería. No hay caso. Ni los propios dan consuelo. ¿O sobre todo los propios quitan sosiego?

En un clima enrarecido por protestas policiales dirigidas desde Suiza por un genio del mal, que hasta ayer era epítome de la sandez; contagios masivos y en alza; cantidad de muertes diarias computadas en cifras de tres dígitos y, si hemos de dar pábulo a las denuncias de Súper Berni, tomas de tierras orquestadas por miembros del Gobierno nacional, Lavagna apresta sus fuerzas para acompañar la sanción de la Reforma Judicial invocando un pretendido respeto al pluralismo. La maniobra argumental esgrimida para justificar su enésimo servicio al kirchnerismo, consiste en desplegar una red de aserciones capciosas enhebradas al sólo fin de ofrendar al Gobierno los votos necesarios, sin por ello deslegitimar su hipotética condición opositora. Como distracción inaugural, el titular de la colectora K en 2019 criticó la falta de sentido de oportunidad de una iniciativa de semejante calibre. Más todavía, para enmascarar la toma de posición a favor del oficialismo, en su pronunciamiento no se privó de pontificar contra el inaceptable y “caótico mercado de reparto de posiciones judiciales”, perpetrado entre el oficialismo y los poderes provinciales aliados. Todo embauque comienza con un ardid de apertura donde desconcertar a la víctima del engaño para, a continuación, llevar a cabo la treta central: partiendo de su pretendida catilinaria contra la colusión, y sin mayores sonrojos por la pirueta subsiguiente, Lavagna abrió la puerta a que sus legisladores acompañen la moción kirchnerista. Eso sí, escudando su indisimulable doblez en idílicos principios de respeto a la discrepancia.

Es positivo que tengan posturas propias. Mal ejemplo sería que el sector que en la campaña presidencial de 2019 defendió los consensos forzara posiciones únicas”. Redoblando la apuesta de cinismo hasta alcanzar las máximas cotas de desfachatez, el líder de Consenso (con el Gobierno) Federal, entonó ulteriores loas a la diversidad de opiniones dentro de un armado peronista (segundo oxímoron del texto): “El disenso es un componente esencial de las democracias modernas” y aclaró que la existencia de disparidades en el criterio del interbloque “no deben llamar la atención: responden a realidades provinciales distintas y a orígenes políticos diversos”. Como un todo mendaz, la estratagema de Lavagna concurre a suministrar al oficialismo todo el respaldo legislativo que necesite. Ni más ni menos que el requerido. Sólo lo estrictamente indispensable para alcanzar la media sanción que transforme la Reforma Judicial en ley nacional. El plan consiste en brindar apoyo al oficialismo y, fabulosa paradoja, permanecer como referentes del campo opositor. Todo ello sin dejar caer el velo de la fantochada. ¿Cómo disimular tamaña acción tránsfuga? Anclando su fingida imagen de independencia política en un conveniente acto de democratización partidaria. ¿De qué forma? Dando al César lo que es del César. Pero en la medida justa y necesaria. “La mayoría [de los legisladores de Consenso (con el Gobierno) Federal] ya se ha expedido públicamente en contra” de la Reforma Judicial. ¿Entonces cuántos diputados lavagnistas la acompañarán con su voto? Los pocos que el kirchnerismo solicite ya que, por suerte, con la minoría suponen que bastará.

Ínterin, el Honorable Congreso de la Nación atraviesa jornadas surrealistas. Un Massa de insospechadas tendencias lacanianas sentenció la presencia en ausencia de los legisladores oficialistas y, compensatorio, condenó a la oposición a languidecer en una fantasmagórica ausencia en la presencia. La imagen de Leopoldo Moreau durmiendo el sueño de los justos desde su hogar morigeró el tono del debate. No sea cosa que un sobresalto lo arrancase de los brazos de Morfeo. El desarrollo de la velada contempló discursos enardecidos por parte de espectrales diputados sentados en sus escaños, pero no reflejados en los tableros de contabilización parlamentaria. Que el arco opositor estuviera ubicado físicamente en el recinto, de ninguna manera movió a Massa a desconocer la legitimidad doméstica de los legisladores apoltronados en sus casas. Los claroscuros procedimentales de la situación obedecen a su excepcionalidad. El vencimiento del consenso transitorio acordado para sesionar a distancia por un período acotado, devino doctrina de extensión plástica en la mente del presidente de la Cámara baja. Un actor político conocido por su innegociable ortodoxia marxista, la de Groucho: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.

Sin titubear y haciendo gala de la determinación que lo caracteriza, ante el peligro de empobrecimiento institucional el presidente testimonial reforzó la posición de su espada legislativa. Sibilino como veterano jurista, afirmó públicamente que la Cámara de Diputados no había sesionado, sin aclarar si se refería a los diputados ausentes de cuerpo presente o a los presentes en su intangible versión telemática. La aseveración, sin duda de manera intencional, desconcertó a todo el arco político. Pero, sobre todo, descolocó al sector oficialista. Nadie estaba preparado para semejante muestra de sapiencia oracular (tal vez Vilma Ibarra, sí, pero para ella el porvenir no esconde secretos). La consiguiente clarificación corrió por cuenta de presurosos voceros oficiales. Los diligentes pregoneros confirmaron ―empobreciendo la superabundancia significativa del mensaje original―, que el adjunto de la Vicepresidente (con E) en funciones ejecutivas permanentes quiso decir que sí había habido sesiones. Pero que los diputados de cuerpo presente se encontraban ausentes a nivel administrativo. Mientras que los parlamentarios ―dormidos o despiertos― que permanecieron en sus domicilios, representaban acabadamente al pueblo de la Nación argentina honrando el artículo 22 de la Constitución Nacional. Las glosas de los oficiosos adláteres fueron enunciadas a costa de pauperizar el vasto repertorio de saberes congregados en las palabras del profesor de Derecho. Lamentablemente, lograr la democratización de sus ideas en ocasiones exige empequeñecer el alcance de sus ocurrencias. A causa de un sádico bemol del destino, obtener la popularización de sus sofisticaciones intelectuales presume el pago de un canon cruel. En aras de masivizarse, sus enunciados corren con el vulgar costo de la banalización.

En semejante clima de efervescencia político-intelectual el presidente testimonial dio muestras de su proverbial aptitud docente al desgranar lo principal de un tema: disertó sobre Ford en una planta de Peugeot. En uso del acendrado magisterio que lo identifica, su olfato pedagógico lo asistió en la tarea esclarecedora de descubrir patrones entre acontecimientos. Se ve que la cotidiana tramitación de los asuntos político-estatales no obsta para que, desde lo más elevado del empíreo de las ideas, señale conexiones entre sucesos donde el resto de los mortales detecta meras particularidades. Cuando no simple caos ininteligible. En el marco de una actividad de Peugeot, la historia de Ford cristalizó su histórica vocación didáctica. Pero caballero como es, evitó la descortesía de dar cauce intempestivo a la digresión instructiva y pidió un permiso retórico para cubrir de elogios a la competencia de los anfitriones. Licencia expositiva que, por otro lado, nadie osaría denegarle a un presidente. Inclusive a uno testimonial. Empero, el detalle lo distingue una vez más como gentilhombre a carta cabal. En el mismo sentido de quien revela conversaciones privadas con otro presidente de la Nación, para endilgarle al interlocutor la indemostrable autoría de afirmaciones tan inhumanas como inverosímiles. ¿Alberto se sindicalizó en sus delaciones o Baradel se albertizó en sus acusaciones? Quién sabe… Tampoco importa demasiado. Al fin y al cabo, los sindicatos son la columna vertebral del movimiento. Un factor de orden simbiótico presente al interior del peronismo sobre el que regresaremos de inmediato.

Volviendo al originalísimo cruce temático entre automotrices, conviene destacar que la chispa de genialidad permitió el esbozo de una instantánea teórica de alcance global. “Ese es el capitalismo bueno. Al que debemos apuntar”. Deslumbrados por el despliegue de erudición, y sin duda compungidos por no saber a ciencia si su propia compañía reviste en las filas de los capitalistas admirables liderados por Ford, los directivos de Peugeot trasuntaban pasmo en sus atentas miradas de forzados estudiantes accidentales. Un gesto en todo similar al de los argentinos de a pie que, estólidos, asisten al derrumbe generalizado del país. Ocurre que pocos, casi nadie, llegan a comprender la sapiente profundidad de los misteriosos designios pronunciados por una entidad simbiótica de impronta sin igual. La promesa argentina de institucionalismo, moderación y dialoguismo, asoma en la aparición de una imprevista criatura bicéfala y hermafrodita que encarna el sumun de la radicalización: “Alberto-Cristina: frentetodismo al palo”. Albricias. Donde asumíamos la presencia de una voz estridente como expresión de un pensamiento subordinado, en rigor habitan dos inteligencias y ninguna idea útil.

El ensimismamiento hasta la indistinción de lo que en campaña se perfiló como diferente y complementario, está fatalmente destinado a correr con la suerte de lo transitorio. En la secuencia siamesa de denominación dual, la ensoñación dialéctica del presidente testimonial consiste en trasponer la presente condición híbrida, armonizar las pulsiones contradictorias entre centrismo y extremismo que anidan al interior del Frente de Todos y, para regocijo de Hegel, alcanzar la unidad de los opuestos en una síntesis superadora neo-nestorista capaz de concluir con la historia (de la grieta). Cual coleóptero en vísperas de eclosión, nadie sugiere que la asociación corra el más mínimo peligro de explotar, la anómala etapa bifronte depara una evanescente instancia intermedia y liminal. El sino de la entidad momentánea ―una suerte de Jano en quien, casualmente, los rostros también miran en direcciones opuestas― consiste en sentar las bases para la recreación de la vida y milagros del añorado fundador de la dinastía K. En perspectiva, el futuro del presidente testimonial consiste en retornar a un pasado dorado que, por su naturaleza mítica, siempre fue y será mejor. Habrá que ver lo que opina al respecto la otra testa...

No obstante lo cual, y descartando de plano cualquier germen de trifulca al interior del doble comando peronista (tercer y último oxímoron del escrito), lo único que falta para materializar el anhelo nostálgico es que alguien repita el monstruoso ajuste ejecutado por Remes Lenicov y que la soja mágicamente vuelva a cotizar en Chicago a 650 dólares la tonelada. Detalles nimios. Por lo demás, las condiciones son casi idénticas a las de 2002. O sea, en la Argentina de 2020 faltan los dos motivos reales detrás del pretendido éxito económico que Lavagna impúdicamente se adjudica, y sobran problemas de envergadura suficiente como para devolvernos al desastre de principios del milenio. En esta simpática composición de lugar, si la redundante fusión de Fernández-Fernández aspira a alumbrar un segundo Néstor ¿estamos en condiciones de columbrar un atisbo de futuro? Para colmar, aunque sea en parte, la deseada tarea prospectiva caben dos alternativas: 1) preguntarle a Vilma Ibarra qué nos depararán los astros y aguardar la nueva carta astral del ‘Néstor Fernández redivivo’; o 2) recordar las palabras de Marx (no las del norte ético-político de Massa; las del otro): “La historia ocurre dos veces. La primera como una gran tragedia. La segunda como una miserable farsa”.