La civilización es la larga marcha de los hechos al derecho, es frase memorable de ALBERDI, allá por 1852, un año antes de nuestra CONSTITUCIÓN NACIONAL, como una advertencia de que no basta con una norma para desarrollar un país. También de que no hay atajos, varitas mágicas ni ábrete sésamos; todo se reduce a instituciones.
Difícil explicar algo tan inasible, que define la cultura política de una Nación. Sirva para graficarlo el arte: una de las primeras expresiones acabadas fue la de los egipcios, con el bajo relieve. No hay fondo ni forma en esos murales, todo se expresa en un mismo plano. Lejos de ser algo simple, esa conjunción en figuras que parecen primitivas expresa una cosmovisión de la unidad de esa civilización, que deja muchas lecciones: el fondo y la forma son igual de importantes, desde respetar la división de poderes hasta el uso medido de la palabra desde el poder. Pero hay algo más: lo que une el fondo y la forma es el contorno, esas líneas casi etéreas que le dan apoyo, sostén.
El contorno son las instituciones, que establecen el marco de actuación para el ejercicio del poder. Dentro vale todo, fuera nada. Las revoluciones, por regla efímeras luego del entusiasmo inicial, significan no entender que los verdaderos cambios pueden y deben ocurrir dentro del marco. Otra vez, como en el arte, se puede jugar con la perspectiva, con el color, con el volumen, con las líneas; pero siempre dentro del marco. Hacerlo fuera puede ser estrafalario y llamar la atención en principio, pero termina en la irrelevancia del olvido, sea en arte o en política, desde MAQUIAVELO hasta hoy.
Independientemente del resultado electoral de las elecciones legislativas venideras, toca pensar lo que viene el día después. Partiendo de la necesidad de preservar el mayor aporte transformativo de estos últimos años: la reinstauración de viejos conceptos, con arraigo constitucional, que tienen que ver con la salud fiscal del Estado principalmente. Pero entendiendo que no es suficiente; más, que ahora viene el esfuerzo mayor que va a requerir un nuevo marco normativo para el país, desde lo impositivo hasta lo laboral. Dentro del espacio que establecen las instituciones, destacando el diálogo (que no implica renunciar a las convicciones, al contrario).
Y hay algo más. No se trata de repetir recetas perimidas. Hay varios ejemplos en el mundo, de los que se puede tomar lo bueno. Dos ilustrativos: el gobierno de ESTADOS UNIDOS sortea la judicialización (y medidas cautelares) en las primeras instancias de sus decisiones más polémicas, acelerando los procesos a la Corte Suprema. Esto es especialmente importante para el proceso de desregulación del Estado. Otra: bajan el precio de los medicamentos con acuerdos directos con los laboratorios, que se obligan a vender al menor valor, establecido con referencia a la cláusula de nación más favorecida, todo en una plataforma digital gubernamental.
Pasada la coyuntura de las elecciones, puede ser muy alentador lo que viene en la ARGENTINA. Las instituciones no solo fijan límites; siempre dan nuevas oportunidades. Con la Constitución en la mano, siempre.








