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Opinión 11 12 2021

Argentinos frente al espejo alemán


Autor: Maximiliano Gregorio-Cernadas









Según el célebre cuento “Blancanieves” de los hermanos alemanes Grimm, cuando una reina malvada interrogaba a su espejo acerca de quién era la mejor del mundo, este le respondía con la más implacable franqueza. 

El fin de la “era Merkel” interpela a los que continuamos creyendo que un país extraordinario como Argentina merece observarse a sí misma en el inapelable espejo de una gran potencia mundial, como es Alemania, y no en los engañosos espejitos de colores con que los dictadores caribeños encandilan a sus víctimas.

Durante mis catorce años de destinos diplomáticos en diversas ciudades alemanas  (Bonn en dos ocasiones, Düsseldorf y Berlín), incluso desde antes de la caída del Muro de Berlín, pude conocer a varios de sus más conspicuos dirigentes, como el Presidente Johannes Rau, los primeros ministros Helmut Kohl y Gerhard Schröder, al “arquitecto de la reunificación de Alemania” Hans-Dietrich Genscher, al popular alcalde de Berlín Klaus Wowereit, a varios dirigentes del Partido Liberal y a Angela Merkel, cuyo alejamiento político brinda una oportunidad para asomarnos a aquel inexorable espejo alemán y reflexionar acerca de cuáles son las cualidades de estos dirigentes que han hecho de Alemania lo que es, y contrastarlos con nuestra propia experiencia. 

Allí resultaría inverosímil que los políticos siquiera intentasen candidatearse con tamaños prontuarios delictivos como los que aquí se exhiben sin reparos. Recuerdo a un ministro alemán que debió renunciar envuelto en un escándalo nacional por haber aceptado como obsequio un pasaje privado para un corto vuelo.

En Alemania no podría alcanzarse el poder y luego hacer y decir totalmente lo opuesto a lo que se sostuvo durante años, sin costo alguno, como han hecho aquí varios presidentes, pues no resistirían el peso de la condena pública, por no hablar del de sus propias conciencias.

Los líderes alemanes lucen pergaminos, cumplen cursus honorum y, entre ellos, no cualquier aventurero puede ocupar altos cargos. Recuerdo a un político alemán al que se le truncó su prometedora carrera política cuando se le descubrió que había plagiado algunos párrafos de su tesis doctoral.

Aquellos políticos tienen aspiraciones mundiales para su país y el roce internacional necesario para alcanzarlos, no crían familias enteras dedicadas a sucederse entre sí en el poder, no se asocian con notorios delincuentes ni se enriquecen de modo obsceno.

En cambio, nosotros reincidimos con políticos parroquiales, cuyo horizonte acaba en sus pequeños feudos, desdeñan al mundo, no dejan familiar sin cargo público, se rodean de personajes de avería y se enriquecen a escalas faraónicas.

Finalmente, hace a la cuestión de un modo sutil, que buena parte de los líderes alemanes cultivan intereses privados que revelan su personalidad. Por ejemplo, Helmut Schmidt fue un eximio pianista que hasta grabó con la Deutsche Grammophon y a Genscher lo conocí como comprometido Presidente de la Fundación de Amigos de la Staatsoper de Berlín (la de nuestro compatriota Daniel Barenboim) que integrábamos con mi esposa.

A Merkel y a su marido solíamos verlos desde hace años en la “Grüne Hügel” (“la colina verde”), como se denomina al sitio de la ópera del Festival de Bayreuth, la exclusiva meca de los wagnerianos del mundo, donde se requiere de años para obtener entradas, las butacas son deliberadamente incómodas, y las obras son de una extenuante extensión y complejidad, por lo que está reservada a genuinos melómanos. 

Resultaría patético profundizar en un parangón detallado al estilo de Plutarco y sus célebres “Vidas paralelas”, entre aquellos líderes alemanes y los argentinos, pues nuestra desventaja técnica, espiritual y moral sería tan lamentable como las imposturas de nuestros líderes cuando afirman que la pobreza es mayor en Alemania que en Argentina.

Sin embargo, merece reflexionase al respecto, porque ese contraste explica buena parte de los desencuentros y fracasos de nuestra historia.

Conozco a los alemanes y sé que no portan nada distinto en su sangre. De hecho, escogieron vivir prolongados y siniestros tiempos bajo el nazismo y el comunismo, y han padecido en su era democrática resonados casos de corrupción.

Sin embargo, decidieron y lograron acabar con aquel pasado y, como en cualquier parte del mundo civilizado, sus casos de corrupción constituyen excepciones y no reglas y, si se los descubre, no se los premia con Embajadas.

Los cientistas sociales se dividen entre quienes sostienen que el curso de los sucesos depende de las estructuras socioeconómicas, los que lo atribuyen a las instituciones y los que ponderan la influencia de personalidades esclarecidas.

A mi modo de ver, no debería descartarse la incidencia de ninguno de estos factores, lo cual no quita reconocer que existen escenarios en los que la ausencia de instituciones sólidas y de personalidades descollantes, las estructuras se enseñorean más fácilmente del discurrir de los eventos, así como éstas aminoran su poder cuando deben enfrentar a instituciones vigorosas o a actores excepcionalmente dotados. 

Acaso el secreto de la Alemania moderna consista en haberse logrado reconstruir sobre la base de instituciones sólidas, y en haber escogido desde Adenauer hasta Merkel, entre muy diversas opciones, a personalidades tan lúcidas como respetuosas de aquellas instituciones democráticas.

Mientras Merkel ansiaba derribar el muro que otros de sus compatriotas habían construido en Berlín, la mayoría de los argentinos ha consagrado en varias ocasiones a políticos que proponen reeditar los criterios que erigieron aquella Cortina de Hierro, o alaban a aquellos países donde todavía persiste. Merkel padeció en carne propia al mismo muro que nuestros simuladores de izquierda aseguran gratuitamente añorar desde Puerto Madero o Miami. En la física o en la química cuántica con que se formó Merkel, no hay margen para semejantes oscuridades dialécticas.

En cambio, nuestras instituciones, con escasas excepciones, se han convertido en trofeos para los caprichosos juegos de los líderes más pobres técnica y moralmente de nuestra historia, lo cual termina dejándonos a merced de las estructuras.

En consecuencia, las claves para definir nuestro futuro radican en reconocer, por un lado, que somos principalmente los votantes argentinos los responsables de observarnos al espejo en busca de las verdades que expliquen nuestros fracasos y, por el otro, escoger espejos fidedignos y no retrovisores que apunten a pasados artificiosos, ni esos espejos deformantes de los parques de diversiones, que entretienen pero engañan.

Publicado en El Economista el 8 de diciembre de 2021.