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Argentina no necesita las distopías de Thiel sino la simplicidad de Estonia

 

El gobierno presentó el Gemelo Digital Social: una base centralizada que integrará en un solo sistema los datos personales de millones de argentinos. La sospecha es que la operará Palantir, la empresa de Peter Thiel. Estonia, en cambio, digitalizó el 99% de su Estado sin construir un repositorio central y sin ceder soberanía a empresas extranjeras. Solo una de las dos arquitecturas es compatible con la república.

Frente a un Estado que no funciona, hay dos respuestas posibles. La primera es construir un Estado paralelo. La segunda es reparar el que existe. Argentina, en las últimas semanas, eligió la primera. Conviene examinar lo que propuso, y lo que omitió.

El 22 de mayo de 2026, el Ministerio de Capital Humano anunció el Gemelo Digital Social. Conviene ordenar los hechos.

  1. Un gemelo digital, en su definición técnica, es una réplica virtual de un sistema real construida a partir de datos, que permite simular su comportamiento. Se aplica en infraestructura, salud o industria.
  2. El Gemelo Digital Social aplica ese concepto al conjunto de la población argentina. Su objetivo declarado es integrar en una única base unificada información hoy dispersa en distintos organismos del Estado y en el sector privado, para “simular, anticipar y optimizar” políticas públicas.
  3. La presentación oficial no detalla qué datos se integran, qué organismos los aportan, qué empresa los procesa, ni qué controles parlamentarios o judiciales rigen su funcionamiento.
  4. Diputados de distintos bloques presentaron pedidos de informes para conocer esos detalles. Hasta hoy, el Poder Ejecutivo no respondió.
  5. Diversos reportes indican que la operación técnica del sistema sería contratada a Palantir, la empresa estadounidense fundada por Peter Thiel. El propio Thiel escribió en 2009, en una publicación del Cato Institute: “ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”.
  6. Si la operación recae en una empresa con sede en Estados Unidos, los datos de millones de argentinos quedarían sujetos a la jurisdicción estadounidense. La Foreign Intelligence Surveillance Act (FISA) autoriza al gobierno de ese país a requerir acceso a esos datos por motivos de inteligencia exterior. La CLOUD Act, sancionada en 2018, obliga a las empresas estadounidenses a entregar los datos que controlan, sin importar dónde estén almacenados.
  7. La Ley 25.326 de Protección de los Datos Personales, sancionada por el Congreso argentino en el año 2000, exige consentimiento informado para la cesión de datos personales a terceros, y restringe su transferencia a países sin nivel adecuado de protección.

El proyecto que se presenta como modernización del Estado argentino tiene tres rasgos que conviene aislar. Concentra datos personales de millones de ciudadanos en una base unificada bajo control del Poder Ejecutivo. Externaliza su procesamiento a una empresa extranjera vinculada a un inversor que declaró por escrito su rechazo a la democracia. Y omite las garantías que la propia legislación argentina exige desde hace veinticinco años.

No es modernización. Es vigilancia masiva tercerizada.

Estonia eligió el camino contrario. Conviene hacer lo mismo con los hechos.

  1. Estonia recuperó su independencia en 1991. No tenía dinero, no tenía industria, no tenía Estado moderno.
  2. En 1996 lanzó el programa Tiger Leap: una computadora con internet en cada aula del país.
  3. En 2000 sancionó la Ley de Firma Digital. Argentina sancionó la Ley 25.506, equivalente, en noviembre de 2001.
  4. En 2001 puso en operación X-Road. Conviene detenerse en lo que es. X-Road no es una base de datos central. Es una capa técnica que permite a las bases descentralizadas del Estado intercambiar información, con autenticación criptográfica, registro permanente de cada consulta y consentimiento del ciudadano cuando corresponde. Ningún organismo concentra los datos. El ciudadano puede ver, en cualquier momento, quién consultó su información y por qué.
  5. En 2002 Estonia hizo obligatoria la tarjeta de identidad electrónica.
  6. En 2005 fue el primer país del mundo en realizar una elección municipal con voto vinculante por internet.
  7. Hoy el 99% de los servicios públicos están online las 24 horas. Registrar una empresa lleva 15 minutos. La firma digital ahorra a cada ciudadano cinco días hábiles por año, y al Estado el 2% del PBI anual.
  8. El Reglamento eIDAS de la Unión Europea reconoce la firma digital estonia en los veintisiete Estados miembros.
  9. Estonia hospeda el Centro de Excelencia en Ciberdefensa Cooperativa de la OTAN.

La diferencia entre los dos modelos no es de grado. Es de arquitectura. Estonia hizo lo opuesto a lo que propone el Gemelo Digital: descentralizó los datos en vez de concentrarlos; entregó al ciudadano el control sobre quién accede a su información; sometió todo el sistema a la jurisdicción europea, sin externalizar el procesamiento a empresas con sede fuera del bloque. Y, sobre todo, lo hizo aplicando la ley común, dentro del control parlamentario.

Argentina sancionó la Ley 25.326 en 2000 y la Ley 25.506 en 2001. Veinticuatro años después, los argentinos siguen pidiendo turnos, llevando fotocopias y certificando firmas ante escribano. La modernización pendiente es la de los servicios cotidianos. Lo que se ofrece, en cambio, es un sistema de vigilancia centralizado, opaco y operado desde el extranjero.

No es una contradicción. Es un orden de prioridades. La modernización que reduciría la burocracia para el ciudadano exige aplicar leyes ya sancionadas y construir infraestructura pública dentro del Estado. La que prefiere el gobierno actual concentra poder informativo, externaliza su procesamiento y elude las garantías existentes.

Tres medidas concretas alcanzarían para empezar a invertir esa lógica.

— Una capa nacional de interoperabilidad, de arquitectura descentralizada, equivalente a X-Road, que comunique los registros de los tres niveles del Estado sin construir una base unificada.

— Una identidad digital obligatoria con validez legal idéntica al DNI físico, accesible desde el teléfono, con registro auditable de cada consulta y trazabilidad para el ciudadano.

— Una ley específica que prohíba la externalización del procesamiento de datos personales a empresas sujetas a jurisdicciones que admitan acceso extraterritorial sin orden judicial argentina.

Ninguna requiere reforma constitucional. Las tres caben en el marco normativo vigente, en particular en la Ley 25.326.

Argentina puede elegir entre dos caminos. El primero se llama república: aplicar la ley común, con rigor, para todos, y construir el Estado digital dentro del marco de garantías que el Congreso sancionó hace veinticinco años. El segundo se llama vigilancia: concentrar los datos, opacar los contratos, tercerizar la soberanía.

La modernización del Estado argentino no requiere distopías. Requiere algo más difícil: aplicar lo que la ley ya dice.

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