martes 20 de enero de 2026
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Arendt y Schmitt en Berlín, 1933

En un café de Berlín a principios de 1933, Hannah Arendt y Carl Schmitt se sientan a conversar. El ambiente es tenso, reflejando la inestabilidad política del momento con el reciente ascenso de Hitler al poder. Schmitt, que ya se había alineado con el partido nazi, mostraba una actitud calma y confiada. Arendt, que era judía, transmitía una sensación de urgencia y preocupación.

Hablaban sobre la situación política en Alemania. Schmitt argumentaba que la República de Weimar era débil y que se necesitaba un líder fuerte para unificar el país. Defendía la idea de que la ley es una herramienta al servicio del gobernante y que, en tiempos excepcionales, el líder tiene el poder de decidir por encima de la ley.

Arendt expresaba su profunda preocupación por esta visión, argumentando que la política verdadera se basa en la discusión y la participación de muchos, no en la imposición de una sola voluntad. Para ella, la ley era fundamental para proteger a las personas del poder arbitrario y del terror.

Schmitt insistía en que los tiempos eran difíciles y que el pueblo alemán demandaba orden. Sugería que la fuerza era necesaria para restaurar la grandeza de Alemania, considerando que ese era el destino del país. Arendt se oponía vehementemente a esta postura, calificándola como la muerte de la política y una traición a los principios de justicia y humanidad. Al final de la conversación, Arendt terminó de decidir que no podía quedarse en un país donde el estado de derecho estaba desapareciendo y anuncia su partida de Alemania.

Este encuentro entre los dos filósofos alemanes, él 44 años, ella 26, obviamente, nunca se produjo. Es una recreación imaginaria facilitada por la IA. Acaso pudieron cruzarse en algún ámbito académico en aquellos días crepusculares de la República del Weimar.

Como recuerda Santiago Kovadloff en un texto reciente publicado en La Nación (https://www.lanacion.com.ar/ideas/hannah-arendt-la-insistencia-totalitaria-que-niega-a-la-politica-nid29112025/), en 1924, Hannah se había convertido a los dieciocho años en una discípula dilecta de Martin Heidegger. En 1933, Heidegger se sumaba a los hechizados por la llegada de Hitler al poder y se convierte en rector de la Universidad de Friburgo.

En su Hannah Arendt. Una biografía intelectual (2025, Anagrama) Thomas Meyer y en Síndrome 1933 (Gatopardo, 2024), Siegmund Ginzberg describen muy bien el clima que se vivía: a mediados de 1932 no podía pasarse por alto el hecho de que la primera democracia alemana se tambaleaba y se dirigía a su final. La única cuestión que restaba saber era qué forma de gobierno seguiría al orden democrático. Hannah es detenida en julio del 33 por la Gestapo y llevada a Berlín. Liberada días después marcha a un exilio definitivo.

Con Schmitt habitaban mundos incompatibles e inconciliables. Arendt (1906-1975) sufrió la persecución y se vio obligada a huir de Alemania, primero a París y luego a Estados Unidos, donde desarrolló su carrera. Schmitt (1888-1983) fue un jurista prominente del régimen nazi y transcurrió toda su larga vida en la ciudad de Plettenberg, Alemania.

Sin embargo, puede decirse que estos dos grandes pensadores e intelectuales de la filosofía política occidental del siglo XX, vieron -y reflexionaron sobre- el mismo fenómeno, en el mismo instante decisivo, la erosión y caída de una democracia que engendró el ascenso de un régimen totalitario.

En un sentido, fue un “momento schmittiano”, una situación crítica o de crisis extrema en la que el orden legal o constitucional existente se suspende, y la soberanía se ejerce mediante una decisión política fundamental que trasciende las normas establecidas y se pone por encima de ellas.

En otro sentido, fue un “momento arendtiano”, una encrucijada en la que se juega la posibilidad de una acción política colectiva y libre en un espacio público, capaz de crear un nuevo comienzo o renovar el mundo compartido. Para ella, la política en su sentido primigenio no nace del poder soberano ni de la violencia sino de la acción concertada entre iguales y del reconocimiento de la pluralidad como condición de la vida pública.

Aquella coincidencia espacio-temporal de Schmitt y Arendt, en aquel momento crucial de Berlín en1933, podría servir en nuestros días para advertir lo que está en juego cuando hablamos de “erosión”, “crisis” o “fracaso” de la democracia y qué hacemos para enaltecer o depredar su ejercicio concreto. Más allá de las patéticas puestas en escena o exabruptos que nos dejan atrapados en la polarización amigo-enemigo y nos alejan de una práctica de la amistad política. Por eso -entre otras cosas- es que, a 50 años de la muerte de Hannah Arendt, la lectura de sus obras adquiere una candente e inquietante actualidad.

Publicado en Clarín el 6 de diciembre de 2025.

Link https://www.clarin.com/opinion/arendt-schmitt-berlin-1933_0_txvsgPKGV0.html

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