La política británica tiene una extraña capacidad para acelerar el tiempo. Durante semanas, la pregunta en Westminster era cuánto desgaste más podía soportar Keir Starmer. Hoy la pregunta ya es otra: ¿quién viene después?
Y una de las respuestas más plausibles es Andy Burnham. Hace apenas unos años, el alcalde del Gran Manchester parecía haberse autoexcluido de la carrera nacional. Después de dos intentos fallidos de liderar el Partido Laborista, había construido una poderosa plataforma política regional y muchos le veían como un “gobernador del norte” más que como un futuro primer ministro.
Pero las crisis políticas tienen la capacidad de reordenarlo todo. Si Starmer abandona Downing Street, Burnham podría encontrarse de repente en la posición más fuerte de toda su carrera política. No porque represente una ruptura ideológica radical con el actual primer ministro. Tampoco porque encarne un regreso al viejo laborismo. Su fuerza reside en algo más profundo: la sensación cada vez más extendida de que el Reino Unido ha entrado en una nueva fase política, la fase posterior al Brexit, y que necesita dirigentes capaces de responder a problemas distintos de los que dominaron la última década.
Porque, en realidad, la historia política británica de los últimos diez años puede resumirse como una larga búsqueda de respuestas a una pregunta equivocada. El Brexit se presentó como un proyecto de renovación nacional. La salida de la Unión Europea debía liberar al Reino Unido de restricciones regulatorias, permitirle firmar acuerdos comerciales más ambiciosos y abrir un nuevo horizonte de prosperidad global bajo la bandera de la “Global Britain”.
Diez años después del referéndum, el balance es mucho más ambiguo. El informe Brexit, Ten Years On, publicado por el think-tank Global Trade Policy Observatory, constituye probablemente la evaluación más rigurosa realizada hasta la fecha sobre los resultados de aquella estrategia. Sus conclusiones son incómodas tanto para los defensores del Brexit como para quienes creyeron que la salida de la UE transformaría rápidamente la posición económica del Reino Unido.
Es cierto que Londres ha conseguido reconstruir buena parte de su red de acuerdos comerciales y ha firmado nuevos tratados con Australia, Nueva Zelanda e India. También ha logrado incorporarse al Acuerdo Integral y Progresista de Asociación Transpacífica.
Pero los beneficios económicos han resultado extraordinariamente modestos. Según las propias estimaciones del Gobierno británico recogidas en el informe, el acuerdo con Australia aumentará el PIB británico apenas un 0,08 % a largo plazo. El de Nueva Zelanda, un 0,03 %. Incluso el acuerdo con India, presentado como una de las grandes victorias estratégicas del Reino Unido post-Brexit, apenas produciría una mejora del 0,13 %.
Más llamativa aún resulta la evolución de la geografía comercial británica. El gran objetivo de Global Britain era reducir la dependencia económica de Europa y reorientar progresivamente el comercio hacia las economías de mayor crecimiento del Indo-Pacífico. Sin embargo, en 2024 la Unión Europea seguía representando aproximadamente el 41 % de las exportaciones británicas y cerca de la mitad de las importaciones del país.
Antes del Brexit, las cifras eran extraordinariamente parecidas. Después de una década de batallas políticas, negociaciones interminables y enormes costes institucionales, la estructura fundamental de la economía británica continúa siendo esencialmente europea. La geografía y las cadenas de valor construidas durante medio siglo de integración han demostrado ser más poderosas que cualquier eslogan político.
Paradójicamente, el informe muestra además que el Brexit produjo un efecto contrario al imaginado por muchos de sus partidarios. La Unión Europea no quedó paralizada frente a una Gran Bretaña supuestamente más dinámica y ágil. Al contrario. Bruselas aceleró su política comercial, cerró nuevos acuerdos con India, Australia, Indonesia o Mercosur y reforzó sus instrumentos de defensa económica. En determinadas negociaciones, la UE obtuvo incluso condiciones más favorables que las conseguidas por Londres. El tamaño del mercado sigue siendo una fuente de poder.
Y precisamente ahí aparece la oportunidad política de Andy Burnham. Durante años, Burnham ha insistido en que el problema central del Reino Unido nunca fue Bruselas. Era la desigualdad territorial. Era la extraordinaria concentración de riqueza, inversión y poder político en Londres. Era el abandono económico de amplias zonas del norte y de las Midlands.
En otras palabras, Burnham lleva tiempo sosteniendo que el Brexit identificó correctamente el malestar de una parte del país, pero se equivocó profundamente en el diagnóstico y en las soluciones. Las ciudades que votaron masivamente por abandonar la Unión Europea siguen enfrentándose hoy a los mismos problemas de productividad, vivienda, infraestructuras y servicios públicos que sufrían en 2016. En cierto sentido, la gran promesa del Brexit no fracasó porque el Reino Unido careciera de autonomía política. Fracasó porque las causas del descontento británico eran, sobre todo, domésticas.
Eso convierte a Burnham en un dirigente adaptado al momento político actual. Puede hablar a los votantes del Brexit sin despreciar sus motivaciones. Puede defender relaciones más pragmáticas con la Unión Europea sin reabrir las guerras culturales de la última década. Y puede articular un proyecto económico basado en la reindustrialización, la inversión regional y la descentralización política.
Quizá más importante aún: puede disputar directamente el terreno político de Nigel Farage. La principal amenaza para el laborismo no procede hoy de un Partido Conservador todavía en reconstrucción. Procede de Farage y de su capacidad para seguir capitalizando la frustración de las regiones que sienten que nada ha cambiado.
Burnham ofrece una respuesta alternativa. Un patriotismo económico de carácter territorial más que identitario. Una idea de renovación nacional que no se basa en recuperar soberanía frente a Bruselas, sino en redistribuir oportunidades dentro del propio Reino Unido.
Por eso, la conversación sobre la sucesión de Starmer será mucho más que un debate sobre nombres. Será un debate sobre la naturaleza de la próxima etapa británica. La era del Brexit está terminando. La pregunta que comienza a imponerse es otra: cómo reconstruir un país que descubrió que abandonar la Unión Europea no bastaba para resolver sus problemas más profundos.
Pocos políticos parecen tan preparados como Andy Burnham para intentar responder a esa pregunta. Y precisamente por eso, en el día en que podría terminar el liderazgo de Keir Starmer, merece la pena prestar atención al alcalde de Manchester.
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