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Opinión 13 03 2021

Alfonsín y la Ciencia Política


Autor: Liliana De Riz









En el marco de la Cátedra Libre "Democracia y Estado de Derecho "Dr. Raúl R. Alfonsín", y para la conferencia Investigar a Alfonsín, la profesora Liliana De Riz disertó sobre la relación entre el expresidente y la disciplina. 

Agradecemos el permiso para transcribir sus palabras.

Agradezco la invitación. Es para mi gran honor participar de este encuentro que evoca a Raúl Alfonsín. Cuando se vuelve la mirada hacia el proyecto y hacia la acción política de este protagonista principal de la transición democrática en nuestro país y, cuando este ejercicio es hecho con la perspectiva que da el paso del tiempo ya transcurridas cuatro décadas, su figura crece. Raúl Alfonsín nos devolvió la esperanza y nos señaló la necesidad de la tolerancia para convivir en paz, libertad y democracia. Cuando hay esperanzas en el futuro y hay tolerancia, no hay lugar para los populismos del color que fueren.

Avanzo de entrada esta idea que entiendo es central para comprender la envergadura de la contribución hecha por Alfonsín a la sociedad argentina, al Derecho, a la teoría y a la ciencia política.

Raúl Alfonsín corrió la frontera de lo posible con la fuerza de su coraje cívico y la responsabilidad de su liderazgo, un liderazgo que supo convencer y enamorar a la mayoría de los argentinos, despertar la razón y la emoción, y hacerlo en el difícil ejercicio democrático y bajo las condiciones internas y externas más adversas imaginables. La transición llegó con la crisis de la deuda y nos encontró aislados del mundo. Su liderazgo fue un liderazgo de reforma y de convergencia que supo interpretar y dar forma al estado de ánimo de la sociedad

Los tiempos de la abundancia son un formidable instrumento para consolidar liderazgos, Alfonsín tuvo que actuar en una economía destruida, tuvo que resistir asonadas militares y paros sindicales, y no faltó el ataque de una guerrilla rezagada; tuvo que lidiar con la hiperinflación, y tramitar su renuncia anticipada, pagó el costo político, pero hubo alternancia. Hasta entonces, la alternancia era una utopía.

Dicho esto, quiero señalar algunos aspectos que hacen a la singularidad de su legado, y en particular, destacar que las reformas político-institucionales, muchas plasmadas en la Constitución de 1994 fueron un laboratorio político. Esas reformas, las proyectadas en el Consejo de la Consolidación de la Democracia y las finalmente incorporadas a la Constitución del 1994, encarnaron sus valores y sus ideas y también su juicio práctico: desde el semipresidencialismo como forma de gobierno que terminó acordado como un presidencialismo atenuado, la elección directa del presidente, la reducción del mandato a cuatro años, el ballotaje (pieza clave para anudar coaliciones hoy que la fragmentación de los partidos hace necesarias y pueden ser un recurso valioso para enfrentar los peligros del autoritarismo), la jerarquía constitucional de los partidos políticos (para Alfonsín, los protagonistas principales del pluralismo, aunque no únicos pues la civilidad era el nuevo actor al que supo dar vida. La revisión del federalismo, clave de bóveda del sistema político argentino, también estuvo en la agenda de entonces.

Supo inspirar un ánimo reformista y encontrar los procedimientos para lograr los fines que proponía: ése es el rol de la ciencia política atenta a perfeccionar las instituciones de la democracia porque las democracias son perfectibles.

Democracia participativa, modernización, solidaridad fueron sus metas... todo un programa inspirado en la socialdemocracia al estilo europeo, pero bajo las condiciones más adversas imaginables.

Alfred Stepan, Norberto Bobbio o Robert Dahl fueron, entre otros maestros prestigiosos, invitados a participar en el diálogo en el ámbito del Consejo para la Consolidación de la Democracia. Ese diálogo que contó con la clarividencia de Carlos Nino y que ayudó a dar forma a las ideas de Raúl Alfonsín.

Para de los de mi generación, Raúl Alfonsín dio sentido al regreso tras el tiempo del exilio. Los ochenta fue un tiempo en que las ideas orientaban la política y los intelectuales encontraban su lugar abandonando una tradición antiestatalista para incorporarse a la experiencia alfonsinista.

Sorprende mirado desde el presente. Alfonsín se relacionó con los intelectuales y no era esa la tradición del peronismo. Y la novedadasesoraban sobre políticas concretas. Alfonsín estaba en el mundo, atento a sus cambios y a las ideas de su tiempo. Supo armar un gabinete más allá del tronco partidario convencido de la necesidad de incorporar a quienes podían hacerlo mejor. Creía en una política de valores porque política y moral no podían disociarse en el Estado Legítimo. Despreciaba la política de trueque de favores e intereses, que alimentan aún hoy la corrupción sistémica que padecemos.

Lo encontré en México en ocasión de un viaje que hizo hacia mediados de los años setenta con Germán López, y me sorprendió su inteligencia, sus muchas lecturas, las preguntas que se hacía y las respuestas que daba... era una rara avis. Lo reencontré poco después en París y allí tuvo una incesante actividad de contacto con los principales líderes de entonces... ya Jorge Sabato decía de él cuando era asiduo concurrente a seminarios del CISEA, “llegará a presidente...”.

Cuando en 1996 me tocó comentar su libro Democracia y Consenso, presentado en el emblemático Paraninfo de Santa Fe, subrayé la importancia de sus memorias ya que nos dan la posibilidad de conocer cómo vivió los hechos y por qué tomó las decisiones que tomó. Raymond Aron aconsejaba ponerse en el lugar de los que gobiernan y preguntarse qué hubiera hecho yo. Alfonsín nos cuenta cómo y porqué hizo lo que hizo y ese es el rol precioso de sus memorias, conocer cómo el protagonista central vivió los hechos. También señalé entonces que él fue el depositario de las esperanzas y las frustraciones de los argentinos. “Con la democracia se come, se cura, se educa”, proclamaba y ése era su ideal. Las esperanzas incumplidas de la democracia realmente existente, las que siempre lamentó Bobbio, fueron las frustraciones de los argentinos depositadas en su persona. Pero Raúl Alfonsín supo interpretar el clima de ideas de su tiempo: la esperanza democrática más allá de las dificultades, nos llevaría a buen puerto. Había una luz al final del túnel. El futuro no era pura amenaza. Su legado alcanza a nuestro países vecinos. Ricardo Lagos reconoce cuánto le debe la transición chilena al proyecto y a la acción de Raúl Alfonsín

Democracia o dictadura era la antinomia que reorganizó el arco político de entonces: “Muchos no saben lo que es vivir bajo el imperio de la constitución y la ley, pero sí saben qué es vivir fuera del marco de la constitución y la ley”, decía Raúl Alfonsín. Y la democracia se fue instalando en la práctica, desde voto, las movilizaciones de los ciudadanos, el uso del espacio público.

La democracia no es la panacea, sin los militares había que iniciar el trabajoso ejercicio para lograrlo, pero la democracia es reformista, es perfectible, es un modo de vida que se nutre de metas a lograr y peligros a conculcar. Alfonsín recogía la visión de Tocqueville sobre la democracia.

Sin embargo, fue su política de derechos humanos, la que más caracterizó la ruptura con el pasado de impunidad. Valorada en todo el mundo, hubo aquí un presidente que decidió negarla y decirnos que nada había sido hecho hasta su llegada... comenzó entonces un tiempo de mentiras.

Una consideración final: tengo para mí que los argentinos hemos contraído una enorme deuda con Raúl Alfonsín porque más allá de consideraciones puntuales, nos devolvió la esperanza, la convivencia republicana, pluralista y fundada en los derechos humanos

Y para concluir, una consideración personal: fue para mí un político excepcional que me ayudó a tener esperanzas y a saber que siempre es posible correr la frontera de lo posible con el poder de la libertad y el coraje cívico. Siempre es útil recordar, como decía Raúl Alfonsín, para que la memoria no se olvide.