Alejandro fue muchas cosas. Creo que él hubiera querido ser nombrado en primer término como director de teatro. Aunque también dramaturgo, actor, productor, gestor cultural, licenciado en comunicación social, cineasta y les aseguro que esta enumeración no tendrá fin.
Dejo la de maestro aparte. Alejandro me enseñó teatro y me convocaba a sus obras. Es, era (como cuesta escribir los verbos en pasado) un tipo que sabía trabajar con los que no pensábamos del todo como él.
Y como no se puede ser padre en pasado, porque padre se seguirá siendo aunque ya no estemos más, Alejandro es padre. Por eso escribo estas líneas con respeto y dolor para una persona que fue muy significativa en mi vida y que ha ido marcando estos tumultuosos cuarenta últimos años de nuestras vidas. Para intentar dibujar una sonrisa en este momento aciago, recordando anécdotas y vivencias que nos mantendrán vivos.
Hay que imaginar a dos jóvenes en los ochenta salir subrepticiamente de una casa de la calle Hortiguera, de noche, intentando que nadie los vea y cargando un televisor “grande” de unas veinte pulgadas, porque habíamos programado un ciclo de cine debate en el auditorio del Parque Chacabuco, y Ale había ofrecido “tomar prestada” la tele sin que se enteren sus viejos.
Llenar ese auditorio con cuatrocientas personas ávidas de ver imágenes en esa pequeña pantalla y llevar ahí hacedores de máximo prestigio para charlar con nosotros.
Haber realizado un corto en súper 8 (googleen jóvenes) desde el punto de vista de un adolescente que intentaba comprender los crímenes de la dictadura, sentirse interpelado por la historia y abrazar sueños de cambio desde el arte y la cultura.
Y de aquellos ochentas es inevitable pasar por la incorporación de Alejando al staff de docentes de teatro del Rojas y de tanta gente que pasó por nuestros talleres.
Cómo olvidar “La Gran Obra del Mundo” en la que Ale ponía en el escenario del Parque Chacabuco un centenar de actores de 12 a 87 años para desplegar con efectos cinematográficos una obra pretenciosa, grandilocuente y donde los protagonistas éramos todos, incluso el público.
Los recuerdos se precipitan más de forma cortazariana que cronológica. Se dice que hay dos formas de medir el tiempo: una es precisamente la cronológica pero la otra nos habla del “Kairós” o la “epojé”. Se trata del tiempo agradable, del tiempo rico, del compartir y aprender lúdicamente con los amigos. Recuerdo haber ido con mis hijas pequeñas a una casa que Ale habitaba por los pasajes de Flores Sur y recuerdo también el VHS de Harry Potter devuelto tantos años más tarde. Tantas cenas agradables. El retrato de Alfonsín presidiendo las reuniones familiares.
Alejandro era hasta el momento Director General de Educación Artística de la Ciudad de Buenos Aires. No sé cómo era como funcionario. Como amigo era leal y no tenía porqué ser condescendiente. Como creador era apasionado y rompedor de esquemas. Solo deseo para mi sociedad que los funcionarios, sobre todo los de Cultura, tengan un recorrido, apasionamiento y una trayectoria que se acerque al menos a la de Alejandro Casavalle.
Gracias por invitarme a participar de “Rajemos, Marqués, Rajemos” tu primer infantil con el que llenamos todos los domingos de nuestro auditorio del Adán del Parque Chacabuco.
Te vi en tus últimas obras, “Moje Holka, Moje Holka” en El Extranjero y hace poco con “Adolescencia”. Nunca dejaste de crear. Siempre era volvernos a encontrar y que todo estuviera vigente. Y como no nos alimentamos del pan del pasado, todo presente era una proyección, y siempre estábamos hablando de nuevos proyectos, que siempre estarán orientándonos hacia el futuro.
A los que venimos de la orfandad del mundo, siempre encontramos una familia que se nos presta y nos acoge. Eso me pasó fuerte con tu familia, Alejandro y siempre te lo quise agradecer, como tantas otras cosas que no puedo seguir escribiendo porque se humedece la mirada.
Te llamé y te escribí hace pocos días. No quería esperar otro 7 de mayo para saludarte por tu cumpleaños.
Hasta siempre Alejandro Casavalle.








