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Opinión 08 08 2020

Alberto por Alberto


Autor: Sabrina Ajmechet y Damián Arabia









“En política, nada es más importante que la palabra empeñada”, dijo Alberto Fernández hace unos pocos días. Una reflexión que, si bien no tiene nada de original, cobra un sentido particular en una persona que muestra poder opinar una cosa y también su exacto contrario. 

“Cristina va a dejar su gobierno habiendo hecho dictar dos leyes para protegerse penalmente de dos delitos cometidos: el primero el encubrimiento a Boudou, estatizando a Ciccone; y el segundo el encubrimiento al haber hecho aprobar por Ley el tratado con Irán”.  

El opositor que supo ser pasó al olvido para convertirse en candidato a presidente ungido. Alberto acusó a Cristina de cometer delitos y legislar para cubrirse, dos acciones moralmente condenables. Esto es importante de remarcar porque no hay político que resista un archivo y nadie se sorprende cuando un dirigente cambia de opinión sobre alguna cuestión aislada o concreta. Pero una cosa es cambiar de opinión porque, en el medio, se transitó una experiencia y se llevó a cabo un aprendizaje que hace que aquello que se pensaba en primer término se vea transformado y otra cosa muy diferente es haber condenado moralmente a una persona y luego decidir gobernar junto a ella.  

Alberto eligió olvidar a Alberto. En un país que tiene una sólida tradición refundacional, lo que hace Alberto es refundarse a sí mismo. Mediante este mecanismo elimina su historia y se permite hacer y decir en presente, como si él no hubiera existido antes y como si nosotros no lo hubiéramos escuchado. 

Pero, al mismo tiempo que hace esto, es el propio Alberto Fernández el que nos dice que en política no hay nada más importante que la palabra. ¿Cómo hacemos para creerle a quien marca el valor de la palabra si, permanentemente, demuestra que sus palabras previas deben ser olvidadas para poder creer en sus palabras actuales?  

Alfredo Leuco recuperó recientemente declaraciones de Fernández del 9 de julio de 2016 sobre la conformación de la Corte Suprema: “La corte tiene cinco miembros y debe tener cinco miembros y el resto es toda una fantasía impulsada por una idea teórica de Zaffaroni que decía que había que dividir la Corte en salas; no es así la lógica constitucional: la Corte debe tener cinco miembros y debe funcionar con cinco miembros”. ¿Qué hacemos con estas palabras empeñadas, sin mediar explicación alguna, impulsa una reforma judicial que promueve una ampliación de la Corte?  

Una posibilidad es la de no darle valor, la de asumir que dice una cosa y luego otra y ninguna tiene real sentido o compromiso con una realidad que supere al momento inmediato en el que se enuncian. “El nuestro es un tiempo de palabras devaluadas” escribió Santiago Kovadloff hace poco. En parte culpaba a quienes, dentro de la dirigencia política, las usan irresponsablemente y terminan luego generando su descrédito social. La consecuencia es que las personas dejan de confiar en las palabras y, voluntaria o involuntariamente, la democracia se lastima. Aceptar esto nos llevaría a no analizar las palabras de Fernández, a resignarnos ante el hecho de que no tienen ningún valor. Pero adoptemos otra actitud, tomemos la decisión de reflexionar sobre sus palabras, las que en el pasado empeñó y las que está empeñando en el presente, ¿logramos descifrar un sentido?  

Los sentidos se construyen con tiempo y con un piso mínimo de coherencia. Las palabras y las acciones nos van mostrando cómo son las personas. ¿Qué interpretamos de quien afirmó con la misma seguridad que a Nisman lo mataron y luego dijo que todo el episodio fue una cama para perjudicar a Cristina? ¿Cómo sabemos qué quiere quien por la mañana habla de cerrar la grieta y unir a todos los argentinos y por la noche insulta desde su twitter a periodistas opositores?  

En el mundo antiguo, en el que no solo las acciones pasadas de la persona sino incluso su linaje y la memoria de sus ancestros dotaban a cada uno de sentido, existía un castigo: la damnatiomemoriae, que consistía en condenar a alguien al olvido. Era uno de los peores castigos y fue, por ejemplo, lo que hizo Tutmosis III cuando borró todo recuerdo de su predecesora Hatshepsut, la ex reina faraona. Alberto aplica esta condena de la memoria sobre él mismo, ocupándose de borrar a su versión pasada.  

El problema de esta operación es que lo vuelve peligrosamente imprevisible. La Argentina necesita gobernantes que aporten confianza, orden y claridad. En esta forma en la que elige gobernar, Alberto se transforma en un Dr. Jekyl y Mr. Hyde contemporáneo: mientras nos habla el profesor de las filminas durante el día, por la noche deja salir al tuitero que llama miserables a los empresarios. Cada mañana Alberto se inventa a sí mismo y cada noche se vuelve a reinventar en sentido contrario, borrando su versión previa. Su permanente contorneo lo convierte en imposible de describir y, si decide insistir en este juego, su trascendencia corre peligro, ya que es muy difícil que se recuerde a alguien que nunca se conoció.

Publicado en Perfil el 8 de agosto de 2020.

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