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Opinión 03 05 2021

Alberto Fernández deja de tropezar con Horacio Rodríguez Larreta y vuelve a chocar con Cristina Kirchner


Autor: Marcos Novaro









Por suerte, cada tanto el Presidente mira las encuestas, y toma debida nota, aunque sea un poco tarde, de límites que nunca debió haber ignorado. Le sucedió la última semana con las idas y vueltas en torno a las clases presenciales en la ciudad y el “AMBA”.

Como no logró que los jueces le dieran la razón, los gremios no consiguieron con sus huelgas cerrar por las malas las escuelas porteñas, y los datos sobre la evolución de los contagios tampoco probaron que mantenerlas abiertas estuviera complicando la contención del virus en la ciudad, pero mientras tanto lo que sí empeoró y mucho fue su imagen pública, Alberto no tuvo otra que ceder ante la resistencia que le planteó el jefe de gobierno, y aceptar que siguieran las aulas abiertas en la ciudad autónoma.

Solo le quedó disimular un poco que arriaba sus banderas. Para lo cual hay que decir que su ex amigo Horacio le dio una mano: el viernes HRL anunció algunas nuevas restricciones, sobre todo para el transporte y la construcción, pero también para los colegios secundarios. En verdad lo del régimen “bimodal” que se anunció para ese nivel de escolaridad suena un poco a cuento: queda a discreción de las autoridades de cada colegio cuántas clases presenciales y cuántas virtuales va a haber a partir de ahora y hasta el 21 de mayo, así que es bastante improbable que las actividades se restrinjan mucho; los padres y también los propios alumnos van a poner el grito en el cielo si directivos de escuelas públicas o privadas pretenden ahora hacerle caso al Gobierno nacional, y vuelven a la educación a distancia, que casi ninguno de ellos quiere.

Más motivos para pensar que la fórmula “bimodal” fue una mano tendida por el jefe de gobierno porteño, para que la moderación que mostró el Presidente al hablar en la mañana de ese viernes no cayera en saco roto. Y se repararan al menos un poco los puentes de diálogo entre ambos. Algo que les conviene, porque la pandemia continúa, y va a seguir dándoles muchos dolores de cabeza, que solo pueden empeorar si entre ellos no hay aunque sea una mínima coordinación.

Alberto tuvo otro motivo, además de las encuestas, para retroceder sobre sus pasos en esta pelea: y es que mientras tanto le había estallado otra, y con graves ramificaciones, en su patio trasero: el subsecretario de Energía, Federico Basualdo, que desde siempre ha respondido al Instituto Patria más que a sus superiores en la gestión, y venía resistiendo la decisión del ministro Guzmán de aplicar al menos algunos aumentos a tarifas de su sector, saturó la paciencia de los involucrados en esa turbia puja, además del propio Guzmán, el jefe de Gabinete Cafiero. Así que estos dos convencieron al Presidente de que había que pedirle la renuncia. Cosa que hicieron, pero sin suerte, porque Basualdo, señalado por incompetente para gestionar una esperada segmentación de los cuadros tarifarios que nunca se concretó, resultó ser además un completo cabezadura con vocación de okupa: se negó a renunciar y pretendió seguir como si nada.

Las cosas ya venían mal para la gestión de Guzmán, pero con esta rebelión abierta en el gallinero se complicaron del todo. Y es obvio que los involucrados, todos ellos, pagarán un costo por el despelote. Pero será mayor para quien tenga finalmente que ceder.

En estas horas, a sabiendas de eso, todos están buscando una fórmula para disimularlo. Lo que podía implicar darle otro destino, tal vez hasta uno de lujo, al simpático Basualdo (embajadas ya van quedando pocas, porque Alberto abusó de ellas para enviar a amigos caídos en desgracia), o bien convencer al jefe de Hacienda de que acepte la permanencia en el cargo del retobado, a cambio de algún gesto teatral de subordinación de su parte. Que Basualdo diga, por ejemplo, que lo admira mucho y le encanta cómo viene tranquilizando la economía.

Como sea, es claro que el pobre Alberto no tiene ni tendrá respiro. Apenas cierra un poco la puerta a un despiole, se le desata otro. Y ya no puede confiar en nadie, ni siquiera en él mismo: es curioso que, conociendo el material humano con el que trabaja, no previera que iba a haber problemas cuando diera luz verde a Cafiero y Guzmán en su pretensión, algo tardía, y como era de imaginar mal barajada, de ensayar un contundente gesto de autoridad.

La conclusión para la próxima vez es clara: si vas a intentar lo que no sabés hacer, conviene que lo pienses con más cuidado, porque de taquito no te va a salir bien.

Publicado en www.tn.com.ar el 2 de mayo de 2021.