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Adrián Ramos, economista radical

Es bastante habitual que las muertes hagan más buenas a las personas. Recordamos a los seres queridos y cercanos con sus luces y sin sombras. Pero en este caso es difícil imaginar un equilibrio ideal alejado de la bondad que otorga la muerte porque Adrián Ramos era un ser humano buenísimo. Un ejemplo de ser de luz. El punto de equilibrio es su brillo bondadoso.

La bondad de Adrián se componía, e iba acompañada, por generosidad con su tiempo, por lo agradable que hacía las conversaciones y los intercambios, por cómo se esforzaba para que todos se sientan bien en el momento que compartían con él.

Además Adrián era, como Osvaldo Álvarez Guerrero sugería que debíamos ser, un idealista pragmático.

Fue un ejemplo de las posibilidades de progreso de la sociedad argentina y de su educación pública, gratuita, laica y de guardapolvo blanco. Creció en Caballito, en la zona de San Juan y Boedo. Se formó, desde el jardín hasta el posgrado, en la educación pública argentina. Su papá tenía un puesto de verduras en el Mercado del Progreso, en Primera Junta, donde termina (o empieza) la línea A el subte. La otra punta del subte es la de la casa rosada y el Ministerio de Economía. En un viejo Ford Falcon Adrián acompañaba a su papá a proveerse al mercado central. Fue uno de los mejores promedios de su camada en la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini. Sus padres peronistas se hicieron radicales, con él, en la primavera de Alfonsín. Fue digital de la primera hora, apasionado de las computadoras y de los primeros video juegos.

En el pelle empezó su militancia radical, en la Franja Morada. En el barrio y en el colegio hizo todo acompañado por su amigo -nuestro amigo- Gonzalo Berra, otro entusiasmado de la militancia y la tecnología. En las conversaciones entre ambos surgió la empresa Netizen.

Riguroso, de formación académica sólida, producción intelectual relevante, inserción internacional, compromiso político concreto. Sin plumas, ni celos, ni zancadillas, ni intrigas. En una era de celebrities, Adrián fue otro tipo de influencer: sin cámaras, sin focos que lo apunten, con la palabra, con el ejemplo de su sencillez, su formación y sus convicciones.

Adrián se graduó en económicas de la UBA, hizo una maestría acá y otra en la London School of Economics. Tuvo una sólida carrera como investigador y docente. Fue profesor de Estructura Económica Argentina, subdirector del Instituto Interdisciplinario de Economía Política. Secretario de Investigación de la Facultad de Ciencias Económicas. La producción académica de Adrián se centró en temas clave del desarrollo económico argentino como la estructura productiva, la inversión, la industria y la restricción externa. Académicamente trabajó, entre otros, con Juan Sourrouille, Daniel Heymann, Bernardo Kosacoff, Matías Kulfas, Pablo Gerchunoff, Roberto Bisang, Oscar Cetrángolo y Andrés López. Realizó trabajos para organismos internacionales como la CEPAL, el BID y el PNUD.

Según quienes trabajaron con él, su principal inquietud intelectual era la historia económica, en diálogo con la historia en un sentido más amplio. Pero quizá uno de sus rasgos más distintivos era menos frecuente: una notable agudeza para pensar y opinar sobre problemas muy diversos, combinando rigor analítico con una mirada amplia.

Fue un economista formado en la tradición estructuralista, con una mirada neodesarrollista, alejada tanto del economicismo de mercado como del intervencionismo improvisado y sin fin. Su preocupación central combinaba el equilibrio macroeconómico con el desarrollo productivo y el bienestar social.

En el límite difuso entre economista y político tuvo un diálogo habitual y una relación fluida y de confianza con personas como Juan Vital Sourrouille y Rodolfo Terragno. Con Juan Sourrouille tuvo una relación de maestro-tutor. Una vez por semana Sourrouille lo recibía en su casa para analizar temas de la coyuntura económica y política. Le servía café, escuchaba con atención, pensaban juntos, invitaban a otros a penar. Escribieron un libro que nunca terminaron. Con Terragno, además de haberlo acompañado como candidato, fue colaborador para preparar aquellos famosos debates con Cavallo. Adrián se compró su primer traje para estos debates.

Esta confluencia de economía y política fue más intensa con Jesús Rodríguez. Adrián y Gonzalo Berra lo conocieron en el baño del Colegio Pellegrini, cuando ellos militaban en la Franja y Jesús era Presidente de la Juventud Radical. Desde entonces cultivaron una amistad profunda, con militancia en el barrio y análisis económicos.

Adrián encabezó los equipos económicos de la candidatura presidencial de Ricardo Alfonsín en 2010-2011, fue candidato a Diputado Nacional por UNEN en la Ciudad de Buenos Aires y fue central en los equipos de políticas públicas de Ernesto Sanz en 2014-2015. En ambas campañas decir que fue relevante en economía es quedarse corto: Adrián sumó en todos los equipos de políticas públicas ligadas al desarrollo. El lugar que ocupó en las campañas no le impidió mantener un diálogo fluído con referentes de los otros espacios internos en cada proceso político. Más que no le impidió: forzó tener ese diálogo. Forzó y me ayudó también a mí a tenerlo. Lo tuvimos juntos. Compartimos el poner entre los primeros lugares de importancia la necesidad de la unidad estratégica partidaria, el debilitamiento de los faccionalismos, el sentido de pertenencia y de norte político para todos.

Conocí a Adrián mediante rumores. Primero en la Franja de Económicas. Fuera de la militancia el primero que me lo nombro fue Roberto Bisang: “ustedes los radicales tienen un economista muy sólido que deberían mostrar más”. Era Adrián Ramos. Luego Leandro Haberfeld: “es crack”, me dijo, “un economista brillante de nuestra generación”. Eso fue a medidos del 2009. Desde ahí, y por esos años, tuve la suerte de tenerlo cerca muchas veces, en los equipos de políticas públicas de la UCR de las campañas del 2011 y 2015, y durante mi gestión como Secretario en ciencia y tecnología. Adrián fue coautor de informes estratégicos muy sólidos y útiles en temas de políticas espaciales y de la economía del litio. Aún siendo crítico al gobierno de Cambiemos, con ideas y argumentos apoyó la coalición de principio a fin, y aportó presencia, opiniones y argumentos en debates cada vez que hizo falta.

Su espalda política era la propia de un remador: en las campañas y fuera de ellas estaba para armar, para empujar, para estimular, para aportar ideas. No fue un técnico puro ni un político liviano. Era un político integral. Obrero, maestro mayor de obra y arquitecto. Las campañas políticas son horas de auto, horas de ruta, en salones y en comités con público de todo tipo, para hablar frente a quince o frente a mil, para escuchar. En el caso de él, también, para tener conversaciones con empresarios, líderes gremiales, economistas y expertos de primer nivel. Adrián estaba para todo. Camisa azul o blanca, zapatos marrones, pantalón azul o gris. Con su cuerpo de basquetbolista flaco y desgarbado. Sonriente, pero sin anestesia para las críticas o los aportes que tienen que ser duros.

En el 2010 Adrián fue víctima de la crueldad de la intervención kirchnerista al INDEC. En una reunión técnica entre representantes del INDEC y un consejo asesor de la UBA -Adrián Ramos, Andrés López, Saúl Keifman, Daniel Heymann y el Decano Alberto Barbieri-, la titular del INDEC, Ana María Edwin, preguntó por qué no estaba presente Ramos. Le informaron que había sido recién operado de su problema oncológico. Edwin contestó: “el que las hace las paga”. La reunión se terminó. La crueldad no se agotó en ese comentario: por esta confrontación, y por su rigurosidad técnica en sus posiciones respecto a la manipulación de los datos del INDEC, Adrián recibió amenazas y perdió trabajos en lugares destacados.

La etapa final de su vida fue de muchas dificultades motrices, de dolor físico y de sufrimiento por lo irreversible de su cuadro de salud. Estaba, además, desesperado con el gobierno de Milei. No podía creer que esas políticas y ese desprecio por la convivencia democrática podrían suceder.

Adrián fue, hasta su último respiro el viernes 10 de abril de 2026 a la mañana, un economista y un político a contrapelo de esta época. No fue oportunista. No fue genuflexo. Fue independiente, autónomo y valiente. Nunca insultó ni fue agresivo. Tenía una sólida formación técnica. Opinaba cuando era oportuno y lo hacía con profundidad. No priorizó ni el llamado de atención ni el efecto inmediato. No reducía problemas complejos a consignas, ni dividía todo entre buenos y malos. Toleraba los matices y convocaba, y era convocado, a debates técnicos generosos y amplios. Tenía en su cabeza una visión de país.

Su ausencia nos deja gratitud por su paso por nuestras vidas. Nos mejoró a todos. También dolor, tristeza, frustración. Adrián era joven, muy querido, y amigo de muchos de nosotros. Nos queda un espacio difícil de llenar: el de un político y economista formado, comprometido, equilibrado, sin vedetismo, con claridad en cuál es nuestra causa y por qué y por quiénes luchamos, y con ideas para encarar los grandes desafíos de nuestra época.

 

 

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