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Opinión 13 01 2021

Aborto, religión y la apropiación del “ser nacional”


Autor: Loris Zanatta









El Senado aprobó la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Ha pasado mucha agua por debajo de los puentes desde que se ventiló la cuestión. ¿Quién recuerda el asunto Baseotto? ¿Los días en que el Estado y la Iglesia casi rompieron relaciones? Mauricio Macri también se quemó con el hierro candente del aborto. No es de extrañar: en la Argentina, como en otros lugares, es un tema que divide conciencias y familias, partidos y provincias. Solo un gobierno peronista podría llegar al fondo: las armas de la Iglesia disparan con balas de fogueo contra el partido de la “nación católica”.

No me ocuparé de los complejos aspectos morales y prácticos del asunto: repetiría argumentos gastados. Por lo que vale, no me gusta el aborto, pero aprecio la ley. En mi mundo ideal, la prevención y la responsabilidad sancionarían su desaparición. Pero como en el mundo real existe y siempre ha existido, creo que regularlo sea más sabio que reprimirlo, o de mirar a otro lado. La experiencia europea me reconforta: ahora es mejor que antes, las mujeres no mueren, los abortos disminuyen, la ley es mejor que el “salvaje oeste”. En cambio, quiero hablar sobre la relación entre la Iglesia y la democracia, un nervio descubierto en la historia argentina.

Contra la ley, la Iglesia ha alzado su voz, como ha sucedido siempre que se aprobaron leyes similares. Es su derecho, merece respeto. Como lo merecen los creyentes desgarrados en su conciencia. Pero las razones éticas son una cosa, las históricas, políticas, culturales, otra muy distinta. “Lamentamos profundamente –declaró el episcopado– la lejanía de parte de la dirigencia del sentir del pueblo”. Creo que son palabras inadecuadas y explicaré por qué.

Estas palabras condensan el mito de la nación católica. El “sentir del pueblo” que la Iglesia pretende representar es lo que un tiempo solía llamarse “ser nacional”. Es la idea de que por encima del pueblo de la Constitución, de los ciudadanos electores, hay otro pueblo, el pueblo de Dios, a quien la Iglesia tutela. ¿En qué capacidad? Su “cultura” cristiana lo convertiría en el depositario de la “identidad” de la “patria”. El legislador que vota leyes ajenas a esa “cultura”, tanto sobre el aborto como sobre cualquier otro tema, traicionaría así al “pueblo”, su “sentir”, su “ser”.

Tales son los principios de la “teología del pueblo”. Hay un pueblo y hay un antipueblo, explicaba Juan Carlos Scannone, uno de sus padres. Para el biógrafo más conocido del Papa es normal: “conciencia moral de la comunidad”, escribe, la Iglesia “da y quita” en nombre del “pueblo” el consentimiento a los gobiernos. Del “pueblo de Dios”, claro. Pero no hay nada normal en esto. Son legados teocráticos incompatibles con un orden democrático. En democracia todo el mundo es “pueblo” y es “patria”, diría Borges si no lo censuraran. En política no hay otro pueblo que el pueblo de la Constitución, el pueblo que elige a los legisladores y a los gobiernos, ante el cual ambos son responsables. Francisco Suárez fue un gran teólogo, pero de otra época: ¡eran tiempos de cristiandad, no de democracia!

Por tanto, las palabras de los obispos son un arma impropia. Evocar a un pueblo “puro” contra la política “impura” es jugar con fuego. La deslegitimación crónica de la clase política y de las instituciones representativas es una de las principales causas históricas de la fragilidad de la democracia argentina. Juzgándola con el criterio de la “nación católica”, afirmando que la “nación” está en el “pueblo de Dios” antes que en el Parlamento, pretendiendo que la política sea una rama de la teología, la Iglesia tiene en ese sentido enormes responsabilidades. Así como las tienen los políticos acostumbrados a buscar su bendición y a usarla contra los oponentes. ¿Resultado? La dialéctica política se convierte en guerra de religión, el precio de la “nación católica” es la “grieta”.

Pero esas palabras también son bombas de tiempo. Al elevar al “pueblo mítico” a un pedestal moral, la Iglesia espera mantener el dentífrico dentro del tubo, sueña con detener la secularización. El “pobre” es el arquetipo de la fe, los “humildes” eternos menores que

El “sentir del pueblo”, que la Iglesia pretende representar, es lo que solía llamarse “ser nacional”. Es la idea de que por encima del pueblo de la Constitución hay otro pueblo, el de Dios

Contra la ley, la Iglesia ha alzado su voz, como siempre ha sucedido con leyes similares. Es su derecho, merece respeto. Como lo merecen los creyentes desgarrados en su conciencia

justifican su gran poder e influencia. Todos los demás son vehículos del contagio secular. Pero a fuerza de atribuir a las clases medias la culpa consumista, el pecado capitalista, la herejía liberal, cosecha lo que siembra: la tentación anticlerical de tantos jóvenes; la intolerancia de muchos fieles hacia el dogma pauperista; la ley del aborto, aprobada por los parlamentarios de las provincias modernas, rechazada por los de los feudos familistas. Otra vez la “grieta”.

Finalmente, esas palabras son un arma de doble filo. En su momento, también la Iglesia italiana pensó que el “sentir” del “pueblo de Dios” aborrecería la ley sobre el aborto aprobada por el Parlamento. Pero cuando el “pueblo de la Constitución” fue llamado a expresarse, la desautorizó.

Los mismos católicos se dividieron: el rey estaba desnudo, la “nación católica” era un mito. ¿No acaba de repetirse en la devota Irlanda? Capaz que esto explique el bajo perfil del Papa, más perspicaz que los papistas.

¿Y ahora? Para expiar la ofensa, el Gobierno intentará ponerse a cubierto. Encontrará la manera de castigar a los “ricos” invocando a los “pobres”, el ritual que más satisface al clero. Pero la tortilla está hecha: el peronismo ha “traicionado” a la “nación católica”, fundamento de su existencia. Vaya paradoja: la Iglesia peronista está más viva que nunca, pero el peronismo católico le está fallando. ¿Implosionará como ya lo hizo? ¿Morirá lentamente untándose por todo el arco ideológico como otros partidos católicos? ¿O se renovará otra vez el incesto entre política y religión, se remendará el cordón umbilical con la Iglesia en nombre de la “cultura del pueblo” y del fantasma del “antipueblo”?

En resumen: ¿ganará la democracia o se repetirá el guion habitual?

Publicado en La Nación el 12 de enero de 2020.