Este año se recuerdan 80 años del fin de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la Era Atómica. Entre el 16 de julio y el 2 de septiembre de 1945 ocurrieron episodios que marcaron el inicio de esta nueva era: la prueba Trinity, la capitulación alemana, los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, y la rendición incondicional de Japón.
Sobre la devastación surgió un nuevo orden internacional y la creación de instituciones globales en los ámbitos político, financiero y sanitario, en respuesta al trauma de la guerra e intentando prevenir un Apocalipsis nuclear. Sin embargo, la alianza entre el avance técnico y el exterminio masivo, evidenciada por el régimen nazi y el uso de armas nucleares, puso en tela de juicio los ideales de la ilustración sobre el progreso y la moralidad.
En este contexto, Günther Anders (1902-1992), filósofo, ensayista y activista antinuclear, alertó sobre la divergencia entre las capacidades técnicas de la humanidad y su imaginación moral. El concepto clave de “discrepancia prometeica” advierte acerca de la brecha entre lo que somos capaces de hacer y lo que somos capaces de imaginar críticamente. Esta tensión sigue siendo vigente hoy, donde la aceleración tecnológica supera nuestra capacidad de reflexión ética.
Asimismo, la actual reconfiguración del orden internacional ha puesto en cuestión la arquitectura institucional de la posguerra. Causas diversas, entre ellas factores geopolíticos, han erosionado aquel pacto frente al horror.
Ejemplos actuales ilustran esta tensión: por un lado, la intervención internacional en Irán para frenar su acceso al armamento nuclear; por otro, la tolerancia ante Rusia, que exhibe el poder disuasorio de las armas nucleares en la invasión a Ucrania. La situación ucraniana, en particular, refleja cómo la capacidad técnica militar desafía los principios éticos y la efectividad de la diplomacia global.
Por otro lado, merece especial atención el impacto potencial de la inteligencia artificial en la ética global y la discrepancia prometeica. La IA plantea dilemas inéditos: su capacidad para modificar el entorno, tomar decisiones autónomas y alterar estructuras sociales rebasa la imaginación y exige una revisión de las normas morales y políticas.
¿Estamos preparados para anticipar las consecuencias de tecnologías que multiplican exponencialmente nuestro poder de transformación?
De este modo, resulta crucial rescatar las “Tesis para la Era Atómica”, que abordan los retos éticos nucleares y pueden extenderse a las preocupaciones ambientales y tecnológicas actuales.
El realismo nos obliga a aceptar que la destructividad intrínseca de la condición humana no puede ser fácilmente acotada. Nos resulta más sencillo vislumbrar el fin del mundo que concebir un futuro menos destructivo por el narcisismo humano.
Hoy mayoritariamente existe una tendencia a sacrificar el deseo de una cultura de la humanidad. Una construcción que depende tanto de la relación establecida con la realidad como de la necesidad de afrontar limitaciones y circunstancias que impulsan a la mente a buscar alternativas para satisfacer las carencias existentes y pujan ciegamente.
La fascinación técnica tal vez podría ser acompañada por una renovación cultural para enfrentar los desafíos que surgen de esta discrepancia. Sigue siendo pertinente preguntarse cuál es el precio que debe pagarse para acotar los deseos de omnipotencia que mueven a las fuerzas del destino humano a situación catastróficas como las que llevaron a las guerras del siglo XX y que hoy están vigentes en distintos conflictos sangrientos.
Anders desarrolla el concepto de “utopistas invertidos”, refiriéndose a personas capaces de crear innovaciones técnicas de gran impacto, pero que no logran anticipar ni imaginar plenamente las consecuencias éticas y sociales de sus creaciones. A diferencia de los utopistas tradicionales, que sueñan con lo imposible, los utopistas invertidos realizan lo posible sin calcular sus efectos, lo que puede llevar a problemas sociales inesperados.
En este contexto, resulta fundamental considerar cómo la interdependencia global exige una nueva tolerancia, especialmente si aspiramos a una polis mundial basada en la abundancia y la cooperación. El optimismo de quienes auguran que el sistema de producción permitirá satisfacer las necesidades de la población mundial debe ir acompañado por un énfasis en la mutua dependencia y la capacidad de convivir con las diferencias fundamentales.
Así, articular una cultura capaz de no caer nuevamente en la tentación de ilusiones de plenitud y decepciones catastróficas. Esto implica reconocer los límites de nuestras propias creaciones y aprender a anticipar sus efectos. Solo entonces la fascinación técnica podrá ir de la mano de una renovación ética, política y social.
Publicado en Clarín el 28 de agosto de 2025.








