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Opinión 27 11 2017

Los desafíos de la socialdemocracia en el siglo XXI


Autor: Santiago Leiras









El recordado autor italiano Norberto Bobbio destacaba que el socialismo “realmente existente” a lo largo del siglo veinte tuvo lugar a través de dos expresiones principales el estalinismo y la socialdemocracia, siendo el primero hijo directo (o más bien dilecto) de la revolución rusa de 1917, y la segunda resultado del auge y la institucionalización del estado de bienestar keynesiano en Europa Occidental luego de la segunda posguerra.

El keynesianismo a partir de la segunda posguerra, en los términos descritos por el politólogo polaco estadounidense Adam Przeworski, representó el basamento ideológico de los partidos de carácter socialdemócrata en el mundo occidental.

La crisis crónica del estado de bienestar a partir de los años 70, magistralmente descripta por el sociólogo mexicano Luis Aguilar Villanueva, ha sido resultado de factores endógenos -crisis administrativa, fiscal y de legitimidad- como así también de carácter exógeno -globalización entendida como autonomización del capital financiero y desterritorialización productiva-: el resultado de dicha crisis ha sido la crisis ideológica del keynesianismo y de los partidos socialdemócratas.

Tres han sido los cursos alternativos desplegados por los partidos progresistas para hacer frente a la crisis: el primero de ellos, poner en marcha programas de ajuste tradicional como ha sido en Francia durante las presidencias socialistas de François Mitterrand y François Hollande y en España durante la segunda presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero; el segundo, un ensayo de tercera vía entre el neoliberalismo noventista y la socialdemocracia sesentista como fue en los casos de Anthony Blair en Gran Bretaña y Gerard Schroeder en Alemania en los años ‘90 o el más reciente de Mateo Renzi en Italia; el tercero, una suerte de reedición nostálgica de la socialdemocracia de la etapa dorada del Estado Social de Derecho, en esta línea se inscribe el giro a la izquierda del partido Laborista con el liderazgo de James Corbyn o del PSOE bajo la nueva conducción de Pedro Sánchez.

En América Latina estas vías estuvieron representadas por Acción Democrática de Venezuela durante la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez  la primera, los partidos social democrático de Brasil bajo la presidencia de Fernando Henrique Cardoso y socialista chileno en el marco de los gobiernos de la Concertación, el Frente Amplio de Uruguay durante las presidencias de Tabaré Vázquez, mezcla de política social y “market friendly”, como representación de la segunda, y los dos primeros años del gobierno de Raúl Alfonsín entre 1983 y 1985 como expresión de la tercera, intentando llevar a la práctica políticas de corte keynesiano, exitosas durante el gobierno de Arturo Illia en los años sesenta.

Frente a un proceso de globalización productiva y financiera que ha afectado las capacidades administrativas, fiscales y regulatorias del Estado Nación, tres son las alternativas que tienen ante sí los partidos progresistas: la aceptación acrítica, el rechazo radical o el gobierno de la globalización.

Gobernar la globalización significa crear instrumentos nuevos para enfrentar desafíos nuevos; frente a un problema global esto requiere respuestas globales que descarten la aceptación acrítica e inexorable de la globalización como un fenómeno de carácter natural o el rechazo radical que lleve a intentar poner en marcha políticas públicas de sesgo sesentista o un inviable aislamiento internacional.

En definitiva, la socialdemocracia necesita reinventarse y para recorrer ese camino solo puede hacerlo apostando a la gobernanza inteligente frente al canto de sirena de la nostalgia o del populismo.

De los partidos progresistas depende.

Publicado en Perfil edición impresa el 26 de noviembre de 2017.