El periodista Luis Novaresio entrevistó a Jesús Rodríguez, por la reciente publicación de La huella democrática, el libro que escribió junto a Alejandro Garvie y del que Eudeba está preparando una nueva edición.
En la entrevista, el dirigente radical reflexiona sobre los años de la transición a la democracia pero también sobre el presente y la necesidad de construir consensos desde la política y de mantener instituciones sólidas.
Dada la riqueza de sus reflexiones, transcribimos la entrevista en su totalidad.
Luis Novaresio: Jesús, gracias por venir.
Jesús Rodríguez: Al contrario. Gracias por la invitación.
Luis Novaresio: Hacía muchos años que no nos cruzábamos. Pero además venís con algo que siempre admiro: un libro. Cuando alguien publica un libro es una alegría doble recibirlo. La huella democrática, escrito junto con Alejandro Garvie. ¿Cómo nació este proyecto?
Jesús Rodríguez: El libro tiene un origen muy particular. La Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas convocó en 2024 un concurso de ensayos cuyo tema era el gobierno del presidente Raúl Alfonsín. Los trabajos debían presentarse bajo seudónimo y ser evaluados por un jurado.
En 2025 nos comunicaron que el ensayo que habíamos escrito junto con Alejandro Garvie había obtenido el primer premio. Después la editorial EUDEBA decidió publicarlo. Para nosotros fue un enorme orgullo: primero por el reconocimiento académico y luego por la posibilidad de convertir ese trabajo en un libro.
Luis Novaresio: Hace años Ernesto Tenembaum hacía una pregunta que me quedó grabada: ordenar, de mejor a peor, los presidentes de la democracia. Yo siempre digo que, para mí, el mejor presidente desde 1983 fue Raúl Alfonsín. El libro explica muy bien los enormes desafíos que enfrentó. ¿Cuál fue el principal?
Jesús Rodríguez: El desafío fundamental fue ayudar a que los argentinos dejáramos atrás dos patologías que marcaron gran parte del siglo XX: la inestabilidad institucional y la violencia como método aceptado de acción política.
Durante décadas convivimos con golpes de Estado, terrorismo, violencia política y dictaduras. Hubo fusilamientos, ataques contra población civil, terrorismo de Estado, más de trescientos centros clandestinos de detención documentados por la CONADEP y miles de desaparecidos. Todo eso quedó atrás. Ese cambio representa uno de los mayores saltos civilizatorios de la historia argentina.
También quedaron atrás los golpes de Estado. Entre 1930 y 1983 sufrimos seis interrupciones del orden constitucional. En cambio, durante este siglo ya hemos tenido cuatro presidentes constitucionales consecutivos que completaron sus mandatos. Para encontrar algo semejante hay que remontarse al siglo XIX.
Vista en perspectiva, esa es probablemente la contribución más importante del gobierno de Raúl Alfonsín.
Luis Novaresio: ¿Dónde estabas el 10 de diciembre de 1983?
Jesús Rodríguez: En la Cámara de Diputados. Ese año había sido elegido diputado nacional. Viví una situación bastante excepcional: fue la primera vez que voté una lista de la que yo mismo formaba parte.
Después del discurso de asunción del presidente Alfonsín fuimos desde el Congreso hasta la Casa Rosada en un subte especial que unía Plaza de Mayo con el Congreso. Allí presenciamos el juramento de los ministros y luego el histórico discurso desde el Cabildo.
Luis Novaresio: No me gusta esa idea de que todo tiempo pasado fue mejor.
Jesús Rodríguez: A mí tampoco.
Luis Novaresio: Pero inevitablemente quiero preguntarte qué sentís cuando ves hoy la Cámara de Diputados. Pienso en escenas de insultos, megáfonos, agravios permanentes. Ustedes integraron una Cámara muy distinta. ¿Qué sensación te produce?
Jesús Rodríguez: Mucha tristeza.
Estoy reuniendo recortes, diarios de sesiones, audios, videos y notas periodísticas para que algún día mis nietos puedan ver que ser diputado no era esto que hoy muchas veces se muestra.
Luis Novaresio: ¿Por qué llegamos a esta situación?
Jesús Rodríguez: Hay varias razones. Primero, existe un clima de época en el que la democracia está siendo cuestionada, no solo en la Argentina sino también en buena parte del mundo.
Segundo, vivimos un tiempo en el que el grito pesa más que el argumento. La agresión recibe más reconocimiento que la discusión racional. El insulto suele ser celebrado y la descalificación parece generar más adhesión que el intercambio de ideas.
Sin embargo, creo que este momento también va a pasar.
Luis Novaresio: ¿Estás seguro?
Jesús Rodríguez: Sí. Cuando uno observa la historia advierte que los procesos no son lineales. Después de la Segunda Guerra Mundial apenas había doce democracias en el mundo y solo cuatro en Europa Occidental. Sin embargo, después se produjo una enorme ola democratizadora que transformó la realidad internacional.
Por supuesto que hoy existen democracias con muchos problemas e incluso autocracias electivas, pero, aun así, el mundo está mejor que entonces.
Por eso creo que esta etapa de deterioro institucional también terminará siendo superada.
La economía, el Plan Austral y la importancia de los consensos
Luis Novaresio: En el libro aparece un punto que suele señalarse cuando se analiza el gobierno de Alfonsín: el éxito en la consolidación democrática convive con un fracaso en la estabilización económica. Más allá del Plan Austral, el gobierno terminó atravesado por la crisis. ¿Por qué no pudo resolver ese problema?
Jesús Rodríguez: Esa es una de las preguntas centrales. El gobierno de Alfonsín consiguió terminar con dos grandes tragedias de la Argentina: los golpes de Estado y la violencia como método de acción política. Pero no logró resolver el problema económico.
La explicación no pasa por la falta de capacidad técnica. El Plan Austral fue prácticamente contemporáneo de un programa muy similar aplicado en Israel. En ese momento casi nadie lo sabía porque la circulación de la información era muy distinta a la actual. Ambos planes eran muy parecidos, pero el resultado fue completamente diferente.
¿Por qué? Porque en Israel existió un acuerdo político de enorme magnitud. Los dos principales partidos —el Likud y el Partido Laborista— conformaron un gobierno de unidad nacional, sostuvieron el programa económico con una mayoría cercana al 80% del Parlamento y acordaron incluso alternarse en la jefatura de gobierno.
Ese respaldo político permitió que el programa tuviera continuidad. En la Argentina ocurrió exactamente lo contrario.
Luis Novaresio: Es una comparación muy interesante porque las bases de ese programa israelí todavía perduran.
Jesús Rodríguez: Exactamente. Por eso, cuando uno analiza el gobierno de Alfonsín, tiene que hacerlo considerando el contexto.
Fue un gobierno que enfrentó tres levantamientos militares, todos con víctimas fatales. Debió afrontar un ataque guerrillero a un cuartel militar, trece paros generales y más de tres mil conflictos sindicales sectoriales.
Muchas veces se pregunta por qué Alfonsín terminó entregando el poder seis meses antes.
Yo invertiría la pregunta: ¿cómo logró sostener durante cinco años y medio un gobierno democrático en un contexto de semejante conflictividad política, económica y social?
Luis Novaresio: Hablando del peronismo, ¿hubo una decisión política de impedir que Alfonsín completara su proyecto o la situación fue más compleja?
Jesús Rodríguez: Lo primero que hay que decir es que no existía un solo peronismo. Hubo dirigentes justicialistas que colaboraron con la consolidación democrática y acompañaron al presidente Alfonsín en momentos decisivos.
Pero también es cierto que para que un sistema democrático produzca buenos resultados no alcanza con que los gobernantes sean elegidos por el voto popular. Ese es un requisito indispensable, pero insuficiente.
Las democracias exitosas descansan sobre tres pilares. El primero es el democrático: elecciones libres y gobiernos elegidos por la ciudadanía. El segundo es el liberal: la protección de los derechos individuales, especialmente de las minorías, y la existencia de límites al poder. El tercero es el republicano: división de poderes, controles recíprocos, independencia judicial y rendición de cuentas.
Mi impresión es que buena parte del justicialismo acompañó el primer pilar, el democrático, pero no siempre hizo lo mismo con los otros dos.
Luis Novaresio: ¿En qué hechos concretos lo ves?
Jesús Rodríguez: Hay varios ejemplos. Al asumir, Alfonsín le ofreció la presidencia de la Corte Suprema a Ítalo Luder, que había sido su adversario en la elección.
Cuando creó la CONADEP para investigar el terrorismo de Estado, el peronismo decidió no integrarla. Lo mismo ocurrió con la consulta popular sobre el Tratado de Paz y Amistad con Chile.
Era una cuestión de enorme trascendencia nacional. Casi diez millones de argentinos participaron de esa consulta y alrededor del 80% votó afirmativamente. Sin embargo, cuando el acuerdo llegó al Senado terminó aprobándose apenas por un voto.
Eso muestra que el reconocimiento de la legitimidad democrática existía, pero no siempre había disposición para construir consensos institucionales duraderos.
Luis Novaresio: Si tuvieras que mencionar dirigentes peronistas que sí acompañaron esa etapa democrática, ¿a quién destacarías?
Jesús Rodríguez: Antonio Cafiero, sin ninguna duda. Creo que fue una figura decisiva para la consolidación democrática. Incluso me atrevo a pensar que la historia argentina habría sido distinta si él hubiese ganado la interna presidencial de 1988.
Luis Novaresio: ¿Y quiénes jugaron el papel contrario?
Jesús Rodríguez: Claramente, una parte importante del sindicalismo. Con los años incluso tuve oportunidad de compartir la Cámara de Diputados con Saúl Ubaldini.
Siempre tuve la impresión de que él mismo no se sentía plenamente cómodo con el papel que había desempeñado durante aquellos años. No sé si hablaría de arrepentimiento, pero sí de una mirada mucho más crítica sobre aquel período.
Los levantamientos militares y el Juicio a las Juntas
Luis Novaresio: En el libro contás que el gobierno de Alfonsín tuvo que enfrentar varios intentos de golpe de Estado. Hoy parece algo lejano, pero en ese momento la democracia todavía era muy frágil. ¿Cómo se vivía esa incertidumbre?
Jesús Rodríguez: Con mucho miedo. El 10 de diciembre de 1983, cuando asumió Alfonsín, yo no estaba seguro de que la democracia fuera a durar mucho tiempo en la Argentina. No es una metáfora.
Si uno observaba nuestra historia, lo más probable era pensar que el ciclo democrático volvería a interrumpirse. Por suerte no ocurrió.
Pero durante aquellos años convivíamos con esa incertidumbre. No sabíamos qué podía pasar al día siguiente.
Yo estuve en Campo de Mayo durante uno de los levantamientos militares y viví momentos de enorme tensión. Había civiles que querían avanzar hacia una unidad militar y, del otro lado, militares armados, con la cara pintada y los fusiles cargados. Recuerdo que, junto con Antonio Cafiero, Oscar Alende y otros dirigentes, tratábamos de contener a la gente para evitar una tragedia. Bastaba un pequeño error para que todo terminara de la peor manera.
Luis Novaresio: Otra de las marcas del gobierno de Alfonsín fue el Juicio a las Juntas. Fue la primera vez que un país juzgó en tribunales civiles a los responsables de una dictadura. ¿Cómo se construyó ese proceso?
Jesús Rodríguez: Lo primero que hay que entender es cuál era la convicción de Raúl Alfonsín. Él sostenía que no podía haber ni revancha ni venganza. Pero tampoco podía haber silencio frente a lo ocurrido. Callar habría significado una claudicación ética.
A partir de esa convicción se diseñó un dispositivo institucional extraordinariamente sólido.
Pocas semanas antes de las elecciones de 1983, la dictadura había dictado una autoamnistía para todos los delitos cometidos tanto por integrantes de las organizaciones armadas como por quienes habían participado de la represión ilegal.
La primera ley sancionada por el Congreso democrático declaró insanablemente nula esa norma.
Gracias a esa decisión pudieron ser juzgados tanto dirigentes de las organizaciones armadas como responsables del terrorismo de Estado.
Luis Novaresio: ¿Qué otras decisiones fueron necesarias para que el juicio pudiera realizarse?
Jesús Rodríguez: Hubo tres pasos fundamentales. El primero fue la nulidad de la autoamnistía. El segundo fue la reforma del Código de Justicia Militar, que permitió que las decisiones del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas fueran revisadas obligatoriamente por la Justicia civil. Y el tercero fue la creación de la CONADEP, que reunió la documentación indispensable para reconstruir los hechos.
Todo el proceso respetó plenamente las garantías constitucionales: el derecho de defensa, la presunción de inocencia y el debido proceso. Eso es lo que hace único al Juicio a las Juntas.
Luis Novaresio: Muchas veces se compara con Núremberg.
Jesús Rodríguez: En realidad son procesos completamente distintos.
En Núremberg fueron los vencedores de una guerra quienes juzgaron a los derrotados.
En la Argentina fueron tribunales civiles de un Estado democrático los que juzgaron, aplicando las reglas del Estado de derecho. Ese antecedente prácticamente no tiene equivalentes en el mundo.
Luis Novaresio: Además tuvo una enorme influencia internacional.
Jesús Rodríguez: Exactamente.
La CONADEP se convirtió en referencia para muchas comisiones de la verdad creadas posteriormente en distintos países.
Ocurrió en Centroamérica después de las guerras civiles y también en Sudáfrica durante el proceso encabezado por Nelson Mandela.
Cuando uno observa ese recorrido histórico comprende la dimensión internacional que tuvo aquella decisión.
Yo diría que, junto con algunos logros deportivos, el Juicio a las Juntas constituye uno de los principales activos reputacionales de la Argentina ante el mundo.
Luis Novaresio: En 1989 aceptaste ser ministro de Economía en uno de los momentos más difíciles de la democracia. Probablemente era el cargo que nadie quería ocupar. ¿Por qué aceptaste?
Jesús Rodríguez: Porque pertenezco a un partido político y entendía que, en ese momento, lo que estaba en juego era mucho más importante que cualquier consideración personal. Lo que debía preservarse era la continuidad democrática.
Carlos Menem había sido elegido por los argentinos y tenía que poder asumir la Presidencia. Había sectores que apostaban a profundizar la incertidumbre bajo la lógica del “cuanto peor, mejor”. Yo no podía actuar de otra manera.
Cuando Raúl Alfonsín me pidió que asumiera esa responsabilidad, no hice ningún cálculo sobre mi conveniencia personal. Acepté porque entendía que era una obligación política y democrática. Además, todos sabíamos que prácticamente nadie quería hacerse cargo del Ministerio de Economía en esas circunstancias.
La transición de 1989, el Ministerio de Economía y el Pacto de Olivos
Luis Novaresio: ¿Cómo fue ese llamado?
Jesús Rodríguez: La elección presidencial había sido el 14 de mayo de 1989. Nosotros intentamos abrir conversaciones con dirigentes justicialistas para anticipar la entrega del mando.
Pensábamos que esperar hasta diciembre, con una crisis económica de semejante magnitud, podía resultar muy peligroso.
Las conversaciones avanzaban razonablemente bien hasta que apareció una exigencia que las hizo fracasar: el pedido de un indulto. A partir de ese momento ya no hubo posibilidad de acuerdo.
Recuerdo que el 25 de Mayo acompañamos a Raúl Alfonsín en el tradicional Tedeum. Muchos dirigentes del radicalismo decidimos estar presentes porque intuíamos que sería uno de sus últimos actos públicos como presidente. Después fui a almorzar a mi casa y sonó el teléfono. Era Alfonsín.
Con esa mezcla de firmeza y afecto que tenía me dijo: “Necesito que me hagas un favor. Tenemos que convencer a un amigo para que acepte una tarea que no le va a gustar.”
Yo le respondí que contara conmigo. Entonces me dijo: “Ese amigo sos vos”. Y me pidió que asumiera el Ministerio de Economía.
Luis Novaresio: Finalmente se produjo algo inédito.
Jesús Rodríguez: Exactamente. Por primera vez en toda la historia argentina un presidente constitucional elegido por el voto popular le entregó el mando a otro presidente constitucional de un signo político distinto.
Puede parecer algo natural hoy, pero en ese momento representó un verdadero punto de inflexión en nuestra historia institucional.
Luis Novaresio: Después llegó el Pacto de Olivos, uno de los episodios más discutidos dentro del radicalismo. Vos lo apoyaste. ¿Por qué?
Jesús Rodríguez: Porque fue la decisión institucional de la Unión Cívica Radical. Yo creo profundamente en los partidos políticos. Las sociedades modernas necesitan instituciones que articulen la relación entre el Estado y la sociedad. En democracia, esa función la cumplen los partidos.
Si alguien cree que la Argentina puede estabilizarse con partidos débiles o con dirigentes que actúan únicamente en función de decisiones personales, creo que se equivoca.
Por eso acompañé aquella decisión.
Luis Novaresio: ¿Pensás que hoy ese sistema de partidos está en crisis?
Jesús Rodríguez: Sí. Y esa crisis ayuda a explicar buena parte de los problemas que atraviesa la Argentina. Cuando hablamos del régimen político necesario para que un país funcione, hablamos de tres pilares: democracia, liberalismo y república.
Pero también necesitamos partidos políticos fuertes, capaces de construir acuerdos duraderos.
Si uno observa América Latina encuentra tres casos particularmente exitosos: Uruguay, Chile y Costa Rica. Son países con sistemas políticos estables, con partidos consolidados, con una cultura del acuerdo y con respeto por las instituciones.
Los resultados están a la vista: Redujeron significativamente la pobreza, crecieron económicamente, enfrentaron mejor la pandemia y presentan niveles más bajos de corrupción.
Por eso insisto en que la calidad del sistema político no es una cuestión abstracta: tiene consecuencias concretas sobre la vida de las personas.
La democracia necesita instituciones que duren
Luis Novaresio: Recién hablábamos del Pacto de Olivos y de la importancia de los partidos políticos. Quiero traer la conversación al presente. ¿Cómo definís al presidente Javier Milei?
Jesús Rodríguez: Lo primero que corresponde es tener respeto. Es el Presidente de la Nación elegido por los argentinos en una elección limpia y democrática. Ese dato es el punto de partida de cualquier análisis.
Ahora bien, cuando observo su manera de entender el poder, muchas veces pienso que oscila entre el profeta y el fanático. Y ninguna de esas dos características me resulta deseable para quien ejerce la primera magistratura.
Luis Novaresio: ¿Por qué?
Jesús Rodríguez: Porque una democracia necesita reglas compartidas.
Yo suelo definirme como un patriota de la Constitución. No porque crea que la Constitución resuelve todos los problemas, sino porque es el pacto que organiza nuestra convivencia.
Sin embargo, el Presidente ha dicho en distintas oportunidades que el artículo 14 de la Constitución representa “el cáncer de la Argentina”. También ha sostenido que el Estado es una organización criminal.
Cuando esas afirmaciones provienen del máximo responsable institucional del país, me generan una preocupación legítima. No por una discusión ideológica, sino porque expresan una determinada concepción del poder y de las instituciones.
Luis Novaresio: Si tuvieras que elegir entre esas dos definiciones, ¿lo ves más como un profeta o como un fanático?
Jesús Rodríguez: Tal vez sea un profeta fanático. O un fanático profético. Pero más allá de la caracterización personal, lo importante es otra cosa. Las democracias contemporáneas necesitan tres pilares inseparables.
El primero es el democrático: gobiernos elegidos por el voto popular. El segundo es el liberal: respeto por los derechos individuales y límites efectivos al poder. El tercero es el republicano: división de poderes, controles recíprocos e independencia de las instituciones.
Cuando observo algunas iniciativas del actual gobierno, me pregunto si esos tres pilares están siendo igualmente valorados.
Luis Novaresio: ¿Pensás en algún ejemplo concreto?
Jesús Rodríguez: Sí. Hay un proyecto de ley que obliga a las organizaciones de la sociedad civil a inscribirse en un registro especial, informar sus reuniones con funcionarios públicos y prevé sanciones penales en caso de incumplimiento. Uno tiene derecho a preguntarse a qué experiencias internacionales se parece una regulación de ese tipo.
También hubo un decreto que habilitaba al personal de inteligencia a realizar determinadas actuaciones que, desde mi punto de vista, plantean serios interrogantes constitucionales.
Cuando uno observa esas iniciativas, inevitablemente aparecen comparaciones con experiencias que no deberían servirnos de modelo.
Luis Novaresio: ¿Creés que Javier Milei tiene vocación democrática?
Jesús Rodríguez: Me gustaría creer que sí. No estoy en condiciones de afirmarlo ni de negarlo de manera categórica. Lo que sí puedo hacer es mirar indicadores objetivos.
Organizaciones internacionales prestigiosas muestran que la Argentina retrocedió en los últimos años en distintos índices vinculados con la libertad de prensa, la calidad democrática y la transparencia institucional.
Esos datos deberían preocuparnos con independencia de quién gobierne. No son estadísticas partidarias.
Son mediciones elaboradas por instituciones reconocidas internacionalmente.
Luis Novaresio: Si Milei entrara ahora por esa puerta, ¿qué le dirías?
Jesús Rodríguez: Lo saludaría con el respeto que merece su investidura. Y si me preguntara qué consejo le daría, le respondería una sola cosa: Que respete la Constitución. Porque el Presidente es el primer responsable de custodiarla.
Economía: prudencia fiscal sí, pero también reformas
Luis Novaresio: Le pregunto ahora al exministro de Economía. ¿Cómo definís el modelo económico del Gobierno?
Jesús Rodríguez: El Presidente se define como anarcolibertario. Es una experiencia sin antecedentes. Nunca existió un gobierno de esas características. Pero más allá de las etiquetas, prefiero analizar las políticas concretas. Hay algo que está fuera de discusión: la prudencia fiscal. Ningún país puede desarrollarse de manera sostenida si gasta indefinidamente por encima de sus posibilidades. Eso es evidente.
Luis Novaresio: ¿Entonces compartís el objetivo del equilibrio fiscal?
Jesús Rodríguez: Comparto la necesidad de una administración responsable de las cuentas públicas. Ahora bien, otra cuestión distinta es cómo se construye esa sostenibilidad. Hasta ahora buena parte del ajuste descansó sobre la postergación de gastos, el deterioro de jubilaciones y la licuación de distintas partidas del Estado. Eso no equivale necesariamente a una reforma estructural.
Las reformas verdaderamente duraderas son aquellas que modifican el funcionamiento del sistema y generan consensos suficientes para mantenerse en el tiempo. Ese vuelve a ser, una vez más, el gran desafío argentino.
“El radicalismo tiene futuro porque expresa valores”
Luis Novaresio: ¿Qué significa hoy ser radical?
Jesús Rodríguez: El radicalismo tiene futuro porque expresa valores que siguen teniendo demanda social. Creemos en la libertad, pero también en la igualdad. Creemos que la conducta personal de los gobernantes importa. Ahí están los ejemplos de Hipólito Yrigoyen y de Raúl Alfonsín. Creemos que la Argentina necesita instituciones sólidas, previsibilidad, reglas estables y una visión estratégica.
Si alguien piensa que el país puede desarrollarse de la mano de dirigentes inescrupulosos, de liderazgos autoritarios o de prácticas antidemocráticas, creo que se equivoca.
“La mitad de una enfermedad se supera con actitud”
Luis Novaresio: Dejemos por un momento la política.
¿Qué fue lo más difícil que te tocó atravesar en tu vida?
Jesús Rodríguez: Una enfermedad. La superé y hoy puedo mirarla con distancia, pero probablemente haya sido el momento más difícil que me tocó vivir.
Luis Novaresio: Hay muchas personas atravesando situaciones similares. ¿Qué les dirías?
Jesús Rodríguez: Que confíen plenamente en sus médicos. Yo tuve la enorme fortuna de ser atendido en el Hospital Italiano, donde recibí un tratamiento extraordinario. Pero también aprendí algo. La mitad del camino hacia la recuperación depende de la predisposición personal y de la decisión de enfrentar la enfermedad con esperanza. Esa fortaleza interior también forma parte del tratamiento.
“Las decepciones también existen en política”
Luis Novaresio: ¿Y el momento más difícil de tu vida política?
Jesús Rodríguez: Me viene a la memoria un tango: “Sé del beso que se compra y del beso que se da; del amigo que es amigo mientras le convenga.” La política también tiene esas decepciones. Uno descubre conductas que jamás tendría y que tampoco esperaba encontrar en otras personas. Eso duele.
Alfonsín, las hijas y el futuro
Luis Novaresio: Es una pregunta habitual de este programa: Nos morimos… ¿y qué pasa?
Jesús Rodríguez: Es uno de los grandes misterios de la existencia. Y, sinceramente, me tranquiliza saber que no puedo resolverlo.
Luis Novaresio: Imaginemos otra escena. Entra ahora Raúl Alfonsín por esa puerta. ¿Qué le dirías?
Jesús Rodríguez: La verdad es que creo que antes de que yo pudiera decirle algo, él me preguntaría: “¿Cómo están las Jesusas?”. Así llamaba cariñosamente a mis hijas. Esa era su manera de relacionarse con las personas. Siempre recordaba a las familias, a los hijos, a los afectos.
Luis Novaresio: Última imagen. Entra por esa puerta Jesús Rodríguez, con dieciséis años, estudiante del Colegio Carlos Pellegrini, empezando a organizar el centro de estudiantes. ¿Qué le dirías?
Jesús Rodríguez: Que no afloje. Que siga creyendo que vale la pena comprometerse. Que entienda que la vida es mucho más que verla pasar. Ser parte de la construcción del futuro siempre vale el esfuerzo.
Luis Novaresio: Fue un verdadero placer escucharte. Ojalá el radicalismo vuelva a representar, para la democracia argentina, lo que representó en aquellos años. Y ojalá este libro encuentre muchos lectores. Gracias por haber venido.
Jesús Rodríguez: Gracias a vos. Fue un gusto.








