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Opinión 04 10 2016

El político y sus virtudes (en homenaje a Willy Brandt)


Autor: Fernando Mires









Publicado en http://polisfmires.blogspot.com.ar/ el 3 de octubre de 2016

 

Cada profesión tiene sus virtudes. Pero las de un buen político, obvio, no son las mismas que se requieren para ser médico, militar, filósofo o cura. Tampoco las que reinan en el mundo de la privacidad. Willy Brandt –uno de los más grandes políticos de la historia europea de post-guerra, junto a Churchill, Adenauer, De Gaulle, Walesa y Havel– gustaba del buen vino y de las bellas mujeres, características no virtuosas que para el buen ejercicio de la profesión política carecen de toda importancia.

No siempre las virtudes políticas han sido las mismas. En la polis griega mezclar la política con la economía habría sido una barbaridad. Hoy, dada la intrincación existente entre política y economía, no hacerlo sería un absurdo. Durante la era maquiavélica separar la guerra de la política habría sido fatal (la política como una variante de la guerra pervivió en Europa hasta los periodos fascistas y estalinistas) Hoy, concebir a la política como una guerra, es solo propio a dictadores y autócratas.

Las virtudes son regidas de acuerdo a condiciones de espacio y tiempo gracias a las huellas dejadas por grandes políticos. Son estos últimos –y no una teoría purificada– los que han dado forma y sentido al hacer político. A esos formadores perteneció Willy Brandt.

Antes de hacer su entrada en la política oficial, Brandt –en un país donde tantos colaboraron con la dictadura nazi– ya era portador de un pasado político limpio. Su mismo nombre, Willy Brandt, pertenecía al pasaporte falsificado que le sirvió para obtener asilo en Noruega, después en Suecia, y no por último, para salir y entrar a la Alemania nazi. Su verdadero nombre era Herbert Karl Frahm. Después de la derrota de Alemania decidió adoptar como nombre oficial su pseudónimo, el que al ser político era para él más auténtico que su propio nombre.

No fue Brandt un héroe de la resistencia. Fue solo un digno sobreviviente de una clase política diezmada. Tampoco un cuadro disciplinado. Como tantos otros, su juvenil biografía carece de orden. En sus inicios partidarios actuó como miembro de las fracciones más izquierdistas e incluso en 1931 fue expulsado del SPD para después pasar a formar parte de una organización semi anarquista (SAP). No obstante, nunca se acercó al estalinismo como muchos de su generación. En fin, inició su biografía como un rebelde, virtud y no defecto en políticos jóvenes.

Quien no ha sido rebelde en su juventud nunca ha sido joven. Quizás fueron esos inquietos inicios las razones por las cuales, durante los años sesenta, Brandt, a diferencia de otros socialdemócratas, mantuvo una actitud comprensiva frente a los movimientos estudiantiles. Más aún, muchas de sus demandas las integró en su candidatura de 1966.

Brandt comprendió que el clima político había cambiado. En medio de esos revoltosos y callejeros días lanzó su consigna: “Hay que atreverse a más democracia” (Mehr Demokratie wagen). Del mismo modo cuando años después el Partido hizo su entrada en el Parlamento (1983), Brandt, en contra de muchos correligionarios, entre otros Helmut Schmidt, saludó al signo renovador representado por jóvenes ecologistas, feministas y pacifistas que irrumpían en la política oficial. Incluso, como presidente de la SPD anticipó una alianza: “En Alemania, más allá de la CDU/CSU, existe una mayoría de izquierda”.

Brandt sabía leer en las líneas de su tiempo y a partir de ahí tomar posiciones. Gracias a esa virtud comprendió que si la socialdemocracia de post-guerra no dejaba atrás a la ideología marxista, nunca podía ser una alternativa de poder, a lo más un partido testimonial, o un subproducto ideológico del siglo XlX. Eso no significaba renegar de sus vocaciones sociales. Significaba solo encauzarlas de acuerdo a las instituciones, sin lastimar el orden democrático, tal como quedó estipulado en el Programa de Bad Godesberger (1959). Brandt nunca estuvo dispuesto a sacrificar las luchas por las libertades en nombre de luchas por las necesidades. Él no era un ideólogo y mucho menos un teórico. Solo seguía una línea por el mismo trazada. La diferencia entre ideología, teoría y línea política no es en este caso banal.

De acuerdo a la lógica de las ideologías, la realidad ha de ser adecuada a un programa ideológico y si la realidad no es compatible con ese programa, tanto peor para la realidad. De acuerdo a la lógica de las teorías, la realidad debe ser sometida a procesos de verificación, pero como no hay verificación sin experimentación, de lo que se trata es de convertir a la llamada sociedad en un laboratorio. Seguir una línea en cambio significa situar algunos límites para encauzar la política, límites a los cuales nunca hay que transgredir. Esa es la diferencia entre un político realista y un oportunista.

Para el realista la vida política es dinámica, y a esa realidad es necesario adaptarse, pero manteniendo siempre una línea. Para el oportunista no hay línea y por lo tanto no hay límites. En ese sentido debe ser entendida la flexibilidad política de la que siempre hizo gala Willy Brandt.

Para la fracción marxista de su partido, Brandt era un renegado. Para la fracción tecnocrática –la que terminaría imponiéndose hasta convertir a la SPD en ese insípido partido de hoy– Brandt era un iluso, un romántico, un idealista. Pero para quienes intentaban unir la idea de la libertad con la del progreso social, Brandt fue su mejor abanderado. 

Gracias a la figura integrativa de Willy Brandt diferentes corrientes de pensamiento comenzaron a fluir hacia la SPD. Agnósticos, positivistas, liberales, cristianos, marxistas espantados por la crueldad estalinista. Nunca la Socialdemocracia fue más social y más democrática que durante los tiempos de Brandt. Como Alcalde en Berlín (1957), como Ministro del Exterior en la Gran Coalición (1966) como Canciller (1969), fue él el hombre de la unidad.

Quizás donde mejor se muestra el trazo de la línea seguida por Willy Brandt fue en su política internacional. Esa línea estuvo presente al menos en seis puntos:

1. Mantenimiento de un diálogo pragmático y constructivo con la RDA, la URSS y el mundo comunista en general.

2. Fidelidad absoluta a las resoluciones de la OTAN.

3. Apoyo incondicional a los disidentes de la órbita soviética

4. Apoyo incondicional a los movimientos democráticos del Sur de Europa (España, Portugal y Grecia)

5. Solidaridad con los movimientos de liberación anticolonial así como un repudio absoluto a todas las dictaduras del orbe.

6. Jamás perder de vista la perspectiva estratégica que alguna vez debería conducir a la unidad de las dos Alemanias.

Seis puntos difíciles de conciliar. Seis puntos que le hicieron ganar enemigos internos y externos. Seis puntos que no podían ser mantenidos al mismo nivel al mismo tiempo, dando a veces preferencias a uno o al otro. Cada uno a su debido momento. Pero, a la vez, seis puntos que hicieron ganar a Alemania Occidental una indiscutida presencia internacional.Tan indiscutible como la supremacía económica que hoy ostenta, absolutamente discordante con la miserable política internacional que hoy llevan a cabo sus gobernantes.

La amistad política que practicó Brandt con sus interlocutores puede llegar a ser también personal cuando los fines son los mismos. Eso no solo lo supo su mejor amigo, Egon Bahr, el gran internacionalista alemán, también lo supo Felipe Gonzáles, el líder socialista español. Lo que debe el PSOE a Brandt no es poco. Dudo de que un político se haya comprometido tanto con la democratización de otro país como lo hizo Brandt con respecto a España. Fue el suyo un compromiso de corazón. Muy explicable: cuando joven Brandt había sufrido con el trágico destino del fin de la República española. Como político experimentado hizo todo lo posible para que la República volviese a ser de nuevo realidad. Y lo fue.

En cierto modo Willy Brandt tomó muy en serio la frase de Max Weber relativa a que en política hay que “tallar sobre duras maderas”. Es la única posibilidad para que los objetivos trazados sean alguna vez cumplidos. Pues así como ocurrió con la república española, ocurrió con el muro de Berlín.

Como Alcalde, Brandt había visto en 1961 la construcción del muro de la maldad. En 1989, al lado del Canciller Helmut Kohl, mientras el muro era demolido por las multitudes, pronunció Brandt una de sus frases legendarias: “Lo que pertenece a sí mismo, debe crecer unido”. Según Egon Bahr la frase ya había sido dicha por Brandt en otras ocasiones. No fue entonces una improvisación. Esa frase contenía el objetivo final de toda una estrategia política. 

No fue la única vez que Brandt pronunció una frase histórica. Decirlas era su especialidad. Nunca fue un orador de largas parrafadas. Sus discursos, en perfecta dicción, no perseguían el propósito de hacer delirar a nadie. Su retórica estaba puesta al servicio de explicar distintos momentos políticos. Lo más preciso en la hora más precisa. Su polémica, por lo mismo, no estaba dirigida a la persona de los adversarios, rara vez los nombraba, pero sí atacaba con claridad a las ideas que estos representaban. Brandt, efectivamente, entendía a la política como lucha de ideas y sus frases cumplían la función de ir poniendo marcas en el camino recorrido. En cierto modo él era un historiador del presente. De ahí la importancia que concedía a los signos y a los gestos. Como cuando por ejemplo se arrodilló frente al monumento a las víctimas del levantamiento del Gheto de Varsovia (1970): pocos entendieron el sentido de ese gesto: El Canciller de la nación más poderosa de Europa, pese a todo su poder, yacía arrodillado.

Los enemigos conservadores de Willy Brandt no tardaron en criticarlo. “Un canciller no se arrodilla jamás”, dijo en su acostumbrado estilo Franz Joseph Strauss. Según encuestas, más del 50% de la población alemana no estuvo de acuerdo con el gesto de Varsovia. Su misma esposa Ruth dijo: “Eso no estaba planeado”. ¿Qué pasó por la cabeza de este hombre? Helmut Schmidt, siempre cáustico, dijo a su vez: “Yo nunca lo habría hecho”. Por supuesto, Schmidt no era Brandt.

La razón dada por Brandt a su arrodillamiento no pudo ser más sencilla. “Sentí que poner una corona de flores no bastaba. Era muy poco. Había que hacer algo”. El sentimiento y la emoción precedieron a su pensamiento. El canciller mostró así que hay momentos en que las palabras y los rituales no bastan para expresar el dolor y el arrepentimiento. Por eso Willy Brandt pidió perdón a todas las víctimas de esa pandilla de des-almados (seres sin alma) que se apropiaron del Estado y corrompieron a su propio pueblo.

Un año después, en 1971, cuando le fue concedido a Willy Brandt el Premio Nobel de la Paz, todas las fotografías de los periódicos volvieron a mostrar al gran estadista arrodillado. Recién ahí fue entendido lo que había querido decir Willy Brandt con su gesto de Varsovia.

Hoy lo entendemos más que antes. Brandt se arrodilló frente a las víctimas del nazismo, pero también mostró al mundo que todo el poder de la tierra, ese poder del cual el mismo era uno sus representantes, no termina en sí. Que más allá del poder del mundo hay otro poder al que debemos tributo y humildad. Un poder situado sobre y más allá del poder. Un poder frente al cual todos los poderes del mundo deberían inclinarse. Nunca fue más grande un estadista como cuando Willy Brandt se arrodilló frente al verdadero poder.

Pero no nos engañemos. Willy Brandt era un político y por lo mismo gustaba del poder. La diferencia es que Brandt sabía que no hay nada más circunstancial y efímero que el poder político. ¿Fue esa la razón por la cual, cuando se desató el vendaval originado por el caso Guillaume (secretario personal de Brandt, descubierto como espía de la Alemania comunista) Brandt decidió renunciar? Incluso Helmut Schmitt, su interno competidor, se tomó la cabeza a dos manos: “¿Va a renunciar Willy por esa mierda (Guillaume)?”. 

Las verdaderas razones de la renuncia de Brandt (1974) fueron conocidas tiempo después. Ellas venían desde antes del caso Guillaume. Brandt renunció porque no se sentía apoyado en su propio partido. Sencillamente no era capaz de resistir las conspiraciones dirigidas por el implacable Herbert Wehner. Él no estaba hecho para eso. Según la mayoría de los opinadores políticos alemanes, el gran defecto de Willy Brandt era su extrema sensibilidad.

Brandt no tenía la “piel dura” que requiere un luchador político. No las críticas, sino las intrigas, acrecentaban sus congénitas tendencias depresivas que lo llevaron incluso a hundirse en el alcohol. Quienes le conocieron señalan que tampoco soportaba bien las ofensas de sus enemigos. Le gustaba el poder y lo perseguía, no cabe duda. Pero no a cualquier precio. Eso lo hacía diferente con respecto a sus colegas. 

¿O quizás sabía Brandt que el verdadero poder político no solo reside en su instrumentalidad? Puede que hubiera entendido que, alejado del gobierno, podía tener incluso más poder, como efectivamente lo tuvo. No por cierto el poder de mandar a los demás, sino otro poder inspirado en el reconocimiento, en la inteligencia y en la razón. Podría ser también –desde el punto de vista historiográfico no hay que descartar nada– que sin ser plenamente consciente de lo que hizo, Willy Brandt hubiera anticipado con su renuncia una nueva era, una en la cual la sensibilidad y la decencia también puedan ser consideradas grandes virtudes políticas. 

Lo único seguro es que de esa nueva era estamos todavía muy lejos.

 

 

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