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Opinión 26 09 2016

Colombia: la conciliación de lo inconciliable


Autor: Rodolfo Terragno









Publicado en Clarín el 24 de septiembre de 2016

Hay un momento en el que enemigos irreconciliables se reconcilian. Es cuando unos y otros pierden la esperanza de vencer. Ocurre, sobre todo, en las guerras civiles. Pero la paz no puede ser abrupta.

Las dos partes necesitan mostrar que la lucha no ha sido en vano. Y como ambas necesitan lo mismo, se asocian: para que una exhiba un logro, la otra debe admitir un fracaso. Las negociaciones de paz consisten en repartir logros y fracasos (reales o ficticios) por partes iguales.

Esa fue la ardua transacción que, desde 2012, mantuvieron en La Habana el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP o, para simplificar, FARC), que a partir de 1964 intentaron llegar al poder por medio de las armas.

Ni las FARC podían cumplir su objetivo ni el gobierno podía aniquilarlas. Fue eso lo que permitió llegar al “Acuerdo General para la terminación del conflicto”, suscrito en la propia Habana, que la ciudadanía colombiana deberá validar en las urnas el próximo domingo.

Lo notable es la audacia y maestría que mostraron las partes. El presidente Juan Manuel Santos arriesgó mucho. Aceptó negociar con las FARC de igual a igual. Como si Colombia no fuera un Estado y las FARC no fueran una violenta facción antidemocrática.

No se negó, además, a negociar en la tierra de Fidel Castro, tradicional sponsor de guerrillas latinoamericanas. Y admitió que, si el conflicto duró décadas, fue porque los sucesivos gobiernos de Colombia no removieron “las condiciones que dieron lugar” a una guerra tan larga.

También las FARC arriesgaron mucho. Se sentaron a pactar con el Diablo. Renunciaron a la idea de la “patria liberada”. Y negociaron esa “sangre derramada” que toda guerrilla declarada no negociable.

Los halcones de uno y otro lado no pueden contener su cólera. Hay políticos que quieren ver en Santos un jefe de Estado claudicante que se arrodilló ante los guerrilleros. Y hay revolucionarios que ven un imperdonable traidor en cada líder de las FARC. Por suerte, los halcones son pocos. Aunque no tan pocos si se les suma a quienes, por haber perdido seres queridos en la contienda, no tienen capacidad de perdón.

Pero la clara mayoría de los colombianos –como lo demostrará el referéndum– no quiere seguir bajo una espada de Damocles ni contar cadáveres a diario.

Por otra parte, con el acuerdo no sólo se liberarán de miedos y duelos. Con lo pactado en La Habana vienen, también, progresos económicos y amplias cuotas de justicia social.

El gobierno ha logrado más de lo que se esperaba: 1. La guerrilla entregará, a lo largo de 180 días, todas sus armas a las Naciones Unidas. Parte de ellas será fundida para crear tres monumentos a la paz, que serán emplazados en Nueva York, La Habana y un lugar aún indeterminado de Colombia. Los miles de guerrilleros serán reunidos, para iniciar su desmovilización, en 23 áreas bajo control de las Naciones Unidas.

2. Además las FARC removerán las minas antipersonales, artefactos explosivos improvisados y municiones que existen en las zonas que tuvo bajo su dominio por años.

3. El Estado recuperará el ejercicio de la soberanía sobre la totalidad del territorio nacional. Si bien se creará una Comisión para el esclarecimiento de la verdad, la convivencia y la no repetición –un organismo extrajudicial, dedicado a hurgar primero en la memoria y promover luego el olvido– esa comisión no podrá garantizar impunidad a quienes, fuera de los enfrentamientos militares, hayan cometido crímenes.

Estos serán juzgados (claro que con cierta benevolencia) en una Jurisdicción Especial para la Paz, que condenará tales crímenes, tanto los cometidos por guerrilleros como por agentes del Estado. Los que se declaren culpables tendrán 5 a 8 años de “libertad restringida” y deberán trabajar en la limpieza y restauración de las zonas donde se desarrolló el conflicto. Los que nieguen su culpa, una vez probada en juicio, pasarán de 5 a 8 años en la cárcel. También habrá una unidad para determinar el destino de las “personas dadas por desaparecidas”.

La guerrilla podrá, por su lado, ufanarse de haber forzado la adopción de medidas populares que, se supone, el gobierno no habría adoptado por su cuenta.

Habrá un programa de “erradicación de la pobreza rural extrema y disminución en un 50% de la pobreza en el campo en un plazo de 10 años”. Un “fondo de tierras” repartirá unidades productivas entre campesinos sin tierra o con tierra insuficiente. Se escriturarán tierras ocupadas y trabajadas por campesinos sin título.

Conforme un plan de obras públicas, se construirán caminos y se dará riego, drenaje, electrificación y acceso a Internet en zonas hoy marginales. Los trabajadores rurales tendrán, todos, obra social.

Por otra parte, las FARC festejarán haber ganado garantías para “la movilización y la protesta” de movimientos y organizaciones sociales, así como el derecho de presentarse a elecciones legislativas y participar en el “control ciudadano” de los actos de gobierno, a fin de garantizar su transparencia.

El acuerdo de ejecución más difícil será, para las FARC, el que las obliga a cooperar en un programa de sustitución del cultivo de coca (en las áreas que dominó la guerrilla) y en la tarea de “desarticular y judicializar” redes de narcotráfico, con varias de las cuales la propia guerrilla tuvo vínculos.

Federico Renjifo Vélez, ex secretario de la Presidencia y ex ministro del Interior de Santos, dice que ahora se debe esperar el cumplimiento del acuerdo: “Una cosa es la construcción y otra la ejecución”.

Pero lo construido es admirable. Habrá, sin duda, problemas en convertir en conducta todo lo que se convino. Sin embargo, lo que arriesgó, lo que cedió cada una de las partes, convierte al acuerdo con las FARC en un modelo de negociación pragmática y exitosa.

Link: http://www.clarin.com/opinion/Colombia-conciliacion-inconciliable_0_1656434436.html