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Opinión 10 01 2020

Alberdi, pobreza y política exterior


Autor: Eduardo A. Moro









Ausentes el trabajo y el ahorro organizados para el interés general, la pobreza es su resultado natural, y ella coexiste con los más felices climas y territorios, cuyos poseedores arrogantes pueden presentar el cómico espectáculo de una opulencia andrajosa. La pobreza y la riqueza social residen en el modo de ser moral, en las costumbres de labor, en hábitos de vida generados con educación, esfuerzo y espíritu asociativo.

Concepto escrito hace siglo y medio en la Introducción a los Estudios Económicos de Alberdi. Nos castiga hoy –a la dirigencia-  como un latigazo frente a los resultados actuales de nuestros intentos fallidos de construir una nación justa consigo misma: con sus habitantes.

Esta relectura de Alberdi apunta a señalar la urgencia en desnudar y avergonzarnos de la pobreza estructural de millones de compatriotas, con tendencia a agravarse, acentuada por inequidades entre sectores de su población.  Y a superar narcisismos excluyentes que siempre trasladan a  los otros la responsabilidad. Mientras no aceptemos que –como nación democrática- somos partes diversas de un todo, que debemos compartir la construcción del futuro coordinando esfuerzos positivos sostenibles en el tiempo, hacia adentro y hacia afuera, cuidando el interés nacional, nuestro país seguirá profundizando y ampliando la pobreza de sus habitantes.

Alberdi ha sido considerado un economista institucional, que al igual que Adam Smith -bastante antes- en La Riqueza de las Naciones,  llega a la economía social por su honda preocupación sobre lo que entonces se denominaba “filosofía moral” y hoy podríamos llamar ciencias políticas o sociales. Tratemos pues de adecuar la interpretación de su literalidad con las transformaciones habidas posteriormente hasta llegar a nuestro tiempo.

Cuando advierte que hay pueblos pobres que habitan suelos ricos, así como pueblos ricos que habitan suelos pobres, aconseja para Sud América la necesidad de estudiar las causas de su pobreza para salir de ella, habida cuenta de que no sería una crisis circunstancial sino un hecho secular y que su primera dificultad es ignorar o negar su condición de pobreza, en la persuasión de que es rica, tomando como riqueza lo que son sólo atributos o instrumentos para ayudar a salir de la pobreza.

El clima, el suelo, las montañas, los ríos y mares son aptitudes naturales notables, pero de nada sirven si no son eficazmente activadas por el ser humano, que es el único productor de riqueza social. Se trata pues de virtudes, cualidades o actitudes del hombre civilizado actuando laboriosa y coordinadamente sobre los elementos, y no sólo por la mera existencia de los recursos naturales  o disponibilidad en el lugar.

Hay una enorme distancia entre ese concepto, y la famosa frase: somos tan ricos que estamos condenados al éxito! dicha con pecho inflamado y presunta sabiduría experimentalque en realidad conduce a descansar eternamente en la pasividad del acontecer espontáneo de las cosas, limitándose a cosechar los frutos que naturalmente producen los bienes no creados por el trabajo y la imaginación del hombre.  Resultado: Un mundo feliz, pero con el significado paradojal que le asignó Aldous Huxley en la distopía así llamada.

Mucho tiempo antes de la ONU, los acuerdos de post guerra, la globalización, la OMC, la Unión Europea y la cuarta revolución industrial, etc., etc., inquieto por la nación en germen, además de proponer sus Bases constitucionales, Alberdi se preguntó: ¿ Puede un país naciente y desierto casi, tener política exterior ? Y se responde con otro interrogante: ¿Puede un país naciente no tener política exterior? Obviamente, pensaba en relaciones internacionales plurales y de coincidencias decentes y pacíficas, en la búsqueda de una comunidad internacional civilizada, no en negociados ocasionales ni en dispendios geopolíticos caprichosos y peligrosos como pretexto para salir de dificultades internas circunstanciales.

El pueblo que conforma una joven nación, como el ser humano que empieza su vida, es el que más necesidad tiene de apoyos externos, porque si de crear se trata una nación, esa creación es un desafío de crecimiento, de desarrollo de las potencias dormidas. Lo contrario sería un concepto estacionario, casi burocrático y doméstico de la vida nacional, que se limitaría a administrar lo que ya existe, sin otra aspiración colectiva.

Esas fueron algunas de sus obsesiones acerca del porvenir de su patria, que llevará toda su vida -como una obstinada herida-, lo que su gran admirado Mariano José de Larra llamará el problema nacional. Alberdi mismo describió el azaroso itinerario a donde lo llevaron sus convicciones: "Toda mi vida se ha pasado en esa provincia flotante de la República Argentina que se ha llamado su emigración política (…)  La vida de un ausente que no ha  salido de su país (…)".