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Opinión 26 12 2019

La democracia es un régimen de autolimitación ¿se entenderá?


Autor: Hugo Quiroga









Vivimos en una era de volatilidad que genera procesos disruptivos en las formas democráticas y en los sistemas políticos. Un tiempo marcado por el desconcierto y la perturbación. El ascenso del populismo, los avances de la extrema derecha, la xenofobia, el resurgimiento del nacionalismo extremo, aparecen justamente en los déficits de la democracia liberal.

Este cambio de época nos obliga a volver comprensible el movimiento de la historia, a interpretar el rumbo de la sociedad, a conocer las modulaciones de la conciencia de una época. La incesante revolución tecnológicamodifica el régimen de interrogantes en contexto de incertidumbre, que nos llevan a pensar el presente. Esos interrogantes giran en torno a lo social, a la globalización financiera, a la violencia urbana, al cambio de actores políticos y a la revolución comunicacional.

La democracia como fenómeno global prevalece en todas partes, con sus propias singularidades, pero con signos inquietantes que revelan una fatiga democrática, con degradaciones institucionales y mutaciones en el sistema político.

Ante todo, las filosofías del antiliberalismo, tanto en su doctrina como en su acción política, se han reinstalado con fuerza en esta época histórica. El antiliberalismo político y económico se encuentra hoy representado por un vasto conglomerado de derecha e izquierda, que combate con ideologías fluctuantes a la democracia liberal. Ese conglomerado existe como fuerza política y como clima cultural.

Las señales más ostensibles plantean severos desafíos a las élites. Primero, la descomposición del sistema político tradicional, con variables diferentes según los países, por la crisis de los partidos políticos, por el malestar con la representación, por la fluctuación del voto, por la disolución de las identidades políticas masivas, por las grietas que se abren en el edificio institucional.

Segundo, el resquebrajamiento del sistema de confianza democrático sobre el que se estructura toda sociedad. La confianza es el cemento de la estructura institucional de un Estado sin el cual las paredes se derrumban. El problema se ahonda justamente por la falta de capacidad de los gobiernos de generar confianza entre los ciudadanos. El orden político, como el monetario, encuentran en la confianza social su principio de legitimidad.

Tercero, las revueltas urbanas son motines violentos, anómicos, que carecen de programas estratégicos, de líderes, y de proyectos de emancipación.

Las revueltas no se explican solamente por factores económicos, sino también por la deshumanización e invisibilidad a la que son sometidas poblaciones muy numerosas. Hay capas subterráneas de descontentos que emergen abruptamente, de manera inesperada con la intención de hacerse oír, porque el sistema representativo las excluye del espacio público común.

Como lo vemos diariamente, en el mundo se ha extendido la violencia arrolladora: Chile, Hong Kong, Líbano, Colombia, Ecuador, Paris, son algunos ejemplos. La dislocación del sistema político en la región evidencia situaciones de descomposición social y de graves deficiencias institucionales: golpe de Estado en Bolivia (con críticas de Lula por la aspiración de Evo a un cuarto mandato), la dictadura militar en Venezuela, el reclamo de derechos en Chile, la escasez de oportunidades en Colombia. Las posiciones atemorizantes de Bolsonaro en Brasil. ¿Hacia dónde vamos?

En ese mundo tan enrevesado la Argentina está inserta con sus propios problemas. Así, se sitúa en la abrumadora e importante percepción de una realidad impredecible.

En 1979, el número 2 de Cuadernos de Marcha de Uruguay tenía como título “Argentina, la gran frustración”. Durante décadas la Argentina ha vivido un ciclo de contrastes entre las esperanzas y las decepciones, que se han agravado hoy, y que tira por la borda la idea de un movimiento ascendente de la historia. He ahí nuestra decadencia; el porvenir de la democracia no está definitivamente asegurado. La democracia no escapa a esta incertidumbre.

A grandes rasgos, el período que se abre no podrá desprenderse tan simplemente de la “emergencia permanente” que reviste un carácter estructural, ya que su dominio no se circunscribe a los poderes excepcionales del Presidente frente a la emergencia económica, sino que se extiende a otros aspectos de la vida colectiva: la emergencia alimentaria, la habitacional, la ocupacional, la de seguridad, la energética, la del transporte.

Los acontecimientos de los últimos cuatro años, que se encadenan con los anteriores, dejan un país con diecisiete millones de pobres. En julio de 2016 el ex presidente Macri declaró que pretendía ser juzgado por la pobreza: “Si cuando termino mi mandato no bajé la pobreza, habré fracasado”. Junto a la inflación, es la tarea más pesada que recae en el nuevo gobierno.

En el nuevo tablero político se abre más bien un sistema bipolar antes que uno bipartidista, en un marco de extrema y temerosa polarización. No hay dos partidos en frente uno del otro, sino dos coaliciones frágiles, con sus contradicciones y tensiones internas. Son dos hemisferios políticos distintos, sin que esto signifique visualizar una sociedad que se hallaría en estado de perpetua agitación. Con la última elección hubo un vuelco en la arena política y la ciudadanía dejó poco margen para las “democracias hegemónicas” y para líderes encarnados.

A la Argentina le falta encontrar además el camino del laicismo, un espíritu público laico. La política debe ser laica (lo que no quiere decir irreligiosa) para que la democracia no se deforme. A la vez, ¿cómo terminar con una sociedad corporativa? El desafío es gigantesco, y requiere del cuidado colectivo de nuestra democracia. La democracia es un régimen de autolimitación, como ha sido llamada por Alain Rouquié. Es la expresión de la necesidad de una limitación mutua y de una acción cooperativa.

Publicado en Clarín el 11 de diciembre de 2019.

Link https://www.clarin.com/opinion/democracia-regimen-autolimitacion-entendera-_0_QY6aGPkJ.html