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Opinión 12 11 2019

Los setenta años de la República Popular China


Autor: Max Povse









El 1 de octubre pasado, la República Popular China cumplió setenta años. Más allá de los espectáculos públicos y el enorme desfile militar en la Plaza de Tiananmen, que sorprendieron al mundo entero, esta fecha tiene una significación especial, no para China, sino para su Partido Comunista. Bien saben sus dirigentes que el sostenimiento de su poder sobre la segunda economía del mundo, en el marco de un régimen autoritario pende de un hilo constantemente. Del hilo del bienestar social.

Para hacer un sucinto relato de lo que han significado estos setenta años para el Partido Comunista, se deben tener en cuenta no solo los mitos fundacionales de la República Popular, sino también los desafíos que esta debió soportar –tanto internos como externos–, y los mecanismos –hasta ahora exitosos– a los que recurrió para sortearlos.

En 1949, luego de más de una década de guerra (primero contra los japoneses, luego contra los nacionalistas), Mao Zedong, fundador del Partido Comunista, entronizaba su liderazgo, ya no solo sobre un partido político, sino sobre el Estado chino. Con sus adversarios replegados en la isla de Taiwán, Mao se vio con la vía libre para imponer la estructura del Partido sobre el Estado –en realidad, sobre lo poco que quedaba del Estado–.

Con planes quinquenales, el proyecto del Gran Salto Adelante y una imperiosa necesidad de reconstruir una economía devastada, los planes de Mao no tuvieron los resultados esperados, en parte por el bajo piso desde el que se partía, y en parte porque el comunismo no lograba encontrar un enemigo al cual enfrentarse (clásicamente, la burguesía) en un país que aún no había entrado en una etapa clara de industrialización.

El fracaso del Gran Salto Adelante, que mató de inanición a varios millones de personas, hizo resquebrajar el poder Mao a fines de los cincuenta, tan solo a una década de comenzado el experimento comunista. La respuesta fue clara: el problema de China es la vieja China y el capitalismo. El tradicionalismo y el liberalismo fueron atacados por igual como enemigos del pueblo, estableciendo así la primera contradicción principal del Partido: la que se yergue entre el crecimiento económico y la burguesía (término con el que se refería a cualquier clase dominante que no fuera el Partido).

La Revolución Cultural marca el final del gobierno de Mao, y muestra una constante de los sistemas autoritarios: ante pobres resultados económicos, la manera de mantenerse en el poder es a través de la fuerza. Dicha Revolución estuvo compuesta por una serie de políticas que buscaban modificar el estilo de vida de los chinos, llevando adelante purgas de a millones para ello. Con un saldo de decenas de millones de muertos en su haber, Mao murió en 1976 dejando un país devastado por una economía extremadamente débil, un Partido plagado de internas y purgas recíprocas, y un relativo aislamiento internacional que hacía de China el gigante comatoso del mundo.

En 1978, Deng Xiaoping asumió el gobierno y comenzó la segunda generación de los líderes chinos, que se enfocó en tratar correctamente al gigante y ponerlo de pie. Con la Reforma y la Apertura, Deng priorizó a partir de los ochenta el crecimiento económico, cualquiera fuera su costo. Para ello, se creó el concepto “socialismo con características chinas” para justificar el viraje hacia el libre mercado del Partido Comunista. En los noventa, el gigante se despertó por completo y comenzó su meteórica recuperación, multiplicando su PBI per cápita por casi treinta en los últimos treinta años.

China se convirtió en una potencia económica en base a bajos salarios, un enorme ejército industrial de reserva, y pocas trabas burocráticas para efectuar los cambios necesarios en la economía para hacerla más atractiva a los capitales internacionales. El gigante, pasó así de ser un paciente olvidado del escenario internacional a ser la estrella del capitalismo de la pos Guerra Fría. Con la gran cantidad de zonas económicas especiales, y la recuperación de Hong Kong en 1997 y Macao en 1999 bajo el precepto “un país, dos sistemas”, China era vista como el ejemplo de un tratamiento exitoso de capitalismo, y de lo que debían hacer los países en desarrollo para crecer y llegar al nivel de los países industrializados.

Claro que no todo era color de rosa, y en 1989, un sector de la sociedad movilizado principalmente por estudiantes, artistas e intelectuales, tomó la Plaza de Tiananmen, la misma donde hace semanas Xi Jinping festejó los setenta años del Estado comunista. Occidente quedó impresionado por la mano dura de Deng a la hora de reprimir el movimiento democrático, y la esperanza de que el deshielo soviético contagiara a su vecino asiático quedó trunca a los pocos meses. La dirigencia del Partido demostró una vez más que, cuando el crecimiento económico no es suficiente, la opción B para mantener el poder siempre son las armas.

Ya en la quinta de generación de líderes, Xi Jinping, líder supremo del país desde 2013, se propuso eliminar definitivamente la amenaza de democratización que implica la creciente clase media china, que hoy explica casi un tercio de la población, porcentaje que se espera que aumente hasta alcanzar la mitad hacia 2030. Para ello, Xi desechó la “política de 24 caracteres” pensada por Deng, que implicaba mantener un perfil bajo y no buscar liderazgo en el escenario internacional.

Dado el tamaño del poder económico logrado en las décadas pasadas, el Partido consideró con la elección de Xi como líder que China ya se encontraba en condiciones para mostrar sus cartas y ejercer el rol de liderazgo –al menos regional– que había perdido con el Siglo de Humillaciones. El instrumento para “salir al mundo” que se fraguó es la Iniciativa de la Franja y la Ruta de Seda, un megaproyecto que ya suma inversiones en setenta países en el marco de los corredores económicos de Eurasia, pero que duplica dicho número a nivel global.

El objetivo de la Iniciativa es, hacia afuera, proyectar la presencia china y consolidar su poder económico a través de inversiones, tratados de libre comercio y préstamos, y hacia adentro, construir la idea de que China es una potencia, y lo es gracias al Partido Comunista.

En esta idea se centra la concepto del “sueño chino del rejuvenecimiento de la nación” (cualquier parecido con el American Dream es pura coincidencia), que les plantea a los ciudadanos chinos que el statu quo es bueno, y será cada vez mejor. Esta posición conservadora sobre la política choca con los vaivenes económicos, que son los que en última instancia determinarán si el Partido podrá lograr la concreción de dicho “sueño” en 2049 con la conclusión de la Iniciativa, y celebrar su centenario en el poder.

Este año, las protestas en Hong Kong y el escándalo por los campos de “reeducación” de musulmanes en Xinjiang, han puesto una vez más el foco sobre las tensiones sociales que subyacen a la aparentemente armoniosa sociedad china. En ambos casos, las políticas del Partido son claras: para que la armonía continúe, se debe homogeneizar a la población, religiosa, política y económicamente.

Cómo el Partido enfrente estos desafíos, y principalmente, cuánto use la fuerza para lidiar con las tendencias democratizadoras, será clave para el escenario que viene: una sociedad relativamente rica al borde de la desaceleración económica bajo un rígido sistema autoritario. El alcance de los incentivos colectivos, tales como el “sueño chino” también será determinante para lograr prevenir episodios de efervescencia social que pongan en jaque el liderazgo del Partido.

Hoy, el gigante está de pie y más fuerte que nunca, pero presenta síntomas poco auspiciosos. La destreza de los médicos del Partido es lo único que puede evitar la reaparición de viejos males.