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Opinión 16 08 2019

Las elecciones en la historia argentina


Autor: Eduardo Lazzari









Los argentinos hemos incorporado, afortunadamente, la costumbre de votar cada dos años a los mandatarios y representantes que la Constitución Nacional, las constituciones provinciales y las leyes orgánicas ordenan para conducir los destinos del país, de las provincias y de los municipios a lo largo y a lo ancho de la Argentina. Desde 1983 las instituciones se rigen por los principios que desde los orígenes de la organización nacional se han establecido, y este año alcanzaremos los 36 años consecutivos de vigencia del régimen republicano, representativo y federal que nos caracteriza frente a los demás países de la tierra.

Sin embargo, no siempre el sufragio popular se ha realizado a través de los mismos mecanismos, y en este día de fiesta cívica, bueno es recordar las distintas formas que el voto fue desarrollando a lo largo de los años, desde aquellos primeros votos patrióticos en los cabildos abiertos de 1806, 1807 y 1810, los congresos generales, las primeras legislaturas (que se arrogaban luego de elegidos sus miembros el nombramiento de los gobernadores de provincias) y las elecciones de autoridades en todos los niveles del Estado, hasta llegar al voto universal, secreto y obligatorio que ejerceremos hoy todos los argentinos.

 

El voto en la época colonial

La llegada de los españoles a América en 1492 tuvo diversas facetas, entre ellas la ocupación militar del territorio, la fundación de ciudades a la usanza europea, la implantación de la religión católica a toda la población y la organización de las instituciones que convirtieron al imperio español en algo original, ya que las llamadas colonias en realidad eran una prolongación de la organización estatal en la metrópolis española. Los virreinatos, los gobiernos, las intendencias y los corregimientos (órganos ejecutivos); y las audiencias y los consulados (órganos judiciales) eran ocupados por funcionarios nombrados en forma directa por el rey, así como los obispados eran provistos por hombres elegidos por el rey y aprobados por el Papa.

La creación de los cabildos, a usanza de los ayuntamientos españoles, dio lugar a los primeros organismos institucionales de carácter electivo en el continente americano, ya que en los imperios y reinos precolombinos no existía ningún tipo de mecanismo electivo para los espacios del poder. Ya en el siglo XVI la pertenencia a los cabildos se convirtió en una aspiración política difundida, sobre todo entre los habitantes que progresaban en el ejercicio de sus profesiones y sus oficios. España distinguió desde el principio entre los peninsulares (nacidos en España) y los criollos (nacidos en los territorios coloniales). El avance de los criollos en las economías y en las sociedades locales impuso una presión que derivó en la aceptación de la figura del “vecino” para la discusión de la problemática de carácter municipal.

El vecino puede definirse como un habitante de las ciudades americanas que estaba habilitado para las discusiones en los cabildos, una vez que cumpliera ciertas condiciones. Funcionaba como un título nobiliario, similar a los hidalgos de Castilla, de carácter personal no hereditario, para aquellos hombres que eran propietarios, jefes de familia, de profesión honorable o comerciante acreditado, jefes de regimientos, superiores de conventos masculinos, capellanes de conventos femeninos, obispos y funcionarios reales. Las reuniones de estos vecinos eran, en la gran mayoría de los casos, cabildos abiertos donde las discusiones eran libres, regenteadas por el funcionario real de mayor rango, y sus decisiones aceptadas institucionalmente.

La historia argentina tiene tres hitos en los cabildos abiertos del 14 de agosto de 1806, que impuso al virrey Rafael de Sobremonte la delegación del mando militar de Buenos Aires en el líder de la Reconquista, Santiago de Liniers; del 10 de febrero de 1807 que destituye a Sobremonte y envía su poder a la Real Audiencia de Buenos Aires; y el más conocido de todos, el del 22 de mayo de 1810, que dispuso el cese del virrey Baltazar Hidalgo de Cisneros, hecho que derivó en la revolución del 25 de Mayo, donde fue elegida la Junta Gubernativa del Río de la Plata, la primera Junta. En estos eventos de discusión y votaciones, participaron entre trescientos y quinientos vecinos, y marcan el inicio del poder del voto en las decisiones políticas de nuestras tierras.

 

El voto entre la independencia y la organización nacional

 

Las convulsiones propias de los tiempos de la Revolución y de la guerra de la Independencia no fueron óbice para la manifestación de la opinión pública, que fue diseñando un sistema institucional consuetudinario que intentó a lo largo de los años llegar a una constitución, fracasando los tres primeros congresos constituyentes que tuvieron ese propósito. Tanto la Asamblea General del año 13, el Congreso General de 1816 como el Congreso de 1824 estuvieron compuestos por diputados elegidos en forma directa, pero por métodos no establecidos previamente a la elección. Generalmente fueron los cabildos los que cumplieron esa misión.

La importancia de estos representantes de los pueblos fue tal que nunca se cuestionó su legitimidad en función de la forma de elección. Entre las consecuencias de la adopción de la democracia como sistema de gobierno, a pesar de las dudas existentes sobre el mismo, es decir la discusión entre monárquicos y republicanos, fue la ampliación del padrón de electores, que de los cerca de mil quinientos vecinos, sumados todos los cabildos coloniales, se pasó a una cifra cercana a los seis mil sufragantes hacia fines de la guerra de la independencia, en 1824. Es cierto que no existía ninguna garantía para la emisión del voto como las existentes actualmente, pero tampoco había conciencia de la necesidad de las mismas.

Luego del año 20, cuando comenzó la construcción institucional de las provincias argentinas, fueron haciéndose comunes las elecciones para los representantes del pueblo en las legislaturas. Sin constituciones que avalaran establemente el sistema, la costumbre hizo que los gobernadores fueran elegidos por los diputados, estableciendo la forma indirecta que más tarde sería adoptada por el sistema institucional argentino para la elección de los presidentes y los senadores nacionales, y la mayoría de los gobernadores. Para 1835 puede afirmarse que la cantidad de ciudadanos varones que participaban, en condiciones diversas de libertad de conciencia, de las contiendas electorales, alcanzaba unos 35.000 sufragantes en las catorce provincias históricas de la Argentina.

La elección más curiosa de este tiempo fue la realizada en el atrio de la capilla de San Roque, en Buenos Aires, en diciembre de 1828, luego del derrocamiento del gobernador Manuel Dorrego por parte de las tropas del ejército nacional llegadas de la guerra contra el Brasil al mando del general Juan Lavalle. Los vecinos más notables se reunieron allí y proclamaron al sublevado como nuevo gobernador agitando los sombreros. Pasó a la historia como la “revolución de los sombreros”.

 

El voto de la Constitución Nacional

La firma de la Constitución Nacional y su proclamación el 1° de mayo de 1853 marcó el fin de los tiempos de las instituciones consuetudinarias, o sea por costumbre, y la adopción de un sistema de gobierno que hasta hoy es el que rige, con pocas modificaciones, a la República Argentina. La idea de Juan Bautista Alberdi de fundar un Estado bajo los cánones de la división de los tres poderes, dos de ellos compuestos por funcionarios electivos con periodicidad de mandato, dio origen a un método electoral que en menos de sesenta años, desde 1854 a 1912, se convirtió en uno de los más modernos del mundo, que sobrevive hasta hoy con las mismas características y que, más allá de episodios puntuales y aislados, ha dado legitimidad a las autoridades que resultaron elegidas de esta manera.

La característica de elección indirecta para los presidentes argentinos, vigente desde 1853 hasta la reforma de 1994, con las excepciones de 1951 y 1973, por medio de un colegio electoral formado por representantes elegidos en la proporción de 2 a 1 de los legisladores nacionales que le correspondían a cada provincia, produjo el fenómeno de una mayor participación desde que Justo José de Urquiza fue elegido presidente de la Confederación Argentina en 1853.

Las mesas para la emisión del sufragio se reunían el día de la elección en los atrios de las iglesias, por su condición de lugar abierto y referencial, en tiempos en que no existían edificios escolares, y el voto se producía una vez que el ciudadano podía demostrar su condición de tal, lo que era bastante aleatorio, y generalmente era a viva voz. Sin duda, eso facilitaba el amedrentamiento que el votante sufría por las “barras” de simpatizantes de los candidatos, sobre todo en los casos de elecciones de diputados o concejales. Aquí nace la costumbre en las grandes ciudades argentinas de llamar “parroquias” a las circunscripciones electorales. Un dato curioso para recordar es que en los territorios nacionales, es decir Chaco, Formosa, Misiones, Neuquén, La Pampa, Río Negro, Chubut, Santa Cruz, Tierra del Fuego y Los Andes (desaparecido como jurisdicción en 1944), los habitantes no tenían derecho al voto para cargos nacionales ni provinciales.

Con el tiempo se abrieron registros previos para el ejercicio del voto, se incorporaron urnas de madera o de cerámica para introducir en ellas papeles manuscritos o impresos con los nombres de los candidatos, pero los “aprietes” y la “influencia” de personajes que comenzaron a ser llamados “punteros”, porque registraban los votos emitidos, y además controlaban que sus “amigos” cumplieran con los compromisos. Así nació la costumbre de saludarse con frases como “No se equivoque, amigo” o “Bien cumplido su deber”. El ejercicio del voto bajo estas condiciones, en las que incluso se llegaba a la violencia física, dio lugar a un debate que concluyó en 1912.

La Argentina había tenido un extraordinario progreso en los aspectos sociales, educativos, económicos e institucionales, que había colocado al país entre las grandes naciones de la tierra, por lo que las clases dirigentes, que habían mantenido una visión elitista de la cosa pública, discutieron y aceptaron que una república como la nuestra no tenía un sistema electoral de acuerdo al grado de evolución al que había llegado la sociedad. Será tarea del presidente Roque Sáenz Peña emprender la más grande reforma electoral de la historia argentina. Esa será la historia del próximo domingo.

 

Publicado en El Liberal el 10 de agosto de 2019.

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