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Opinión Julio 11, 2019, 3 03pm

45 años de peronismo sin Perón: en todos lados, y en ninguno


Autor: Jorge Ossona


Un sentimiento de orfandad se diseminó en toda la sociedad aquel mediodía tormentoso del 1° de Julio de 1974. Moría un Perón que, por fin, había logrado su cometido: el reconocimiento casi unánime de ser el único capaz de encarrilar a un país caótico. Pero también un Perón decepcionado y perplejo por una herencia inimaginada, como probaban los juramentos incondicionales de lealtad y subordinación contradichos por una afinada cultura contenciosa.
El estupor y la congoja incubaban un interrogante no menos brutal: el porvenir inmediato del gobierno de su viuda. ¿Una prueba de su concepción dinástica del poder o una imposición corporativa? Hasta el día de hoy se sigue discutiendo con argumentos convincentes en uno y otro sentido. La debacle eclipsó otra duda contra fáctica ¿Y si con otro hubiera sido peor?
Los militares antiperonistas que retomaron el poder en 1976 prescindieron de enlodar su memoria como en 1955. Un reconocimiento tácito de que su muerte en la Argentina, luciendo el uniforme de general de la Nación y maldiciendo a la guerrilla, había disipado el riesgo de convertirlo en un acechante mito de la nueva izquierda insurreccional. Un destino, al cabo, paradojal para aquel coronel estrella de la Revolución de 1943 cuyo designio fue disputarle las bases sociales a un sindicalismo comunista en ascenso, al que arrojo a la marginalidad política.
La sombra de su ausencia retorno fuerte en 1981, cuando el extravío de la dictadura reabrió las compuertas de los partidos políticos, entre los que el justicialismo había dejado de ser un paria. Parecía por fin la hora de la “organización” que “vence al tiempo”. Pero la vertiginosidad de la retirada castrense tras la derrota en las Malvinas hizo reaparecer viejos fantasmas que también había diagnosticado en vísperas de su vuelta: su gregarismo congénito.
El camino lo trazo paradojalmente Raúl Alfonsín, el último caudillo radical portador de un estilo sanguíneo más afín al suyo, que derrotó en 1983 a Italo Lúder, aquel del insigne constitucionalista cuyas maneras refinadas en alguna oportunidad el General confesó recordarle al peluquero de su esposa…Una humorada significativa de su concepción del mando.
La era del partido llegó unos años más tarde; en parte, por el desgaste de una administración radical desconcertada por otra herencia envenenada. Aunque fundamentalmente por la transformación del viejo movimiento corporativo en un partido territorial de políticos profesionales que desde sus pagos provinciales y municipales constataron no sin asombro la reducción de la “columna vertebral” a un mosaico de masas pauperizadas. No por nada quien terminó ganado el premio mayor de la “conducción” fue aquel exótico gobernador norteño émulo de Facundo Quiroga que había suscitado su atención en la recta final de su exilio, calificándolo como “un muchacho con premio”.
El menemismo plasmó su sombra en una acción gubernamental a tono con los vientos mundiales. Una fórmula novedosa que conjugaba la verticalidad en torno del jefe del partido de gobierno con una ortodoxia económica que insinuó en los 50 ,cuando se dispuso a rectificar sus osadas perspectivas de posguerra recurriendo a las sabias recetas estabilizadoras de los 30. Pero hacia las postrimerías de los 90 apareció la estribación natural de la política de masas moderna que el curso épico de sus gestiones le impidió afrontar: el desgaste de la conducción y el consiguiente retorno del gregarismo faccioso.
Un proceso que hacia principios de los 2000 terminó depositando el bastón de mariscal en las manos de otro provinciano que en nombre de la recomposición de la autoridad presidencial reincidió en la tentación autoritaria. Kirchner fue sin duda el segundo – y tal vez el último- conductor de peronismo. Pero se trató de una experiencia parricida, tanto respecto de sus predecesores partidarios como de la propia memoria del fundador impugnado, según las consignas de aquellos “imberbes estúpidos” que boicotearon su “pacto social” de 1974 cuestionando no solo su autoridad sino al “sistema” en su conjunto. Lo siguió la reincidencia en viejos vicios: desde la resolución dinástica de la sucesión hasta, luego de la muerte de Kirchner, el romanticismo fanático y devoto por una jefatura providencial abroquelada en una sectaria Guardia de Hierro.
Hoy, el peronismo está simultáneamente en todos lados y en ninguno. De alguna manera, una posibilidad que su sabiduría también diagnosticó cuando hacia 1972, parafraseando a su admirado Mussolini, asevero que “en la Argentina peronistas son todos”. Entonces ya no lo es nadie; o se lo es por el trivial ejercicio de invocarse como tal. Sobrevive como una subcultura política reducida a una concepción de mando y movilización plebiscitaria, pero que hoy no hace más que reproducir la descomposición de aquella sólida ciudadanía social fundada en el trabajo y el progreso. Aunque también en los reactualizados proyectos de integración económica como camino superador de las estrecheces estructurales del autarquismo que también pronosticó precursoramente.
Publicado en Clarín el 10 de julio de 2019.
Link https://www.clarin.com/opinion/45-anos-peronismo-peron-lados_0_wg6Bl8Tyo.html

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