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Opinión Julio 10, 2019, 5 21am

La Argentina no nació un 9 de Julio, ni un 25 de Mayo...


Autor: Sabrina Ajmechet


La Argentina no nació el 25 de mayo de 1810. Tampoco nació el 9 de julio de 1816. La Argentina se fue construyendo lenta y trabajosamente, a lo largo de décadas. El país que somos, con nuestros límites geográficos e instituciones, es fruto de un proceso contingente, arbitrario, resultado de la acción y del azar. En esta construcción hay hitos y el 9 de julio es uno de ellos.
Todos sabemos que aquel día declaramos la independencia. Nos dijimos a nosotros, le dijimos a España y al mundo entero: somos una nación independiente. Ya habían pasado seis años desde que decidimos, a través de una revolución, autogobernarnos. ¿Por qué, entonces, llegó en aquel momento la necesidad de independizarse? El 25 de mayo, los miembros de la Primera Junta juraron conservar los dominios de América en nombre de Fernando VII.
No se habló de independencia ni de reemplazar definitivamente a la monarquía por otra forma de gobierno. Lo que se hizo fue consagrar un gobierno local, sito en Buenos Aires, que se convertía en poder soberano dado el cautiverio del rey. Así de conservadora, vista desde hoy, fue nuestra gran revolución. ¿Qué pasaría cuando el rey volviera a la corte? Eso era una incógnita. Recién cuando Fernando VII, restaurado en el trono, decidió recuperar los territorios americanos, quienes habitaban estas tierras buscaron declarar la independencia.
No todos los territorios que habían pertenecido al Virreinato del Río de la Plata enviaron representantes al congreso de Tucumán. Algunas regiones cercanas al Alto Perú estaban dominadas por tropas españolas, el litoral y la Banda Oriental prefirieron no concurrir por oponerse al centralismo de Buenos Aires y Paraguay ya buscaba su propia autonomía.
En el delicioso texto “La independencia y sus silencios”, Marcela Ternavasio analiza el acta del 9 de julio de 1816, tanto lo que dice como lo que elige no decir: sus palabras y sus silencios. Inteligentemente, nos propone detenernos en estos últimos, que permiten iluminar sobre la ausencia de una gramática política y lenguajes revolucionarios. No se justifica la independencia con la idea de la autodeterminación fundada en la soberanía popular.
A diferencia de las actas de independencia de EEUU o Venezuela, no se apela a derechos imprescriptibles ni a leyes naturales. Tampoco se dice nada de la nueva forma institucional que se adoptará. La guerra obliga a declarar una independencia y el contexto a redactar un acta escueta, con acuerdos básicos y el retrato del futuro como un enigma. 1816 fue un tiempo de enormes incertidumbres: sobre el territorio definitivo, el tipo de gobierno, la relación entre el Estado central y las provincias, el rol de Buenos Aires y tantas otras cuestiones que se definirían a lo largo de décadas de negociaciones y batallas.
El 9 de julio no fue ni un comienzo ni un final pero, sin embargo, se convirtió en una de nuestras fechas fundantes. Un día, un acontecimiento, que resulta muy valorado por quienes tenemos un espíritu más institucionalista que revolucionario.
Publicado en Clarín el 9 de julio de 2019.
Link https://www.clarin.com/opinion/argentina-nacio-julio-25-mayo_0_G9QDBUVSq.html

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