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Opinión Julio 05, 2019, 6 14am

Seattle asediada

Un número récord de personas sin hogar están ocupando los espacios públicos de la ciudad, a pesar del gasto masivo del gobierno para combatir el problema.

Autor: Christopher F. Rufo


Traducción de Alejandro Garvie.
En los últimos cinco años, la Ciudad Esmeralda ha visto una explosión de personas sin hogar, crimen y adicción. En su recuento puntual de personas sin hogar de 2017, All Home, la agencia de servicios sociales del Condado de King, encontró a 11.643 personas durmiendo en carpas, automóviles y refugios de emergencia. El crimen contra la propiedad ha aumentado a una tasa dos veces y media más alta que la de Los Ángeles y cuatro veces más alta que la de la Ciudad de Nueva York. Los equipos de limpieza recogen decenas de miles de agujas sucias de las calles y parques de la ciudad cada año.
Al mismo tiempo, según el Puget Sound Business Journal, el área metropolitana de Seattle gasta más de mil millones de dólares en la lucha contra la falta de vivienda, cada año. Eso es casi 100.000 dólares por persona sin hogar en el Condado de King. Sin embargo, la crisis parece haberse agravado, con más adicciones, más delitos y más campamentos de tiendas de campaña en vecindarios residenciales. Los esfuerzos de la ciudad no están funcionando.
Durante el año pasado, pasé un tiempo en reuniones del concejo municipal, mítines políticos, campamentos de personas sin hogar e instalaciones de rehabilitación, tratando de comprender cómo el gobierno puede gastar tanto dinero con tan pocos resultados. Si bien la mayor parte del debate se ha centrado en cuestiones de política táctica (¿Construir más refugios? ¿Sitios abiertos de adicción supervisados?), la verdadera batalla no se está librando en las carpas, bajo los puentes o en los pasillos del ayuntamiento sino en el reino de las ideas, donde, por ahora, cuatro centros de poder ideológico enmarcan el debate sobre las personas sin hogar en Seattle. Los identificaré como los socialistas, las brigadas de compasión, el complejo industrial sin hogar y los evangelistas de la adicción. Juntos, han dominado la discusión sobre políticas locales, han desviado cientos de millones de dólares hacia proyectos favorecidos, y convertido a muchos votantes bienintencionados a la política de compasión ilimitada. Si queremos romper el statu quo fallido de personas sin hogar en lugares como Seattle, y también en Portland, San Francisco y Los Ángeles, primero debemos mapear el campo de batalla ideológico, identificar las fallas en nuestras políticas actuales y repensar nuestras suposiciones.
Seattle durante mucho tiempo ha sido conocido como uno de los lugares liberales de Estados Unidos, pero en los últimos años, la ciudad ha marchado a la izquierda, hacia el socialismo, otrora relegado a los márgenes, que ha declarado la guerra al establishment Demócrata. La concejala del Socialismo Alternativo de la ciudad, Kshama Sawant, afirma que la crisis de las personas sin hogar de la ciudad es el resultado inevitable del auge de Amazon, los terratenientes codiciosos y los alquileres en rápido aumento. Como le dijo a Street Roots News, “La explosión de la crisis de las personas sin hogar es un síntoma de cuán profundamente disfuncional es el capitalismo y también de los peores niveles de vida que se han acumulado en las últimas décadas”. Los capitalistas de Amazon, Starbucks, Microsoft y Boeing - en su óptica marxista - generan una enorme riqueza para ellos mismos, elevan los precios de la vivienda y empujan a la clase trabajadora hacia la pobreza y la desesperación.
En la superficie, este argumento tiene su propia lógica interna. Sus defensores apuntan a los estudios de Zillow y McKinsey que muestran una alta correlación entre el aumento de los alquileres y la falta de vivienda en Seattle, por ejemplo. Pero la correlación no es causalidad, y los datos de la encuesta muestran una imagen muy diferente. Según el estudio puntual del condado de King, solo el 6 por ciento de las personas sin hogar encuestadas mencionaron que “no podía costear el aumento del alquiler” como la causa precipitante de su situación, apuntando en cambio a una amplia gama de otros problemas: violencia doméstica, encarcelamiento, problemas mentales, enfermedad, conflicto familiar, condiciones médicas, rupturas, desalojo, adicción y pérdida de empleo, como factores mayores. Además, aunque el estudio de Zillow encontró una correlación entre el aumento de los alquileres y la falta de vivienda en cuatro mercados principales: Seattle, Los Ángeles, Nueva York y Washington, DC, disminuyó a pesar del aumento de los alquileres en Houston, Tampa, Chicago, Phoenix, San Luis, San Diego, Portland, Detroit, Baltimore, Atlanta, Charlotte y Riverside. Los aumentos de alquiler son una carga real para los trabajadores pobres, pero la evidencia sugiere que los alquileres más altos por sí solos no empujan a la gente a las calles.
Incluso en una ciudad cara como Seattle, la mayoría de los residentes de clase media y trabajadora responden a incentivos económicos de manera lógica: mudarse a vecindarios menos costosos, mudarse a apartamentos más pequeños, alojar a compañeros de cuarto, mudarse con su familia o abandonar la ciudad por completo. El Condado de King es el hogar de más de 1 millón de residentes que ganan menos del ingreso promedio, y el 99 por ciento de ellos logra encontrar un lugar para vivir y pagar el alquiler a tiempo. Los análisis de nivel agregado de Zillow y McKinsey no tienen en cuenta la gran cantidad de opciones disponibles incluso para las familias más pobres. Para los socialistas, "el alquiler es demasiado alto" lo explica todo.
Al usar la falta de vivienda como un símbolo del “fracaso moral del capitalismo”, los socialistas esperan obtener apoyo para su agenda de control de alquileres, vivienda pública, aumentos del salario mínimo e impuestos punitivos a las empresas. Uno podría descartar a Sawant por caricatura, pero ha tenido un éxito notable en avivar el resentimiento contra los "tecnólogos de Amazon" y en la creación de apoyo público para castigar a la "clase multimillonaria" con nuevos impuestos.
Lo que los socialistas no quieren o no pueden ver es que su agenda no puede resolver la crisis de las personas sin hogar. Incluso si el impuesto defendido por los Sawant sobre los grandes empleadores hubiera permanecido en vigor (fue derogado en junio), la ciudad habría construido, como máximo, solo 187 unidades de vivienda subsidiadas por año, lo que significa que se necesitarían al menos 60 años para proporcionar vivienda a todas las personas actualmente sin hogar. La verdadera pasión de Sawant, al parecer, no es construir casas para los pobres, sino derribar las casas de los ricos. Cuando sus ideas no logran introducir una utopía socialista, encontrará nuevos chivos expiatorios (corporaciones, promotores inmobiliarios, trabajadores de tecnología, policía) y volverá a empezar.
La terca realidad es que Seattle es cara. El gobierno local debe alentar la creación de viviendas a precios de mercado más asequibles al aumentar la densidad y cambiar las leyes de zonificación, pero para aquellos que no trabajan a tiempo completo, y eso describe al 92.5 por ciento de las personas sin hogar, es utópico imaginar que Seattle se convertirá en la ciudad de vivienda para todos. No importa cuántas promesas hagan los socialistas, eventualmente se quedarán sin el dinero de otras personas. Los chivos expiatorios - callados hasta ahora -comenzarán a contraatacar. Y Amazon, el mayor generador de riqueza en la historia de la ciudad, simplemente abandonará la ciudad.
Las brigadas de compasión son los cruzados morales de la política de personas sin hogar, los activistas que pusieron carteles en sus jardines y decían: "En esta casa, creemos que las vidas negras son importantes, los derechos de las mujeres son derechos humanos, ningún ser humano es ilegal", etc., ven la compasión como la virtud más alta. Todo lo demás debe estar subordinado a ello. Su campeón político en Seattle es el concejal de la Ciudad Mike O'Brien, ex director de finanzas de la firma de abogados Stokes Lawrence, quien se hizo famoso en la lucha política de Seattle para prohibir las entregas de Páginas Amarillas y construir un carril para bicicletas a través de un astillero. En los últimos años, O'Brien se ha convertido en un líder en la campaña para legalizar la falta de vivienda en toda la ciudad. Ha propuesto ordenanzas para legalizar acampar en la calle en 167 millas de aceras públicas y permitir el campamento en calles de la ciudad.
O'Brien y sus partidarios han construido un vocabulario político elaborado sobre las personas sin hogar, elevando tres mitos clave al estado de la sabiduría convencional. La primera es que muchas de las personas sin hogar están manteniendo empleos, pero no pueden salir adelante. "Tengo miles de personas sin hogar que en realidad están trabajando y no pueden pagar una vivienda", dijo O'Brien al Denver Post. Pero de acuerdo con los datos de la propia encuesta del condado de King, solo el 7,5 por ciento de las personas sin hogar reportan trabajar a tiempo completo, a pesar de una reducción de desempleo sin precedentes y un salario mínimo de 15 dólares la hora, en Seattle. La realidad, obvia para cualquiera que pase un tiempo en ciudades de tiendas de campaña o refugios de emergencia, es que el 80 por ciento de las personas sin hogar sufre de adicción a las drogas y el alcohol y el 30 por ciento padece una enfermedad mental grave, incluido el trastorno bipolar y la esquizofrenia.
El segundo mito clave es que las personas sin hogar son "nuestros vecinos", nativos de Seattle. Publicaciones progresivas como The Stranger insisten en que "la mayoría de las personas sin hogar en Seattle ya estaban aquí cuando se quedaron sin hogar". Esta afirmación también choca con la evidencia empírica. Más de la mitad de las personas sin hogar de Seattle provienen de fuera de los límites de la ciudad, según los propios datos de la ciudad. Incluso este número podría estar muy inflado, ya que la encuesta solo pregunta "dónde vivían los encuestados en el momento en que recientemente se quedaron sin hogar”: Así, por ejemplo, una persona podría mudarse a Seattle, registrarse en un motel por una semana y luego comenzar a vivir en las calles y ser considerada" de Seattle ". Estudios académicos más rigurosos en San Francisco y Vancouver sugieren que el 40 por ciento al 50 por ciento de las personas sin hogar se mudaron a esas ciudades por su cultura permisiva y sus servicios generosos. No hay razón para creer que Seattle es diferente en este aspecto.
El tercer mito de O'Brien y sus aliados dice que las personas sin hogar quieren ayuda pero que no hay suficientes servicios. Una vez más, los datos del condado contradicen sus afirmaciones: el 63 por ciento de los desamparados de la calle se refugian cuando los equipos de ayuda de la ciudad que brindan cobijo los ofrecen, alegando que "hay demasiadas reglas" (39,5 por ciento) o que "están demasiado llenos" (32,6 por ciento). La historia reciente sobre la "mansión de una tienda de campaña" para mujeres cerca de la Aguja Espacial de la ciudad ilustra vívidamente cómo un contingente entre las personas sin hogar elige vivir en las calles. "No queremos cambiar nuestro estilo de vida para que se ajuste a sus necesidades", dijo la mujer a los noticieros para un informe de KIRO7, explicando cómo ella y su novio se mudaron de West Virginia a Seattle por el "ambiente liberal", negándose repetidamente al refugio. "Tenemos la intención de permanecer aquí. Esta es la solución al problema de las personas sin hogar. Queremos autonomía aquí mismo.”
La mitología de las personas sin hogar no es meramente anti-factual; también es un ejemplo de libro de texto de lo que los sociólogos llaman altruismo patológico, como explica la ingeniera Barbara A. Oakley. La campaña de compasión de la ciudad se ha convertido en permisividad, habilitación, crimen y desorden. Las quejas públicas sobre los campamentos de personas sin hogar de los primeros tres meses de este año son una serie de horrores: robo, drogas, peleas, violaciones, asesinatos, explosiones, prostitución, asaltos, agujas y heces. Sin embargo, los fiscales han retirado miles de casos de delitos menores, y los agentes de policía están obligados a no arrestar a personas por delitos "relacionados con la falta de vivienda", incluidos robo, destrucción de propiedad y delitos relacionados con drogas. Como Scott Lindsay, el ex principal asesor de delitos de la ciudad, informó al ex alcalde Ed Murray: “El aumento en el desorden callejero es en gran medida una función del hecho de que la posesión de heroína, crack y metanfetaminas se ha legalizado en gran medida en la ciudad durante los últimos años. "La consecuencia no intencional de ese esfuerzo de política social ha sido hacer de Seattle un lugar mucho más atractivo para comprar y vender medicamentos".
Sin embargo, la compasión aboga por las barricadas cuando la ciudad intenta limpiar los campamentos de tiendas ilegales. En el vecindario de Ravenna, los manifestantes que sostenían un cartel de "Vidas sin hogar" intentaban impedir que la policía retirara una tienda de campaña de un parque público. Al parecer, no hay nada más importante para los activistas que su muestra pública de compasión, ciertamente no es el número creciente de incidentes depravados en campamentos de personas sin hogar o que involucran a personas sin hogar, incluyendo un tiroteo en masa, una inmolación humana, una violación cruel y una serie de apuñalamientos. Gritan a cualquiera que cuestione su narrativa.
Con más de mil millones de dólares gastados en personas sin hogar en Seattle cada año, uno debe tener en cuenta la famosa pregunta de Vladimir Lenin: ¿Quién puede ganar? En el mundo de personas sin hogar en Seattle, los grandes "ganadores" son proveedores de servicios sociales como Seattle Housing and Resource Effort (SHARE), Low Income Housing Institute (LIHI) y Downtown Emergency Service Center (DESC), que constituyen lo que llamo al “complejo industrial de personas sin hogar de la ciudad”. Para el liderazgo ejecutivo de estas organizaciones, la falta de vivienda es un negocio lucrativo. En las presentaciones federales más recientes, la directora ejecutiva de LIHI, Sharon Lee, ganó 187.209 dólares en compensación anual, lo que la ubica en el 3 por ciento de las personas con más ingresos en todo el país. En mi opinión, el director ejecutivo de DESC, Daniel Malone, ha recibido más de 2 millones de dólares en su larga carrera en el negocio de la miseria.
No siempre fue así. Cuando hablé con Eleanor Owen, una de las fundadoras originales de DESC, ella explicó que la misión de la organización ha cambiado a lo largo de los años de ayudar a las personas sin hogar a obtener contratos gubernamentales, mantener una cartera de bienes raíces de 112 millones de dólares y mantener una plantilla de 900 personas. "Es vergonzoso", dijo. “Cuando comenzamos, mantuvimos nuestros costos bajos y ayudamos a las personas a recuperarse. Ahora la pregunta es: ¿Cómo puedo cobrar otro contrato de la ciudad? ¿Cómo puedo cobrar más dólares de Medicaid? ¿Cómo puedo recolectar más fondos federales equivalentes? Es más importante mantener al personal pagado que ayudar a que los pobres se vuelvan autosuficientes”.
El problema más profundo es que las políticas sociales han creado un sistema de incentivos perversos. A las organizaciones de servicios sociales se les paga más cuando el problema empeora. Cuando las ideas de sus políticas no dan resultados, las vuelven a empaquetar, escriben una propuesta con las últimas palabras de moda y regresan para obtener más fondos. La falta de vivienda puede aumentar o disminuir, pero a los líderes del complejo industrial sin hogar siempre se les paga.
Su último plan en Seattle es construir “aldeas de casas pequeñas” financiadas por la ciudad, un eufemismo para las ciudades de tiendas de campaña sin hogar semipermanentes subsidiadas por los contribuyentes. Los defensores han promocionado las casas pequeñas como una alternativa a los campamentos ilegales, pero los resultados no han sido inspiradores. Después de que la ciudad abrió un pequeño poblado para drogas en Licton Springs, que les cuesta a los contribuyentes 720.000 dólares al año, la policía reportó un aumento del 221 por ciento en delitos y disturbios públicos. Los vecinos han sido testigos de una explosión de destrucción de propiedades, violencia, prostitución y tráfico de drogas.
Peor aún, SHARE, que dirige el campamento de Licton Springs, utiliza efectivamente el dinero de los contribuyentes para presionar a la ciudad para obtener más dinero de los contribuyentes. SHARE opera los campamentos en un sistema de "créditos de participación", que aparentemente requiere que los residentes asistan a mítines políticos, eventos de campaña y reuniones del consejo de la ciudad. En la audiencia de impuestos a la renta de la ciudad del año pasado en el Tribunal Superior del Condado de King, hablé con una mujer sin hogar que vive en un campamento de SHARE, quien explicó que, si no se presentaba en el procedimiento judicial, sería expulsada del campamento por una semana. (Esto probablemente sea ilegal y puede haber contribuido a la decisión del alcalde interino Tim Burgess de recortar los fondos del grupo).
En última instancia, el complejo industrial de personas sin hogar es una creación de incentivos públicos, en constante búsqueda de contratos más grandes. Su nueva promesa, Housing First, una antigua promesa, en realidad, ya que se remonta a 1988, es que la ciudad puede resolver la crisis de la falta de vivienda y el costo de la vida, a la vez, si financiará suficientes unidades nuevas de vivienda subsidiada. Los defensores insisten en que la ciudad puede construir "viviendas asequibles" no solo para las personas sin hogar, sino también para todas las personas que ganan hasta el 80 por ciento de los ingresos medios, lo que, en el condado de King, asciende a más de 800.000 almas.
Ninguna ciudad puede salir de ninguno de los dos problemas con la vivienda subsidiada, que, como cualquier otro bien, está sujeta a las leyes de la oferta y la demanda. Si los apartamentos están disponibles en alquileres por debajo del mercado, la demanda de esas unidades siempre superará la oferta. Por cada apartamento de renta baja que construye la ciudad, otras mil personas estarán en fila, a perpetuidad. Nueva York ha estado construyendo “viviendas asequibles” desde 1934 y todavía tiene una lista de espera de 270.000 familias.
A pesar de las repetidas advertencias de los propios asesores de personas sin hogar de Seattle, los gobiernos de la ciudad y del condado continúan canalizando cientos de millones de dólares a los desarrolladores de viviendas de bajos ingresos y a los proveedores de servicios, sin éxito. Hasta que los legisladores cambien el sistema de incentivos, el ciclo del despilfarro y la corrupción no tendrá fin.
 
Lo que denomino los evangelistas de la adicción conforman la cohorte final del centro de poder sin techo de la ciudad. Su número incluye a los rebeldes Ave Rats, la multitud de personas sin hogar en University Avenue, así como a los punks de las alcantarillas y los inmigrantes opioides. En cierto sentido, los evangelistas de la adicción son los herederos intelectuales de la contracultura de la década de 1960: mientras que los beats y los hippies rechazaron los valores burgueses, pero en gran parte limitaron sus esfuerzos a la cultura (música, literatura, fotografía y poesía), los evangelistas de la adicción tienen un objetivo más audaz: capturar el poder político y elevar a los adictos y personas de la calle a una clase protegida. No quieren que la sociedad simplemente acepte sus elecciones, quieren que la sociedad pague por ellos.
Su principal defensor es Shilo Murphy, un adicto a la heroína y la cocaína que dirige la Alianza de Reducción de Daños del Pueblo. Su visión del mundo se puede resumir en una serie de camisetas que luce en la ciudad: "Orgulloso de ser un usuario de drogas", "Gente amable toma drogas" y "Meth Pipes”. Para Murphy, el objetivo no es la prevención, la recuperación o la rehabilitación, sino la normalización de la adicción y el financiamiento público dedicado al consumo de heroína, metanfetamina y crack. "Siempre me han gustado las drogas, y siempre me han mejorado la vida", dice. "Yo [veo] las drogas no solo como un medio para escapar, sino como un medio para inspirarme para la grandeza".
Increíblemente, Murphy se ha convertido en un jugador de la política de Seattle. La ciudad proporciona fondos para su organización, y el Condado de King lo ha reclutado para que forme parte de su grupo de trabajo sobre opioides. Su campaña descaradamente a favor de la adicción está ganando: fue uno de los defensores clave de los "sitios de inyección segura" y recientemente anunció un nuevo proyecto de heroína sobre ruedas, en el que las furgonetas de la Alianza para la Reducción de Daños recorrerán la ciudad y ayudarán a los adictos a inyectarse, bajo la supervisión de una enfermera. Si bien la filosofía oficial de la organización de Murphy es la "reducción de daños", el objetivo real parece ser el apoyo público a la adicción.
La reducción de daños ha tenido un éxito notable en países como Portugal y Suiza, pero en América del Norte, donde la política nacional de drogas sigue siendo firmemente prohibicionista, las ciudades que practican la política se han convertido en imanes para la adicción, el crimen y el desorden social. Durante el debate sobre los lugares de inyección pública el año pasado, los evangelistas de la adicción a menudo apuntaron a Vancouver, que ha operado las instalaciones de consumo supervisado en el sitio durante más de diez años. Mientras Insite proporciona agujas limpias y administra inyecciones de naloxona para sobredosis, la evidencia de un estudio longitudinal del vecindario Downtown Eastside muestra que el lugar de la inyección y la concentración de los servicios sociales han aumentado sustancialmente el número de migrantes opioides que se mudan a la ciudad. Según el estudio, entre 2006 y 2016, el número de personas sin hogar de fuera de Vancouver aumentó del 17 por ciento al 52 por ciento de la población total sin hogar. "La migración a regiones urbanas con una alta concentración de servicios puede no necesariamente conducir a vías efectivas de recuperación", concluye el estudio. De hecho, desde que se inauguraron las instalaciones de Insite, el crimen en el vecindario ha aumentado y la falta de vivienda casi se ha duplicado, en tanto no se ha producido ninguna reducción en la adicción.
La pregunta casi nunca hecha acerca de la reducción de daños es: ¿Reducción de daños para quién? Cualquiera que sea la ayuda que puedan ofrecer a los adictos, los sitios de consumo público causan un daño tremendo a las empresas, los residentes y las ciudades en general. Cuando visité Vancouver y conduje por Hastings Street, donde se encuentran las instalaciones de Insite, parecía una visión apocalíptica de Seattle, una pesadilla de salud pública, con cientos de adictos que se alinean en las aceras, gritan y se lanzan detrás de los basureros.
En Seattle, la afluencia ya ha comenzado. Según los datos de la encuesta, aproximadamente el 9,5 por ciento de las personas sin hogar de la ciudad dicen que vinieron "por marihuana legal", el 15,4 por ciento vino "para acceder a los servicios para personas sin hogar", y el 15,7 por ciento estaban "viajando o visitando" la región y decidieron que era un buen lugar para armar el campamento. A medida que la ciudad desarrolla su infraestructura de adicción y enfoca los servicios sociales en el centro de la ciudad, el problema se intensificará. Incluso el antiguo zar de personas sin hogar de King County admite que las políticas de la ciudad tienen un "efecto imán".
Sin embargo, los evangelistas de la adicción están ganando. Más de 70.000 residentes firmaron una iniciativa de votación para prohibir los sitios de inyección segura en todo el condado, pero los funcionarios legales y de salud pública desestimaron la medida ante el tribunal, declarando que "la política de salud pública no está sujeta a veto por iniciativa ciudadana". Es un extraño nuevo mundo, donde los adictos y los vagabundos son los buenos y los villanos son los ingenieros y los vecinos serios.
En 2005, los principales expertos del gobierno de Seattle y el condado de King formaron un Comité para acabar con la falta de vivienda y lanzaron un plan de diez años para eliminar el problema en el área metropolitana de Seattle. El plan ha demostrado claramente un fracaso total. "Estamos gastando mucho dinero probando cosas y estamos descubriendo qué es lo que no funciona", dice el zar de la falta de vivienda actual de Seattle, con una subestimación irónica.
Desafortunadamente, Adrienne Quinn, la nueva jefa del Comité para acabar con la falta de vivienda, que desde entonces se ha rebautizado como All Home, es aún peor que la antigua jefa. En un artículo de opinión en el Seattle Times, expone su plan para "abordar las causas fundamentales de la falta de vivienda" mediante la resolución de "racismo", "desigualdad salarial", "cambio climático", "costos de vivienda", "transporte público", "construcción ecológica", "santuario [ciudades]", "sistema de bienestar infantil", "lesiones cerebrales" y "servicios de salud mental y adicciones". Esto, como es lógico, requiere mucho más dinero. La concejal Sawant afirma que la ciudad necesita otros 75 millones de dólares al año para resolver la crisis. McKinsey pone la cifra en 400 millones. Pero ninguna cantidad de dinero hará ninguna diferencia hasta que diagnostiquemos correctamente el problema y nos enfoquemos en soluciones prácticas, no en sueños utópicos.
El problema no está solo en Seattle: en general, Estados Unidos sigue negando la realidad de la falta de vivienda. Mientras que los ideólogos denuncian a varios villanos que "causan" personas sin hogar (capitalistas, terratenientes, racistas, programadores de computadoras), la realidad es que la falta de vivienda es producto de la desafiliación. Durante los últimos 70 años, sociólogos, científicos políticos y teólogos han documentado la lenta atomización de la sociedad. A medida que los lazos familiares y comunitarios se debilitan, nuestros ciudadanos más vulnerables son víctimas de la adicción, la enfermedad mental, el aislamiento, la pobreza y la desesperación que casi siempre precipitan la caída final hacia la falta de vivienda. Alice Baum y Donald Burnes, quienes escribieron el libro definitivo sobre la falta de vivienda a principios de la década de 1990, lo expresaron de esta manera:
“La falta de vivienda es una condición para desconectarse de la sociedad común, de la familia, los amigos, el vecindario, la iglesia y la comunidad... Personas pobres que tienen vínculos familiares, madres adolescentes que tienen sistemas de apoyo, personas con enfermedades mentales que pueden mantener relaciones sociales y familiares, alcohólicos que todavía están conectados con sus amigos y trabajos, incluso drogadictos que logran seguir siendo parte de su comunidad no se convierten en personas sin hogar. La falta de vivienda ocurre cuando las personas ya no tienen relaciones; se han entregado al aislamiento, a menudo huyendo de las redes de apoyo con las que podían contar en el pasado”.
La mejor manera de prevenir la falta de vivienda no es construir nuevos complejos de apartamentos o aprobar nuevos impuestos, sino reconstruir los lazos familiares, comunitarios y sociales que alguna vez unieron a las comunidades. Como Richard McAdams, un adicto recuperado y trabajador actual de la Misión del Evangelio de la Unión, me dijo: "Hay 6.000 personas en las calles de Seattle. Conozco a 3.000 de ellos por su nombre y conozco sus historias. No es un problema de recursos en esta ciudad, es un problema relacional. El mayor problema son las relaciones rotas”.
En el corto plazo, ciudades como Seattle, Portland, San Francisco y Los Ángeles deben cambiar hacia una postura de realismo, lo que significa reconocer que la compasión sin límite es un camino hacia el desastre. La falta de vivienda debe ser vista no como un problema a resolver, sino como un problema que debe ser contenido. Las ciudades deben dejar de ceder sus parques, escuelas y aceras a los campamentos de personas sin hogar. Y Seattle, en particular, debe dejar de gastar casi 1.000 millones de dólares al año para "resolver la falta de vivienda" sin una clara rendición de cuentas y resultados visibles.
De manera alentadora, los ciudadanos y los gobiernos locales a lo largo de la costa oeste están empezando a exigir el fin de la política de compasión ilimitada. Vecinos hartos se enfrentaron recientemente al concejal O'Brien en un ayuntamiento en Green Lake, y miembros del Local 86 de los Trabajadores del Hierro le gritaron a Sawant en un mitin político frente a las Esferas del Amazonas. Incluso en el hiper progresivo San Francisco, el alcalde Mark Farrell anunció un cambio dramático en la comprensión de la ciudad sobre la falta de vivienda en las calles: "Hemos pasado de ser una ciudad compasiva a permitir el comportamiento callejero. Hemos ofrecido servicios una y otra vez y hemos sacado a muchos de las calles, pero hay una población resistente que permanece, y sus tiendas tienen que irse. Suficiente es suficiente."
En Seattle, la alcaldesa Jenny Durkan, quien hizo su reputación como fiscal federal, se enfrenta a una opción clara: apaciguar a las brigadas de compasión y al complejo industrial de personas sin hogar, o liberarse del status quo y tomar medidas decisivas para enfrentar la crisis. Si ella puede reunir la voluntad política, Durkan puede implementar algunas medidas de emergencia que reducirán dramáticamente el desorden social asociado con la falta de vivienda en las calles. Por ejemplo, puede mirar a otras ciudades que han demostrado que las personas sin hogar pueden ser contenidas con políticas inteligentes y duras.
En San Diego, por ejemplo, los funcionarios de la ciudad y el sector privado trabajaron juntos para construir tres refugios de estilo barracones que albergan a casi 1,000 personas por solo 4,5 millones de dólares. Han movido a 700 personas de las calles y al refugio de emergencia, permitiendo que la policía y las cuadrillas de la ciudad remuevan y limpien los campamentos ilegales. En Seattle, el alcalde debe solicitarle al sector privado donaciones para construir instalaciones de refugio de emergencia similares, construirlas en una propiedad de la ciudad vacante en el distrito industrial y administrar una línea de autobús gratuita dedicada desde los refugios hasta el centro de la ciudad para que los residentes puedan acceder a los servicios y finalmente encontrar trabajo.
En Houston, los líderes locales han reducido la falta de vivienda en un 60 por ciento a través de una combinación de prestación de servicios y cumplimiento de una política de tolerancia cero para acampar en las calles, mendigos, allanamiento y delitos contra la propiedad. El departamento de policía de Seattle y los Equipos de ayuda deben tener la autoridad para hacer cumplir la ley y poner fin al campamento callejero rampante. No hay nada compasivo en dejar que los adictos, los enfermos mentales y los pobres mueran en las calles. La primera orden debe ser limpiar los espacios públicos, trasladar a las personas a refugios y mantener el orden público.
Los condados de Seattle y King actualmente gastan casi 460 millones de dólares al año en servicios de adicción y salud mental, más otros 119 millones al año en servicios médicos específicamente para personas sin hogar, más que suficiente para brindar servicios básicos a todas las personas sin hogar que los desean. Con un sistema de refugio de emergencia seguro como el de San Diego, los gobiernos de los condados y las ciudades pueden redirigir los recursos existentes e “inundar la zona” con opciones de tratamiento en el lugar para personas sin hogar. Para los servicios de adicción, debemos priorizar los programas de recuperación y terminar con políticas como los sitios de inyección segura que atraen a los adictos de otras ciudades.
Seattle también debe romper su complejo industrial de personas sin hogar. El año pasado, el alcalde interino Burgess dio un primer paso para volver a conciliar los contratos de la ciudad y recortar los fondos para organizaciones ineficaces como SHARE. El alcalde Durkan debe aprovechar este éxito, reformando el sistema de incentivos perversos e instituir la responsabilidad de todas las organizaciones que obtienen fondos de los contribuyentes. Los resultados, no la cantidad de servicios, deben tener prioridad; la financiación debería disminuir a medida que la crisis cede, no continuar a perpetuidad.
Por último, el éxito o el fracaso del gobierno local es una propuesta de regreso a lo básico: ¿Están limpias las calles? ¿Son seguros los barrios? ¿Pueden las personas vivir, trabajar y criar a sus familias en un entorno floreciente? Tenemos los recursos para contener la crisis de las personas sin hogar, en Seattle y en otros lugares. La pregunta es si los líderes políticos tendrán el coraje de actuar.
Publicada en www.city-journal.org en otoño de 2019.
Link https://www.city-journal.org/seattle-homelessness
*Christopher F. Rufo es director ejecutivo de la Fundación de documentales e investigador en el Centro para la riqueza y la pobreza del Instituto Discovery. Ha dirigido tres documentales para PBS, y su próxima película, America Lost, cuenta la historia de la vida en tres de las ciudades olvidadas de Estados Unidos.

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