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Opinión 19 06 2019

El desafío de no volver al pasado


Autor: Maximiliano Gregorio-Cernadas









Acostumbrado a concurrir a universidades extranjeras para explicar la paradoja argentina del país rico y pobre a la vez, suelo comenzar por una boutade: "El problema fundamental de la Argentina es que es demasiado rica". Buena parte de la dirigencia pública y privada del país, mayoritariamente populista y corrupta, ha sabido hasta hace poco que, con algunas pocas pero buenas cosechas y con el sacrificio de la incansable clase media argentina, se solventaba cualquier fiesta de negociados, el saqueo del Estado, el control de la Justicia y de los medios, y el reclutamiento de grupos de choque para controlar la calle y el statu quo.

La historia argentina de los últimos 90 años ha consistido en ciclos de fiesta populista, seguidos de breves interregnos a cargo de gente sensata que comprende que alguien debe pagar la fiesta, pero la cual no resiste, pues la mayoría de los votantes, ante la disyuntiva, prefieren disfrutar que pagar deudas, y el ciclo populista retorna.

Los males argentinos no son coyunturales ni superficiales, sino constantes y estructurales, y pueden sintetizarse en tres categorías. Por un lado, la sinuosidad ante el Estado de Derecho y las instituciones republicanas. Por otro, la corrupción ha demostrado atravesar cualquier ámbito del país. Finalmente, el Estado y sus obligaciones básicas (seguridad, salud, educación, etc.) han sufrido abusos extremos, cuyos costos han sido trasladados vía impuestos a la clase media, la cual padece un doble robo, pues debe pagar para sí servicios privados que reemplacen las pésimas prestaciones públicas.

Una vez más, nos encontramos pagando una fiesta previa, y enfrentando nuevamente aquellos problemas estructurales argentinos. Sin embargo, hay un dato que constituye una diferencia sustancial con aquella cíclica historia de frustraciones y que, en consecuencia, asigna un carácter revolucionario al período que vivimos: por primera vez en la historia del casi último siglo, el pueblo argentino escogió enfrentar seriamente aquellos tres grandes males.

Actualmente, como pocas veces en nuestra historia, se respetan las instituciones democráticas esenciales (división de poderes, publicación fidedigna de los actos de gobierno, respeto de la libertad de prensa, etc.), la Justicia está dando una lucha inédita y ejemplar contra la corrupción, y se ha avanzado exitosamente en la lucha contra el déficit fiscal y en la racionalización del gasto público. Estos notables avances en los asuntos fundamentales de la Nación son logros que hemos alcanzado todos con cuantiosos sacrificios, errores y correcciones, conscientes de que sin consolidar sus resultados, no lograremos avanzar en forma segura hacia la solución de otros problemas que dependen de aquellos esenciales.

Lógicamente, las élites de las fuerzas conservadoras -paradójicamente apoyadas por cálculo o ingenuidad por algunos sectores de izquierda-, que han conducido el país durante la mayor parte del último siglo y que, por ende, son responsables y beneficiarias del funesto sistema de ilegalidad, corrupción y estatismo que nos ha atenazado, ven amenazados sus intereses y vociferan un inminente apocalipsis. Resulta decisivo que la gran masa de argentinos que trabaja o aspira a trabajar y no a vivir de los demás tome conciencia de que estamos en una verdadera encrucijada revolucionaria, ante la cual, si cejamos, perderemos todo lo logrado y reincidiremos en las frustraciones del pasado.

 

Publicado en La Nación el 17 de junio de 2019.

Link https://www.lanacion.com.ar/opinion/columnistas/el-desafio-de-no-volver-al-pasado-nid2258581