jueves 15 de enero de 2026
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10 de diciembre de 1983

Mi querido papá:

 

Hace 42 años, un 10 de diciembre de 1983, la democracia volvía al país como un sueño y un modelo de vida que se recuperaba y que ponía fin a muchos años de desencuentros y autoritarismos de todo tipo de ideologías.

Ese rezo laico que se declamaba en cada esquina  que era el preámbulo constitucional,  significaba el sentir de un pueblo que  quería de una vez por todas vivir en paz,  construir un nuevo país o por lo menos darle fuerza institucional a un modelo desbastado moralmente, por las luchas individuales de aquellos que de una u otra forma siempre se sentían salvadores de la patria.

Hace 42 años, un 10 de diciembre de 1983, jurabas en una ceremonia imborrable para mi memoria como el primer Secretario de Recursos Hídricos de la Argentina democrática. Ese momento sublime, en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno,,  donde el Presidente Raúl Alfonsín te toma el juramento “por Dios, la Patria y los Santos Evangelios”, quedarán grabados en mi recuerdo por siempre.

Creo que no hay palabras para expresar la emoción y el orgullo de recordar esos días de fiesta. Como hombre de bien serviste a la Patria en los momentos más decisivos de su historia, en los momentos de mayor esperanza y reconciliación nacional.

Los años venideros no fueron un lecho de rosas.  El sentir demagógico de que gracias a la democracia se conseguiría un armonioso desarrollo colectivo y la realización personal de los individuos no se cumplió. El mensaje   “con la democracia se come, se educa y se cura” .se convirtió en otro eco  de frustración ante  la creencia que  democracia y recuperación económica se retroalimentarían recíprocamente, que la vigencia del sistema constituiría la garantía  para que la población tuviera  “salarios justos, pan, salud,  educación y vivienda”.

Como partícipe activo  de los tiempos democráticos que continuaron, fui testigo de que esta imagen fue tornándose difusa al ritmo de las crecientes debilidades institucionales  que surgieron desde el inicio mismo del proceso. Se produjo, entonces, un progresivo sentimiento de “desencanto” como resultado del creciente contraste entre la diversidad de expectativas que había despertado el nuevo régimen y las posibilidades reales de satisfacerlas. Ya no sería “con democracia” sino “en democracia” donde podrían buscarse las soluciones a nuestros problemas.

Los años posteriores  se fueron consumiendo en la discusión sobre temas temporales, cuya trascendencia fue tan efímera como la propia coyuntura. Jamás se lograron definiciones sobre temas trascendentes para consolidar un destino que nos permitiera, de una vez por todas, encaminarnos en un proceso de fortalecimiento institucional, crecimiento sostenido, bienestar colectivo y que nos alejara de los límites de la marginación y la exclusión.

Por eso nuestra democracia debió de ser algo más que normas, leyes y formas de organización. Nunca pudo constituirse en  una cultura política, es decir un cuerpo de creencias sustentada por valores y expresada colectivamente a través de actitudes y conductas. No se lograron consensos políticos (más que electorales y de apetencias personales) y sociales para el logro de acuerdos de gobernabilidad que permitieran cambiar los viejos parámetros de la asignación de recursos públicos y los destinara a los que realmente los necesitaban.  No se pudo erradicar el clientelismo, el histórico protagonismo caudillista, ni generar mecanismos de  participación de los ciudadanos, principios fundamentales de todo proceso de consolidación política.

Nunca la dirigencia entendió que nuestra democracia necesitaba crear expectativas hacia un  futuro estable y que no podía hacerlo con instituciones débiles, con procesos económicos muy lejanos a la búsqueda del bienestar colectivo, con la falta de un marco de seguridad jurídica y con  ineficiencias que generan mayor desigualdad en la sociedad.

Aquel diciembre de 1983 fue  la expresión de la voluntad y la razón de un país que puso de manifiesto que la democracia iba a persistir gracias al esfuerzo, lucha y respaldo de todas y todos los argentinos..

Este diciembre del 2025, 42 años después, nos encontramos nuevamente ante un desafío institucional en donde  la dirigencia y la sociedad  deberán empezar  a desgranar sus pensamientos y propuestas concretas del modelo democrático y republicano del futuro. Tendrán que entender que un país avanza hacia su consolidación institucional cuando hay un sólo patrón para medir los valores éticos y su responsabilidad civil; cuando cada ciudadano acepte que su futuro depende de su profunda reflexión y de su exhaustivo examen de conciencia; cuando todos nos decidamos de una buena vez a entrar en la historia por el camino de la verdad, asumiendo como seres maduros nuestras propias debilidades y nuestros propios errores. Siento que cuando todo ello suceda, allí estaremos más cerca de encontrar nuestro destino como Nación.

Mientras tanto, querido papi, con el recuerdo tan presente de aquel 10 de diciembre de 1983, sólo me queda decirte que ese camino trazado, sigue presente con tu recuerdo, ejemplo y legado.

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