jueves 3 de abril de 2025
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Pantallas, crianza y culpa: ¿cómo entender realmente el impacto?

Vivimos scrolleando. Pasamos de X a Instagram en cada rato libre. Me avergüenza reconocer que mis hijos, con razón, me cuestionan este hábito: “Mamá, dejá el celular”. Qué amargura devolverles esa imagen. Trato de aplicar estrategias para usarlo menos: pongo una caja para dejarlo al entrar a casa, fijo momentos en los que no lo toco (en la mesa, en el auto). Pero las excepciones sí que aparecen: para buscar una definición, una dirección, una canción, para resolver una inquietud.

Sé que este hábito en la crianza genera una contradicción difícil de sostener: les pedimos a ellos que usen menos pantallas, pero ahí estamos nosotros, con el teléfono en la mano en la reunión de padres, mientras comemos, mientras manejamos, mientras ellos nos hablan.

Para sumar más dramatismo, el éxito de la serie de Netflix, Adolescencia, pone en un lugar central de la discusión (en escuelas y entre las familias) el impacto de las pantallas en los niños y adolescentes. Hay preocupación y una alarma que ya empieza a parecer excesiva.

En este contexto me pareció interesante compartir una vez más el enfoque de Emily Oster, economista especializada en crianza basada en datos, que suele aportar una mirada que ayuda a las familias a bajar la ansiedad y a tomar decisiones informadas.

¿Qué dice la evidencia sobre las pantallas?

Muchos estudios sobre el impacto de las pantallas en los niños son observacionales, lo que significa que registran correlaciones pero no pueden probar causalidad. En otras palabras, el hecho de que un niño que usa muchas pantallas tenga problemas de desarrollo o comportamiento no significa que las pantallas sean la causa directa. Hay otros factores en juego: hábitos familiares, nivel socioeconómico, tiempo de sueño, lectura, interacción con los padres, etc.

Algunos estudios ilustran este punto:

Un paper llamado Asociación entre el tiempo de pantalla y el rendimiento de los niños en una prueba de detección del desarrollo publicado en JAMA Pediatrics analizó a más de 2.400 niños entre 2 y 5 años. Los que pasaban más tiempo frente a las pantallas obtuvieron puntuaciones más bajas en pruebas de desarrollo años después. Pero los autores reconocen que variables como la cantidad de lectura en casa y los hábitos de sueño también influyeron significativamente.

El estudio Asociación del tiempo de pantalla con problemas de comportamiento internalizantes y externalizantes en niños menores de 12 años: una revisión sistemática y metaanálisis encontró correlaciones pequeñas pero significativas entre el tiempo de pantalla y problemas de conducta en niños menores de 12 años. Sin embargo, las diferencias metodológicas entre los estudios hacen que estos hallazgos deban tomarse con cautela.

Teniendo en cuenta estas investigaciones, Oster propone a las familias que sean críticas respecto de la información médica que leen en las redes sociales y que eviten conclusiones alarmistas. En su lugar, presenta un enfoque más equilibrado y basado en el contexto de cada uno. Otro artículo interesante que va en el mismo sentido y que introduce también los posibles beneficios fue publicado en la revista del diario New York Times y puede leerse acá Is Screen Time Really Bad for Kids?

Para transmitir la idea de una forma más simple: ¿los chicos duermen bien? ¿hacen actividad física? ¿interactúan con la familia? ¿juegan? ¿participan en actividades creativas? Si todo esto está cubierto, el tiempo de pantalla no debería ser motivo de angustia.

Oster propone una serie de consejos para abordar el uso de pantallas con los hijos:

  1. Planificar su uso: Evitar que el tiempo de pantalla se vuelva un conflicto constante estableciendo rutinas claras. Por ejemplo, definir momentos específicos para ver videos o jugar con la tablet.
  2. Acompañar el contenido: En vez de ver el tiempo de pantalla como un enemigo, se puede convertir en una oportunidad de conexión familiar. Ver juntos una serie o jugar un videojuego permite conversaciones y aprendizajes compartidos.
  3. Flexibilizar según el contexto: Aceptar que hay momentos donde las pantallas cumplen una función útil, como en un viaje largo o cuando necesitamos que los chicos estén ocupados en ciertas situaciones.
  4. Evitar la culpa innecesaria: Enfocarse en el bienestar general de la crianza, sin caer en discursos catastróficos.

En medio del flujo incesante de información –y especialmente en redes como Instagram– es fundamental, dice Oster, tener un enfoque crítico: filtrar y cuestionar los hallazgos médicos que se presenten en Internet a las circunstancias únicas de cada familia, en lugar de dejarse llevar por alarmas.

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