Opinión | Febrero 12, 2018, 11 16am

Hipólito Yrigoyen: el hombre del misterio, el primer presidente del voto universal

La voluntad popular como principio y la Constitución Nacional como programa de gobierno.

Autor: Eduardo Lazzari


Entre las grandes biografías escritas sobre presidentes argentinos se encuentra “El hombre del misterio”, la obra de Manuel Gálvez sobre Hipólito Yrigoyen, que ya en su título encontró una definición categórica e indiscutible. Mucho se ha escrito, tanto en la forma de ensayo político como sociológico, o de panegírico, sobre el primer presidente radical de la historia argentina, y es una coincidencia que algunas condiciones y particularidades de la forma de ser de Yrigoyen lo conviertan en un hombre inescrutable, y sobre todo, por su manejo de la palabra y de los silencios. Juan Hipólito del Sagrado Corazón de Jesús Yrigoyen nace en una casona del barrio de Balvanera, en Buenos Aires, el 12 de julio de 1852, en el hogar formado por el vasco francés Martín Yrigoyen y la criolla Marcelina Alen.
Eran tiempos de gran convulsión posteriores a la derrota de Rosas en la batalla de Caseros, por Urquiza, que queda demostrada por el hecho de que cuando nace Hipólito era gobernador el autor del Himno Nacional, don Vicente López y Planes, pero al tiempo de su bautismo en la iglesia de La Piedad, tres meses después, ya habían pasado por el cargo el propio Urquiza, Galán y Pinto.
La familia de Yrigoyen sufría entonces el escarnio social debido a la pertenencia de su abuelo materno Leandro Antonio Alen a la Sociedad Popular Restauradora, la temible “Mazorca” de Rosas, que lo llevó a la pena de muerte por fusilamiento, aunque peor para los parientes, fue el hecho del ahorcamiento del cadáver, que se produjo hacia fines de 1853. Así fue que los Alen fueran señalados al grito de “Son los hijos del ahorcado”.
Esta circunstancia fue medular en el carácter de Leandro, el sexto hijo de Leandro Antonio y tío de Hipólito, que decidió más adelante, cambiar la última letra de su apellido, n por m, y colocar esa n entre su nombre y su apellido, convirtiéndose en Leandro N. Alem. Esa n no corresponde a ningún nombre, sólo a la memoria oculta del padre ejecutado. Desde niño, Hipólito mostró un carácter taciturno, reflexivo, silencioso y sobre todo intimista. Esto lo acompañará hasta el fin de sus días. También será perpetua en su vida la dedicación a la cosa pública. Estudió en el colegio San José, y luego pasó al América del Sur.
Inició sus estudios de abogacía, y hasta hoy se discute si los terminó. Se sabe que no hizo su tesis pero una ley autorizó a graduarse a quienes hubieran rendido todas las materias. Yrigoyen lo hizo. Nunca ejerció la abogacía salvo cuando acompañó a Alem en su estudio jurídico. Su primer cargo público fue ser comisario de Balvanera, en 1872. Más adelante fue diputado provincial, hacia 1878. En los fragores de la revolución de 1880, encabezada por el gobernador de Buenos Aires, Carlos Tejedor, para impedir la federalización de la ciudad porteña, es elegido diputado nacional, ejerciendo durante sólo dos años.
La década del 80 lo verá consolidar una fortuna, y llama la atención que nunca llevó amigos a sus estancias, donde solía compartir con sus peones las tareas camperas y recluirse varias veces en su vida. Compra su primera casa al 1600 de la calle Victoria, que hoy lleva su nombre, y luego se muda a la calle Brasil, frente a la estación Constitución. Siempre vivió en forma austera y como curiosidad al morir su sucesión no dejó saldo. Se comprobó que había usado su fortuna para la vida política.
La trayectoria de Hipólito Yrigoyen inicia su camino hacia la cumbre cuando se produce la revolución del Parque, durante la crisis política y económica de 1890, que acabó con el gobierno de Juárez Celman. Los combates alrededor del Parque de Artillería fueron feroces y la derrota militar de los sublevados no impidió la consolidación de dos fuertes sectores opositores: la vieja Unión Cívica se dividió entre los seguidores de Bernardo de Irigoyen y de Mitre, por un lado, y los de Alem, junto a quién quedó su sobrino Hipólito, fundando el radicalismo, que “se rompe, pero no se dobla”. Nace en esos tiempos la metodología del “Peludo”, sobrenombre que lo acompañará para siempre y alude a su capacidad de quedarse quieto ante los conflictos y pasar desapercibido, tal como hace el animal querible de las pampas. Los radicales adoptaron el modelo del partido demócrata de los Estados Unidos, formado por comités y convenciones.
Esto fue una modernización enorme del sistema político de partidos del país. Luego, ante la negativa de los gobiernos liberales que iban mutando en conservadores de mejorar el sistema electoral, Yrigoyen comenzó una tradición que aún conserva su partido, de reuniones, conciliábulos y negociaciones, que lo ubicaron como el líder próximo que los seguidores sentían cercano. Nadie vio venir el imponente respaldo que Yrigoyen fue consolidando con los años. Mientras tanto, el radicalismo intentó, por medio de dos revoluciones, llegar al poder.
En 1893 y en 1905 fracasaron, pero en el primer caso, el liderazgo de Yrigoyen se consolidó, porque con su estrategia, se logró tomar el gobierno de la provincia de Buenos Aires. No sólo era un caudillo a la vieja usanza, sino que mostró sus ansias de poder. Luego propuso la abstención hasta obtener el voto limpio, y logró que el partido la sostuviera hasta 1912.
El presidente Roque Sáenz Peña propone eliminar los vicios electorales. Es el primero con quien se reúne Yrigoyen. Sáenz Peña le ofrece dos ministerios para concretar las reformas. El radicalismo no acepta, desconfiando. Pero llegará 1912 y se promulgará la ley del voto universal, secreto y obligatorio. Los radicales se entusiasman, pero no su líder. A regañadientes Yrigoyen acepta la participación electoral, luego de casi veinte años de abstención voluntaria y revolucionaria, en los comicios para gobernador de Santa Fe. Los radicales consagran a Manuel Menchaca como el primer gobernador radical de la historia. El único comentario que hace Yrigoyen es: “Me venció el ensayo”.
Comenzaba la carrera hacia la presidencia. En marzo de 1916, se reúne la convención radical, de la que no participa Hipólito Yrigoyen, y que elige a Pelagio B. Luna para que entreviste, en su casa, al líder y lo convenza para ser candidato a la presidencia. Yrigoyen se resiste, pero finalmente dicta su sentencia: “Hagan de mí lo que quieran”. En abril gana las elecciones sin holgura, ayudado el radicalismo por la división de los conservadores. La mayoría en el colegio electoral la logró con el voto de los radicales santafecinos, que no aceptaban su liderazgo.
El 12 de octubre de 1916 juró el cargo ante la Asamblea Legislativa, pero no leyó su discurso, como nunca lo haría. Lo derivó a la secretaría parlamentaria y es por eso que prácticamente no hay grabaciones con su voz. El carruaje presidencial fue tomado por el público, que desenganchó los caballos y lo condujo a pulso hasta la Casa Rosada. Allí, Victorino de la Plaza le entregó los atributos. Es el primer caso de un traspaso presidencial en el que el saliente no conocía al entrante. La Causa, como Yrigoyen llamaba al radicalismo, había llegado al poder.
La Constitución Nacional era su programa. Sin embargo, la gestión de gobierno se vio dificultada por el obstruccionismo legislativo de los conservadores. Sus logros fueron importantes, dado el contexto interno y externo en que se desenvolvió su tarea. Siguiendo una línea histórica, reafirmó la neutralidad en la Primera Guerra Mundial, mostrando una actitud decidida frente a las presiones de Inglaterra, Alemania y Estados Unidos.
En la Liga de las Naciones sostuvo la autodeterminación de los pueblos, la igualdad de las naciones y el repudio a la guerra, retirando a la delegación argentina al no aceptarse estos temperamentos. Ordenó saludar la bandera dominicana, cuando la invasión de los Estados Unidos, en ocasión del paso del crucero 9 de Julio frente a Santo Domingo, mientras llevaba los restos de Amado Nervo a México. Se creó Yacimientos Petrolíferos Fiscales, aunque el mérito de elegir a Enrique Mosconi como director fue de Alvear. Fomentó el sindicalismo reformista. Instrumentó la reforma universitaria, ejemplo de gestión que aún rige en nuestro país y el continente, que cumple un siglo este año.
En la configuración de un régimen político de absoluta limpieza electoral, no dudó en abusar de las intervenciones federales. En el caso de Santiago del Estero, la división entre los radicales permitió el triunfo de José Cabanillas. La amenaza de la intervención nunca se concretó porque era necesaria la firma de Ramón Gómez, ministro del Interior y el candidato santiagueño derrotado por Cabanillas. Yrigoyen tuvo la delicadeza de decidir la intervención una vez que Cabanillas renunció por enfermedad.
Es el tiempo en el que se comienza a construir el puente metálico entre Santiago y La Banda. En los conflictos sociales, recurrió al ejército para reprimir tres movimientos que fueron paradigmáticos: la Semana Trágica, la Patagonia Rebelde y la Forestal. Sin duda los represores aprovecharon la amplitud e imprecisión de las órdenes para imponer los métodos que los sectores patronales buscaban aplicar. Esto no elimina su responsabilidad en los hechos. José C. Crotto, quien como gobernador de Buenos Aires permitió a los desocupados a viajar en los trenes de carga, dándoles su nombre hasta hoy.
Resultó ser el gran elector de su sucesor. En ello está el germen del antipersonalismo que prosperará durante la presidencia de Alvear. Una vez entregado el mando, se sumió en un voluntario ostracismo, para no entorpecer el gobierno de su sucesor. Sin embargo, la acción de sus seguidores hizo necesaria su postulación para gobernar el país una vez que terminara la gestión de Alvear. La marginación de éste de las luchas partidarias hizo más fácil su retorno. Su triunfo electoral fue tan rotundo que los radicales hablaron del “plebiscito”.
Al morir el vicepresidente electo Francisco Beiró, se recurrió al discutible método de convocar nuevamente a los extinguidos colegios electorales, de donde surgió el mandato de Enrique Martínez. Vuelve a asumir la presidencia el 12 de octubre de 1928. Su avanzada edad, 76 años, y cierto deterioro intelectual, sumados a la crisis provocada por la debacle del capitalismo de 1929, no fueron compensados por el predominio político del radicalismo. Pero sobre todo no pudieron con la convicción que los conservadores tenían respecto de la imposibilidad de vencer la supremacía electoral radical.
Comenzó a verse a la revolución militar como el único camino para una restauración conservadora. Es el comienzo de la tragedia institucional argentina, que llevará 53 años reparar. El 6 de septiembre de 1930, acompañado sólo por los cadetes del Colegio Militar y sus instructores, entre ellos el capitán Juan Perón, el general José Félix Uriburu tomó la Casa Rosada y, en un episodio poco recordado, le pidió a la Corte Suprema de Justicia un fallo sobre la legitimidad de su gobierno, al que llamó provisional. Dos días después, la Corte estableció que nada obstaba para el ejercicio del poder por los sublevados, “si se respetan los derechos establecidos por la Constitución”.
Esta gravísima contradicción significó un desastre para el derecho argentino. Yrigoyen fue puesto preso en la isla Martín García, dudoso privilegio que lo une a Frondizi, Perón y Alvear. Siguió con dedicación las causas judiciales con las que lo persiguió la dictadura de Uriburu. Luego del triunfo radical en las elecciones de abril de 1931, que fueron anuladas por el gobierno, se intentó su indulto, que él mismo rechazó, ya que nunca se llegó a una sentencia. Fue liberado para asistir al funeral de su hermana en Buenos Aires. Nada pudo rescatar de su casa saqueada. Pudo sobrevivir gracias a la solidaridad de sus amigos y de sus seguidores. Su muerte, en una casa que le prestaron sus amigos, en Sarmiento casi esquina Carlos Pellegrini, en el centro de Buenos Aires, se produjo el 3 de julio de 1933. Tenía ochenta años. El partido radical decidió hacer el velatorio en el Comité Nacional, donde aún hoy funciona, en la calle Alsina.
Fue multitudinario, y más lo fue el cortejo fúnebre que llevó sus restos mortales hasta el Cementerio de la Recoleta. Fue una sorpresa para la sociedad la popularidad de quien había sido sometido a todo tipo de humillaciones y vejaciones. Sus partidarios llevaron el ataúd en andas, a lo largo de las cuadras que conducían hasta el Cementerio de la Recoleta. Su féretro, curiosamente, estaba pintado de plateado, y fue sepultado en el Panteón de los Revolucionarios del 90, la tumba partidaria de los radicales. Vale aclarar que este mausoleo posee la única escultura que hay en la Argentina en homenaje a un civil armado, junto a un soldado y un marinero: los tres representan a los combatientes de la revolución del Parque. Se puede observar desde la puerta de la cripta algo único: los ataúdes del fundador del partido, Alem; de los presidentes Yrigoyen y Arturo Umberto Illia.
Es llamativo que todos los mandatarios radicales fallecidos se encuentran en la Recoleta, ya que Alfonsín y Alvear están en sus tumbas familiares. Su estatua, bastante minimalista, fue ubicada en la Plaza Lavalle, escenario de la revolución que dio origen al radicalismo. Una de las calles que bordea la Plaza de Mayo lleva su nombre y la estación de trenes de la barriada obrera de Barracas también fue bautizada Hipólito Yrigoyen. Queda para la historia seguir desentrañando sus gestos silenciosos para interpretarlos correctamente.
Queda para la memoria popular la acción de un hombre para quien la cosa pública era su vida. Queda para un capítulo aparte, la historia de sus amores, de sus mujeres y de sus hijos que es tan intensa que la abordaremos más adelante. Vale recordar lo que dijo una de sus parejas: “Hipólito me quiso mucho, pero su verdadero amor era la política”.
Publicado en El Liberal el 4 de febrero de 2018.
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