Opinión | Enero 09, 2018, 5 48pm

Brusco movimiento argentino en relación al estatus internacional de Jerusalén

Cambio en la posición argentina sobre Jerusalén que debe ser explicado.

Autor: Lilia Puig


El Presidente norteamericano anunció recientemente el traslado de la embajada estadounidense en Israel al sector que este país administra en Jerusalén. El hecho es parte de una jugada que rompe con el statu quo internacional respecto de la Ciudad Sagrada que es considerada sede de las tres religiones monoteístas: hebrea, cristiana y musulmana, y modifica sustancialmente la política internacional orientada al logro de la paz en la región palestina. Hasta aquí y desde la resolución 194/48 de la Asamblea General de Naciones Unidas, que puso a Jerusalén bajo el estado mencionado, la política de los actores internacionales fue negar a la ciudad la posibilidad de ser capital de país alguno.
Lo concreto es que el Presidente de los EE.UU. -uno de los miembros de El Cuarteto conformado en 2001 por los representantes de ese país, la Unión Europea,  Naciones Unidas y la Federación Rusa y con el objetivo de terminar con la violencia extrema en la que encontraba el conflicto palestino-israelí-, con esta acción parece poner fin a esa política norteamericana compartida por los principales  actores internacionales y marcar el inicio de una nueva y solitaria estrategia en la búsqueda de la solución al conflicto palestino-israelí.
El anuncio del Presidente de los Estados Unidos recibió un rechazo amplio en la sesión del 27 de diciembre último en la Asamblea de la UN en el que se inscribieron los otros miembros del Cuarteto.
La delegación argentina se abstuvo en la votación a través de la cual la Asamblea General rechazó por 128 a favor, 9 en contra y 35 abstenciones el establecimiento de delegaciones diplomáticas en la Ciudad Santa modificando así la postura tradicional que acompañaba las decisiones mayoritarias de ese órgano que interpretaban que el camino de la paz implicaba proteger a Jerusalén aprovechando su condición histórica.
Este cambio argentino es difícil de entender cuando en la votación del 30 de noviembre pasado sobre la cuestión de Jerusalén el país  ayudó con su voto afirmativo  a sostener la posición histórica del organismo respecto de la neutralidad política de la Ciudad Santa.
Argentina no es un jugador principal en el tablero internacional como para que su voto incida en la política internacional que llevan adelante quienes integran el Cuarteto. Pero si quiere seguir siéndolo en el ámbito regional deberá demostrar la autonomía de su política internacional la cual estuvo seriamente afectada durante el menemismo y durante el kirchnerismo con los seguidismos  alternativos que esos gobiernos hicieron tanto de Estados Unidos como de Rusia y China a través de Venezuela, respectivamente. Las posiciones de los otros países del MERCOSUR en la votación del 22 de diciembre pasado fueron consistentes con sus votos anteriores. Paraguay que también se  abstuvo ya lo había hecho antes. Uruguay y  Brasil votaron  a favor de mantener la situación neutral de Jerusalén. También lo hizo Chile.  Dicho sea de paso, Argentina fue vocera de Brasil en la resolución del 30 de noviembre.
Quienes impulsaron el cambio en la posición argentina deberían explicarnos a los argentinos si al hacerlo han evaluado la situación particular que nuestro país tiene respecto a los conflictos internacionales del  Medio Oriente y que han dado lugar  a los atentados a la embajada de Israel y  a la mutual AMIA y al inconstitucional Memorándum de Entendimiento con Irán, con sus trágicos derivados.
Las debilidades del estado argentino que se han manifestado a lo largo de todos estos años de incapacidad para resolver los atentados, controlar el narcotráfico y preservar nuestras fronteras y espacios marítimos de los intereses ajenos  además del delito internacional deberían ser también parte de los elementos considerados para producir cambios de política internacional  que implican, nuevamente,  involucrarnos en conflictos que nos estamos en condiciones de afrontar.
Las amenazas que la embajadora norteamericana en Naciones Unidas profiriera a los países que votaran en contra de la instalación de la embajada norteamericana en Jerusalén constituyen razón suficiente para  que haya claridad en las motivaciones del cambio. En una democracia los ciudadanos delegan su derecho al  gobierno pero retienen el de control y para ello se requiere que quienes gobiernan informen claramente sobre las razones de las decisiones que toman. Sobre todo cuando el estado modifica posiciones que fueron fundadas varias décadas atrás.