| Noviembre 14, 2017, 5 17pm

¿Por qué dicen que está mal lo que está bien? Dos respuestas a Mauricio

La Nueva Política enfrenta los límites de la realidad.

Autor: Oscar Muiño


Hay problemas que Mauricio maneja con solvencia sin par. El alza del impuesto inmobiliario rural afecta a los productores de Buenos Aires y La Pampa. Se multiplican las reuniones de CARBAP. Cuando los hacendados empiezan a moverse, Macri sorprende y designa al líder de la Sociedad Rural al frente del ministerio de Agricultura.
No parece, como temen algunos, un retroceso a la época de gobierno terrateniente. Los viejos absentistas de entonces están virtualmente extintos. Yo no son bomvivants que nunca conocieron sus estancias, sino empresarios capitalistas con técnicas desarrolladas. Desde hace mucho, los discursos de Luis Miguel Etchevehere están repletos de preocupación por la pobreza y exhiben un contenido social mayor que el promedio en Cambiemos.
La convocatoria a Etchevehere, entonces, parece más para obligarlo a poner la cara en defensa de las políticas del gobierno que para llevar adelante una política corporativa. Si fuera para dar buenas noticias, la historia muestra que Mauricio prefiere darlas en persona.
En otros temas, la habilidad no es la misma.
La seguridad del G-20
La Argentina será sede en 2018 del encuentro del G-20. Lo integran Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Reino Unido, Rusia, Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, Corea del Sur, India, Indonesia, México, Sudáfrica, Turquía, Unión Europea. Una de las pocas ventajas que cosechó Menem en su alineamiento automático con Washington: Bush padre, agradecido por tanta docilidad, hizo incorporar la Argentina al G-20.
Para el año próximo hay temas en estudio, menores, como ver si seguían los diplomáticos nombrados por Susana Malcorra, amenazados de ser removidos por su sucesor en la cancillería.
Pero la seguridad es el tema central. La preocupación está más que justificada. Cada reunión G-20 convoca duros activistas anti-globalización, fogueados en barricadas callejeras. Pero la verdadera amenaza no proviene de esos militantes, sino del riesgo de atentados terroristas contra los líderes de las principales potencias.
La existencia de drones pero sobre todo, de vehículos no tripulados capaces de llevar cargas mortíferas, desvelan a los responsables de los encuentros del G-20. Ante el presidente Macri, alguien marcó la necesidad de controlar el aire con aviones caza. Se habló, entre otros, de las virtudes del F-16 de la estadounidense Lockheed Martin.
El cielo para los yanquis
La versión –no publicada– señala que la siguiente iniciativa fue de Mauricio Macri. El presidente, como hombre práctico, eligió la línea recta del ingeniero. ¿Por qué no le pedimos a Estados Unidos que nos mande sus aviones, si son los dueños del poder aéreo?
Una muestra de la incomprensión de la Nueva Política hacia la política de siempre.
La idea no había sido refutada hasta que alguien (¿el ministro de Defensa Oscar Aguad?) marcó la objeción. Aguad, parece, le hizo notar que no corresponde ceder la soberanía del Estado a otro Estado. Y, dada la sensibilidad de los argentinos, es más desaconsejable aún hacerlo con EE.UU.  
El recurso de buscar escuadrillas ajenas –se dijo antes y se repite ahora– debiera limitarse a los hermanos sudamericanos. Chile, Colombia, Brasil, hasta Ecuador tienen mayor poder aéreo que la Argentina. Los chilenos, por ejemplo, poseen los apetecible F-16. Sería un acto cordial, la cooperación Sur-Sur, la común vocación pacifista.
Todo viene de antes. El anterior ministro de Defensa, Julio Martínez, había sugerido elevar el presupuesto militar un cincuenta por ciento (alrededor del 25% expurgada la inflación) para incorporar material aéreo y naval. Recibió la feroz negativa de la Jefatura de Gabinete. Se buscaba incorporar, por ejemplo, aviones Super Étendard. Fueron la maravilla tecnológica durante la guerra de Malvinas. Han dejado de producirse, pero no son necesariamente obsoletos. Francia los ofrecía a muy bajo costo. También aquí el Triángulo Mágico (Marcos Peña-Lopetegui-Quintana) se opuso. Y bloqueó, se dice, la compra de lanchas rápidas francesas para la Armada. Resultado: Mauricio encontró frío en París, alza del proteccionismo arancelario y amenazas para las exportaciones argentinas. La apresurada compra de los Super Étendard responde a esa presión francesa, entre algún otro motivo.
¿Vocación o método?  
 Ya cuando vino Obama, en los albores de la administración Macri, el espacio aéreo fue controlado, al parecer, por el poder aeronaval norteamericano desde un portaaviones surto en algún lugar del Río de la Plata. El staff de Defensa –el ministro Martínez, los secretarios de Estado y sus colaboradores, casi todos radicales– hicieron llegar sus objeciones. Fueron desoídos. Macri acababa de llegar, la Argentina casi no tenía cazas en condiciones de volar. El efecto de la visita parecía compensar cualquier objeción.
Aseguran que lo mismo había ocurrido en plena presidencia de Néstor Kirchner. Corría noviembre de 2005 y Mar del Plata albergaba la Cumbre de las Américas. George Bush hijo mantuvo su tercera reunión bilateral con Néstor Kirchner. En paralelo, el gobierno argentino alentó una contra-cumbre de fuerte tono antinorteamericano. Para algunos, fue el entierro del ALCA, el espacio de libre comercio panamericano. Sin embargo, se asegura que en esa ocasión Néstor también cedió el control aéreo a los norteamericanos, que lo habrían ejercido desde un portaaviones.
Pareciera que se está haciendo hábito.
Estos episodios evocan el viaje de Nixon a Pekín (1972). El episodio central de la posguerra. Cuando China decidió salir de su aislamiento en una audaz reversión de las alianzas. Definió a la Unión Soviética como su enemigo principal y eligió de socio al muy anticomunista presidente Richard Nixon. Cuando Henry Kissinger pidió realizar los traslados de Nixon y su comitiva por China con aviones y personal norteamericano chocó con el canciller Chou En-lai (Zhou Enlai): “Dentro de China, mandamos los chinos”. No era negociable. Los norteamericanos insistieron. Nueva negativa. Los norteamericanos entendieron.
De pymes y trusts
“¿Por qué las Pymes son buenas y las empresas grandes son malas?”, se preguntó el presidente en la Universidad de La Matanza el lunes 13. Y lo justificó así: “uno es malo si no cumple con la ley, si no respeta a su vecino o si trampea al sistema”.
Según esa mirada, no habría diferencias –digamos– entre los abogados defensores de los mafiosos y los voluntarios de Médicos sin Fronteras. El mismo valor para quienes ganan millones pero pagan salario mínimo que quienes atienden los leprosarios. Alguien que se apresura a comprar por muy poco una patente que luego revende a mil veces el precio que las maestras que enseñan esforzadamente a tres alumnos en una remota escuela rural.
El problema de no advertir la carga histórica. La gran empresa es impopular en todo el mundo. Los muy ricos siempre han sido vistos con resquemores, naturalmente fundados.
La convergencia entre democracia y capitalismo es mucho más compleja de lo que supone el PRO.
Desde el punto de vista de los valores –que el oficialismo suele confundir con prejuicios de la ideología– los padres fundadores de los Estados Unidos coincidieron con los whigs ingleses en un común liberalismo. Su máxima central: la acumulación de poder es indeseable, peligrosa y no debe ser aceptada. En paralelo, la pequeña propiedad de los farmers era elevada a sitial constituyente. Una democracia de pequeños propietarios, con su chacra, su voto y su rifle. Esto, a pesar de que los padres fundadores pertenecían –salvo los bostonianos Adams, bastante pobretes– a los grandes propietarios de tierras.
Posteriormente, llegó el turno de los fundadores de grandes conglomerados. Morgan, Vanderbilt, Carnegie. Fueron bautizados Robber Barons –los Barones Ladrones–, los millonarios sin escrúpulos del siglo XIX. John D. Rockefeller, nacido en 1839, el empresario más rico de la historia –que proveyó calzado militar de pobre rendimiento a los ejércitos del Norte durante la guerra de Secesión– había dicho una frase memorable. Algo así como “Es de muy mala educación preguntarle a un hombre como hizo su primer millón de dólares”.
Los norteamericanos advirtieron que no sólo debían evitar la concentración de poder político, sino también la acumulación de fuerza económica. Las leyes anti-trusts se hicieron hace ya un siglo para beneficiar a los consumidores, pero también para reconstruir ciertas condiciones mínimas de competencia. Sin competencia, no hay capitalismo, sino regreso a las formas dominantes y excluyentes de producción.
Los grandes poderes –políticos o económicos– vistos como amenazas a la solvencia, la convivencia, la estructuración de una sociedad con valores comunes.
La mirada simple de la Nueva Política ha exhibido sus ventajas y virtudes. Está empezando a deshilachar sus vacíos...