Opinión | Noviembre 15, 2017, 3 10am

El drama de un hombre enfermo

1942: El año en que podría haber cambiado la historia de nuestro país.

Autor: Eduardo Lazzari


El último presidente porteño de los argentinos nació el 24 de setiembre de 1886 y sus padres lo llamaron Jaime Gerardo Roberto Marcelino, de apellido Ortiz. Este hijo de inmigrantes y alumno de la escuela pública se recibirá de abogado en la Universidad de Buenos Aires a los 23 años.
A los 26 se casará con María Luisa Iribarne, con quien tendrá tres hijos. Desde muy joven participó en la Unión Cívica Radical, siendo protagonista de la revolución de 1905. Practicó su profesión en forma independiente y su actividad política lo llevará al Congreso Nacional como diputado en 1920.
En 1925 su militancia lo llevó, sumada a su versación como abogado especializado en asuntos económicos, al ministerio de Obras Públicas bajo la presidencia de Marcelo Torcuato de Alvear.
Compartió el gabinete con el general Agustín Pedro Justo, titular de la cartera de Guerra. El destino unirá a estos tres hombres, que llegaron a ser presidentes. Pero la gran historia los iba a encontrar enfrentados o juntos, aliados o adversarios.
Como ministro, Ortiz enfrentó a las empresas ferroviarias que habían sido sus clientes, rebajando las tarifas e imponiendo condiciones más duras para las concesiones. Adhirió al sector antipersonalista del radicalismo, y terminó apoyando el golpe de estado de 1930, enfrentándolo posteriormente por las ideas filo-fascistas de José Félix Uriburu.
Participó del armado de la Concordancia, el acuerdo partidario entre los antipersonalistas y los conservadores que llevaron a la presidencia a Agustín Pedro Justo, quien lo llamaría más adelante a Ortiz para que se convierta en ministro de Hacienda, y luego en su delfín.
Ya  en campaña y a pesar del fraude electoral en boga, postulaba como idea matriz de su futuro gobierno retornar a los ideales de Roque Sáenz Peña: el respeto al voto popular. Ortiz era auspiciado por Justo, y su adversario era Alvear.
La historia vuelve a unirlos, o separarlos. En 1937, pocos advirtieron que en la campaña electoral su salud mostró signos alarmantes de deterioro. Sufrió un shock diabético durante un viaje en tren que lo llevó a los arrabales de la muerte, y se decidió ocultar el episodio a la opinión pública.
El mal llamado “fraude patriótico” (nada fraudulento puede vincularse a la patria) dejará en el camino la candidatura radical de Marcelo T. de Alvear y consagrará a Ortiz presidente de la República. Asumirá el 20 de febrero de 1938 y algo lo volverá a unir a Justo, el presidente que le entregó el mando y a Alvear, el presidente que lo hizo ministro: los tres eran partidarios del alineamiento de la Argentina con las democracias modernas: Francia, Inglaterra y Estados Unidos. Como presidente, el hecho de ser hijo de inmigrantes lo hermana con Pellegrini, Frondizi, Menem y Macri, y el hecho de ser porteño, lo convierte en el último de esa condición en llegar al sillón de Rivadavia.
Vale recordar que De la Rúa es cordobés y Macri tandilense. El presidente Ortiz trató de mantener a la Argentina expectante frente a los acontecimientos mundiales: la guerra civil española, y finalmente la segunda guerra mundial.
Optó por la neutralidad. En abril de 1940 muere su esposa y su salud se deteriora con gran rapidez. Como muestra del drama de un hombre enfermo, el presidente solía llamar a la Confitería del Molino para que le enviaran merengues con crema o con dulce de leche, que devoraba en su despacho.
Ortiz, sin quererlo, agravaba sus males. En los asuntos políticos, toma dos decisiones trascendentales: interviene las provincias de Buenos Aires, que lo enfrenta a los conservadores, y de Catamarca, que lo pelea con su vicepresidente, que no soportó que un asunto sobre su provincia no fuera motivo de consulta. Su intención de purificar el voto popular no iba a prosperar. La diabetes y sus adversarios no lo dejarían concretarla. La salud del presidente se convirtió en un asunto de Estado a nivel internacional.
Luego del pedido de licencia del 3 de julio de 1940, cuando un ataque lo dejó ciego, el presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt envió a sus médicos personales para ayudar en la recuperación de Ortiz. Incluso se llegó a evaluar la posibilidad de trasladarlo a Nueva York para su tratamiento, pero los diagnósticos desaconsejaron el viaje.
En términos políticos, el vicepresidente a cargo del Poder Ejecutivo decidió independizar sus decisiones de las líneas de gobierno de Ortiz, lo que produjo un enfrentamiento que nunca cesaría. Pero Ortiz nunca volvió a estar en condiciones de mandar en el país.
El estallido de un escándalo respecto de las compras de tierras para ampliar el Colegio Militar, en El Palomar, al noroeste de Buenos Aires, y la acusación acerca de la participación de Ortiz en el episodio, provocó su inmediata renuncia, que fue rechazada por el Congreso. En marzo de 1942 comienza un año trágico.
El 23 de ese mes moría Marcelo T. de Alvear. Ortiz, ya vencido por la enfermedad, decide renunciar el 27 de junio. Su sucesor Ramón Castillo, el vicepresidente que no siguió sus políticas y que de alguna manera lo traicionó, le permitió habitar la residencia presidencial de la calle Suipacha 1032 (hoy sede de la Conferencia Episcopal Argentina) donde murió el 15 de julio, a los 55 años.
Es el segundo presidente más joven al morir, detrás de Nicolás Avellaneda, que lo hizo a los 49 años. Sus funerales fueron los de un jefe de Estado en ejercicio.
El 11 de enero de 1943 fallecía Agustín Pedro Justo. En menos de diez meses la Argentina perdía a los tres líderes del momento: el presidente Ortiz, el radical Alvear y el conservador Justo. La historia volvía a unirlos. La cumbre política argentina quedó vacía.
No es tarea del historiador imaginar qué hubiera pasado si estos hombres hubieran vivido más tiempo. Pero es posible conjeturar que el camino hacia el poder de Juan Domingo Perón habría sido más complicado. Pero pensar en eso no es historia.
Publicado en El Liberal el 12 de noviembre de 2017.
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