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| Octubre 20, 2017, 4 09am

La otra cara de Robert Capa

La obra de Robert Capa se expone en Buenos Aires.

Autor: Gabriel Palumbo


"Nadie jamás descubrió la fealdad por medio de las fotografías. Pero muchos, por medio de las fotografías, han descubierto la belleza".
Susan Sontag
 
Parece mentira que el gesto hoy habitual, casi automático, de tomar una foto y hacerla circular por miles de lugares haya sido, en otros tiempos, uno de los objetos reflexivos más interesantes. Es imposible no vincular la posibilidad tecnológica de retener el dolor, la belleza y la banalidad literalmente en la palma de la mano con aquellos textos clásicos de Susan Sontag o de John Berger sobre la fotografía y sus consecuencias en el mundo del arte. ¿Acaso alguien podría preguntarse hoy, al tiempo que saca una foto con su celular, si ese mínimo acto está sustituyendo al ojo de Dios?
Una de las riquezas de la fotografía, que va más allá de la experiencia estética, es la de convocar los problemas clásicos del arte y hacerlos conversar con la cotidianeidad técnica y con las modificaciones al interior del uso del tiempo. A las discusiones sobre el fondo y la forma, sobre el color y sobre los planos y sobre los criterios de representación, la fotografía (como el cine) agrega detalles técnicos y de reproducción que combinan complejidad y belleza en dosis alternativas pero constantes.
A esa combinación se expone quien visita la muestra del fotógrafo húngaro Robert Capa en la Casa Nacional del Bicentenario, que ahora prefiere llamarse C.N.B. Contemporánea. La exposición Capa en color, que ocupa el cuarto piso, llega a la ciudad organizada por el International Center of Photography de la Ciudad de Nueva York.
Robert Capa es un artista icónico. En sus 40 años de vida fue corresponsal de guerra, retratista de celebrities y fotoperiodista freelance. En cualquier registro, lo que se percibe es a un sofisticado ensayista que en lugar de palabras usa imágenes. En sus trabajos, desde los más comprometidos hasta los más aparentemente frívolos, provee una cantidad de información de los personajes, de los contextos y de la historia que hace de la lectura de sus fotografías un capítulo completo.
Su obra ha mostrado muchos matices y ha suscitado no pocas polémicas. A las disputas por la supuesta falsedad de su foto más famosa, “Muerte de un miliciano”, se le agrega otra de menor repercusión. Algunos arqueólogos han querido demostrar que la foto del barrio Entrevías de Madrid tomada por Capa en 1936 es una foto montada. Como sea, la potencia narrativa de sus fotos es tan rotunda que deja la cuestión de la verosimilitud como un asunto de científicos y no de artistas.
Todas las que integran la muestra son fotos en color que Capa tomó desde 1938 hasta su muerte en 1954 y reflejan, al mismo tiempo, su carácter artístico experimental y su fuerte interés por documentar. Capa empezó a usar película en color apenas tres años después de que fuera desarrollada por Kodak y nunca dejó de utilizarla. Llevaba siempre dos cámaras, una con película blanco y negro y otra con película color. Su empeño por utilizar la nueva tecnología debió batirse en su tiempo con el predominio conservador del blanco y negro.
A diferencia de otros fotógrafos célebres, como Richard Avedon, Capa no intentó quitar a su producción del tiempo y de la historia. Muy por el contrario, en cada toma logró transmitir tanto su mirada subjetiva como un retrato logrado de la época.
Recorrer la muestra es recorrer el mundo. Las fotografías van de Asia a Europa y de Africa a los Estados Unidos. Capa pasa de retratar situaciones diarias de un circo americano a tomar imágenes glamorosas de bañistas en Biarritz. Hay fotos de soldados y de escritores, de campesinos y de dandys, de trabajadores y de otros que, a juzgar por sus trajes, podemos presumir que son adinerados rentistas. En todas se reconoce una profunda mundanidad alejada del símbolo preciso. Capa muestra sin editorializar; sin dejarse tomar por ninguna fidelidad, termina construyendo un relato que coloca a los sujetos como punto de referencia. En sus fotografías hay personas. Puede ser uno o una multitud, pero su lenguaje estético se perdería sin la presencia humana.
El fotógrafo dibuja los personajes como lo hace un escritor y vuelve siempre a su carácter de ensayista, lo que no le impidió apoyarse en otros buenos escritores para colaborar en dos obras documentales estupendas. Con John Steinbeck encaró su visita a la URSS en 1948 y publicaron juntos Un diario ruso. Allí intentaron reflejar la vida común de la población soviética por fuera de las canónicas visiones de uno y otro lado. El trabajo de Steinbeck y Capa logró una enorme repercusión fruto de su calidad innegable, pero también por la cantidad de anécdotas que ambos cosecharon durante su estadía soviética. Famosos por su gran capacidad de absorción alcohólica y por la afición de Capa a robarse libros –estas aventuras están bien contadas en el libro de Axel Kershaw Sangre y champán, la vida y la época de Robert Capa–, los viajeros anticiparon la genialidad de su producción con sus experiencias compartidas. Más allá del diario ruso, quedaron de ese viaje la gran fotografía que Capa hizo de su amigo Steinbeck y un comentario de este sobre el fotógrafo: “Capa habla todos los idiomas menos el ruso. Habla cada idioma con acento que corresponde a otro. Habla español con acento húngaro, francés con acento español, alemán con acento francés e inglés con un acento que nunca ha sido identificado. Después de un mes aprendió algunas palabras de ruso con un acento que, en general, se podía considerar uzbeko”.
El otro trabajo en colaboración de Capa fue con Irwin Shaw, un escritor que solía publicar en The New Yorker. Juntos cubrieron, en 1949, la creación del Estado de Israel. El resultado se conoció con el título de Reporte sobre Israel. Años antes ya había viajado a la región para cubrir la guerra y se había conmovido mucho por el entusiasmo fundacional de los habitantes del país. En algunos escritos, asimilaba esta postura con la de los primeros republicanos españoles que había podido cruzarse en Madrid y en Barcelona. Es indudable que en sus fotos de kibutz y fiestas rituales judías aparecían los recuerdos de su Budapest natal y de su infancia, donde, antes de ser Capa, aún era el niño Friedmann. De esos viajes solo quedó una fotografía en color, que forma parte de la exposición y que muestra la destrucción del buque Altalena el 22 de junio de 1948.
De la mano del Robert Capa ensayista visual, me permito hacer una consideración entre histórica y sociológica. En su obra hay un momento de inflexión al término de la guerra. El primer tramo de la carrera de Capa parece someter al artista a una suerte de función moral. La guerra es demasiado cruel como para dar espacio al juego y le impone un lenguaje directo, franco y terminante. Al culminar el conflicto, Capa se reencuentra con la libertad creativa y hasta con sus orígenes acomodados e intelectuales y aparece un nuevo tono estético en el que los permisos son otros y donde su carácter lúdico toma la escena. Los años de Hollywood muestran a un fotógrafo igual de potente pero menos solemne. Las fotografías de Orson Welles en Marruecos durante la filmación de La rosa negra y el retrato de Humphrey Bogart y Peter Lorre en La burla del diablo son dos extraordinarias muestras del talento de Capa y de su contemporaneidad.
Buenos Aires es una ciudad privilegiada. Casi al mismo tiempo y con solo recorrer 3 kilómetros se encuentra uno con dos vitalismos desparejos. Por un lado, el de Diane Arbus (en el Malba, hasta el domingo 8) y por el otro, el de Robert Capa. Mi recomendación es dejar para el final esta exposición en la Casa del Bicentenario. El escenario moralmente denso y eso que Susan Sontag describió como la conciencia desdichada de Arbus deja paso a la colorida mundanidad de Capa en color y nos permite salir caminando con una sonrisa dibujada entre los labios.
Publicado en Ñ/Clarín el 7 de octubre de 2017.
Link https://www.clarin.com/revista-enie/arte/cara-robert-capa_0_r1ptWKSh-.amp.html