Opinión | Mayo 16, 2017, 5 10am

Cuando Pekín concentra la atención

¿Cuál es el alcance de los acuedos con China?

Autor: Ricardo Carciofi


Es lógico que en esta semana los focos y las miradas se detengan en China. Allí tiene lugar una visita de Estado encabezada por el Presidente de la Nación con presencia de funcionarios oficiales y una nutrida comitiva empresarial.  Hay importantes objetivos en juego y expectativas de que Argentina pueda obtener inversiones y ampliar su comercio. Nada de esto es instantáneo y habrá que esperar un tiempo antes de examinar los resultados.
Sin embargo, por fuera de la relación bilateral con Argentina, Pekín ha sido en los últimos días el eje de decisiones que tienen repercursiones para la economía internacional.
En primer término, el pasado 11 de mayo, EE.UU. y China arribaron a un entendimiento sobre diversos temas comerciales y económicos. Para citar algunos ejemplos de la agenda: China accedió a la apertura de su mercado a la importación de carne vacuna estadounidense, eliminación de los requisitos para el ingreso de productos biotecnológicos, autorización para la provisión de servicios calificación crediticia realizada por firmas extranjeras; en contrapartida, EE.UU. permitirá la venta gas licuado a empresas chinas en términos similares a los de cualquier otro comprador, y también se compromete a aplicar a las instituciones bancarias chinas radicadas en el país, las mismas normas de supervisión y control que rigen para las demás entidades extranjeras.
Si bien los asuntos que son materia del acuerdo son limitados, la importancia del mismo radica, en primer término, en que éste forma parte de un plan acordado en la reciente visita del Premier chino a EE.UU. –el así llamado “Plan de 100 días”– y que existe el compromiso de continuidad y mayor profundidad en el tiempo.
Si bien los asuntos que son materia del acuerdo son limitados, la importancia del mismo radica, en primer término, en que éste forma parte de un plan acordado en la reciente visita del Premier chino a EE.UU. –el así llamado “Plan de 100 días”– y que existe el compromiso de continuidad y mayor profundidad en el tiempo. La circunstancia misma que las conversaciones hayan progresado en un período relativamente breve es un signo positivo. El otro elemento a destacar es que fue el Departamento de Comercio de EE.UU. quien se mostró muy interesado en el anuncio y en brindar la información respectiva.[1] Esto se suma a otra decisión que pasó mayormente inadvertida: el último informe del Tesoro encuentra que ningún socio comercial de EE.UU. se encuentra “manipulando su moneda”.[2] Como es sabido, ésta había sido una calificación que la administración Trump esgrimió como posible herramienta defensiva frente al gigante asiático. De manera paulatina, la posición de EE.UU. respecto de China parece ir derivando hacia un canal de diálogo para encarar los temas comerciales y económicos. Si esta tendencia se afirma, el riesgo de confrontación económica que se insinuó como consecuencia del resultado de las elecciones presidenciales en EE.UU. parece declinar, y con ello se irían despejando las sombras más severas que acechaban el panorama del comercio internacional.
En segundo lugar, China acaba de colocar en el centro de su estrategia económica y comercial externa su iniciativa “OBOR” –One Belt One Road, también designada como “Nueva Ruta de la Seda”–. Este programa puesto en marcha hace cuatro años atrás consiste en un ambicioso plan de inversiones en infraestructura e inversiones en el exterior. Los proyectos de infraestructura apuntan a una mayor integración física –transporte y energía– principalmente con Asia Central y se extienden hasta el Medio Oriente.[3] Pero el alcance geográfico de la iniciativa no se limita a los vecinos fronterizos. China prevé extender sus redes marítimas y de puertos en los países del sudeste asiático, y de allí hacia el Índico occidental y el Golfo Pérsico. También hay proyectos previstos en Europa y América Latina. En conjunto, OBOR despliega sus acciones en 65 países, incluyendo destinos distantes de Pekín, como Nueva Zelanda y el Ártico. Además de la inversión directa, el brazo de acción principal es el financiamiento. El aportante clave es el Banco Chino de Desarrollo: actualmente lleva comprometidos 110 mil millones de dólares, seguido por los cuatro grandes bancos estatales, además de un Fondo de inversiones de 4 mil millones de dólares creado al efecto. Los recursos totales que se llevan invertidos alcanzan a 292 mil millones. Las proyecciones oficiales señalan que OBOR superará los 900 mil millones de dólares. El Banco Asiático de Infraestructura recientemente creado y el Nuevo Banco de Desarrollo (BRICS) contribuirán con importantes porciones del financiamiento.
Puesto en estos términos, el programa ofrece varios atractivos para China. Permite una expansión de sus empresas, interncionalizando su actuación, y también daría lugar a exportaciones de insumos y servicios (ingeniería y otros) que ayudarían a revitalizar la demanda.
Es obvio que semejante despliegue de recursos y proyección internacional despierte recelos y críticas. Una de ellas concierne precisamente a la magnitud. ¿Podrá sostener China el esfuerzo y canalizar los recursos necesarios? Y estrechamente emparentado con lo anterior, se levanta la duda sobre los criterios aplicados para la elección de los proyectos. En varios de ellos, especialmente en el ámbito de transporte, se señala que el volumen de tráfico no justifica la inversión.  O sea, existe una duda similar a lo ocurrido con el exceso de inversión y gasto en infraestructura en que incurrió China en el pasado. Ahora, fronteras afuera, podría reeditarse la misma situación. Una errónea elección de proyectos llevaría a hundir capital y, en definitiva, no resolvería la necesidad de aumentar la tasa de crecimiento.
La otra objeción es respecto a la dirección de la iniciativa: OBOR puede significar una afirmación hegemónica de China, particularmente en Asia, que incremente tensiones con los vecinos y por carácter transitivo con Occidente. En el mismo sentido, y en el plano económico, las corporaciones europeas y americanas que ya actúan en la región, se preguntan acerca de la posible participación en estos proyectos y de si verán facilitadas sus operaciones fronteras adentro. China insiste que OBOR es un esfuerzo de cooperación, integración y comercio. Es muy temprano para saber hacia dónde habrá de evolucionar todo el programa. Pero lo cierto es que los dos temas mencionados aquí –la relación con EE.UU. y la marcha de su programa “One belt one road”– habrán de seguir concitando la atención en Pekín y son indicativos de su rumbo a largo plazo. Entretanto, y mientras ello ocurre, Argentina debe delinear una estrategia de largo alcance con China -un socio comercial que se afirma crecientemente en su liderazgo internacional.  
 
14 de mayo 2017


[1]. US Department of Commerce: Initial Results of the 100 Days Action Plan of the US-China Comprehensive Economic Dialogue. 11 de mayo, 2017.
[2]. De acuerdo al Informe, China junto con otras 5 economías están incluídas en una lista de “monitoreo”. US Department of the Treasury. Report to Congress. Foreign Exchange Policies of the Major Trading Partner of the US. 14 de Abril 2017.
[3]. Con las debidas diferencias de escala y contexto, el concepto del programa tiene cierta similitud con la Iniciativa de Integración Física de América del Sur que lleva adelante UNASUR. De hecho, en el pasado hubo sondeos de UNASUR para obtener financiamiento chino para varios de los proyectos de la cartera. Sobre IIRSA-UNSAUR, veáse http://www.iirsa.org